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Intención del mes
Los desplazados y refugiados |
Que la opinión pública se solidarice con los millones de desplazados y refugiados
y urja soluciones concretas para su tragedia
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Debe de ser muy acuciante y distar mucho de su solución el problema de los refugiados, pues no hace todavía un año orábamos por esta misma intención, aunque algún matiz la hiciera un poco diferente. La situación de estas personas es trágica: ¿podremos llegar a hacernos cargo de lo que supone su tragedia?
Reaccionar ante lo ya conocido
En realidad no se puede decir que seamos desconocedores del hecho: los medios de comunicación, de un modo u otro, nos lo hacen llegar. Se trata de saber reaccionar ante ello. Es lo que pedimos a Dios, de modo especial, a lo largo de este mes: que la opinión pública se haga sensible a este problema, participemos nosotros de esa sensibilización y, en consecuencia, se avance en soluciones concretas por parte de organismos, grupos e individuos, cada cual en la forma y medida que le sean posibles.
Empecemos recordando, una vez más, los derechos que deben serles reconocidos a los refugiados, inherentes a todo ser humano. Derechos solemnemente aprobados hace ya más de medio siglo, en el ámbito de las Naciones Unidas (1951), y confirmados en 1967. Tales son: el derecho de constituir una familia o de integrarse en ella; de tener una ocupación segura, digna, con remuneración adecuada; de vivir en una casa que corresponda a seres humanos; de disfrutar de una apropiada instrucción escolar para los niños y los jóvenes; de contar con asistencia médico-sanitaria.
Los Papas nos exhortan
Por parte de la suprema autoridad de la Iglesia Católica citemos al Beato Juan XXIII. Ya en abril de1963, había subrayado la urgencia de este problema en la Encíclica Pacem in terris, nn. 103 a 108, sobre todo.
El Papa Juan Pablo II tocó este punto en múltiples ocasiones. Un ejemplo: la enumeración de los derechos, tal como aparece unas líneas más arriba, pertenece a su Mensaje para la Cuaresma de 1990.
Y nuestro actual Pontífice, Benedicto XVI, escribía en su Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado (2007): “Siento el deber de llamar la atención sobre las familias de los refugiados, cuyas condiciones parecen empeorar con respecto al pasado. En los territorios destinados a su acogida, junto a las dificultades logísticas y personales asociadas a los traumas y el estrés emocional por las trágicas experiencias vividas, a veces se suma el riesgo de la implicación de mujeres y niños en la explotación sexual como mecanismo de supervivencia”.
“En estos casos, es necesaria una atenta presencia pastoral que, además de prestar asistencia capaz de aliviar las heridas del corazón, ofrezca por parte de la comunidad cristiana un adecuado apoyo para restablecer la cultura del respeto y redescubrir el verdadero valor del amor. Es preciso animar, a todo aquel que está destruido interiormente, a recuperar la confianza en sí mismo. Es necesario, en fin, comprometerse para garantizar los derechos y la dignidad de las familias, y asegurarles un alojamiento conforme a sus exigencias”.
He aquí unos pocos trazos que nos ayuden a tomar conciencia de lo que el Santo Padre encomienda al Apostolado de la Oración en este mes.
Javier Gª Ruiz de Medina, S.J.
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