Intención del mes


 
 

Respeto y amor a los niños

Que los niños sean respetados y amados, y jamás explotados de ninguna manera



El amor, cuando es auténtico, no puede menos de ser respetuoso con aquel a quien se quiere de verdad. También es válido decir que el respeto a la persona es ya un modo de amarla. En los antípodas del respeto y del amor se encuentra la explotación de cualquier persona. Esto es aplicable a todo ser humano. Sin embargo, la Intención del mes se centra en el caso de los niños: son seres más vulnerables y más indefensos. Cuántas veces se les manipula de mil maneras, objeto de un interés comercial o de un cariño mal entendido, disfrazando intereses egoístas.

Formas irrespetuosas de tratar al niño, abusos de cualquier tipo, es indudable que se dan en todas partes. Los medios de comunicación lo destacan a menudo. Pero hay, por desgracia, situaciones particularmente hirientes, que “claman al cielo”, como decimos con expresión familiar muy elocuente. Tales son, entre otras, el tráfico humano, el caso de los niños-soldado, el trabajo de menores, la situación de los niños de la calle. El problema reviste una importancia especial en ciertas latitudes.

El Papa actual, aprovechando circunstancias, ha expresado su dolor y su gran preocupación para que se tomen las medidas necesarias que contribuyan a solucionarlo. Así, en mayo de 2005, a pocos días de su llegada al pontificado, en su discurso a los obispos de Sri Lanka, tras mencionar los efectos devastadores del maremoto ocurrido por entonces, les decía: “La comunidad cristiana tiene la obligación particular de cuidar de los niños que han perdido a sus padres debido al desastre natural. El Reino de Dios pertenece a los miembros más vulnerables de la sociedad (cf. Mt 19, 14), a los que se olvida con demasiada frecuencia o se los explota sin escrúpulos como soldados, trabajadores, o víctimas inocentes de la trata de personas. No debemos escatimar ningún esfuerzo para instar a las autoridades civiles y la comunidad internacional a que combatan estos abusos y brinden a los niños la protección legal que merecen”.

Algunas causas del problema

En diciembre de 2007 presentaba sus credenciales el Embajador de Tailandia ante la Santa Sede. El Papa, en su discurso, le enumeraba casos particularmente preocupantes para la Iglesia: el azote del sida, la prostitución y el tráfico de mujeres y niños, que continúan asolando los países de la región. En este contexto le decía: “Sin duda, la pobreza es uno de los principales factores que están detrás de este fenómeno, y al que se enfrenta constantemente la Iglesia. Debemos reconocer también que la disminución de los valores morales, alimentada por la banalización de la sexualidad en los medios de comunicación y la industria del entretenimiento, conduce a la degradación de la mujer e incluso al abuso de los niños”.

Vía urgente de acción.

Y continuaba diciendo al nuevo Embajador: “La complejidad de esta indecible explotación de seres humanos requiere una respuesta internacional concertada. Esta cooperación internacional, acompañada de una firme voluntad política interna para hacer frente a la corrupción y la impunidad que facilitan esos crímenes, llevará a un cambio de situación que anime la esperanza y la dignidad de todos los afectados. En estos esfuerzos le puedo asegurar el máximo apoyo moral y la asistencia práctica por parte de la Iglesia”.

Un colectivo de riesgo

En su Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante 2008, Benedicto XVI destacaba cómo, por desgracia, encontramos a muchos niños y adolescentes en el sector de los migrantes forzosos, refugiados, prófugos, etc. Y se lamentaba el Santo Padre: “¿Qué decir de los menores no acompañados, que constituyen una categoría en peligro entre los que solicitan asilo? Estos niños y niñas terminan frecuentemente en la calle, abandonados a sí mismos y víctimas de explotadores sin escrúpulos que a menudo los transforman en objeto de violencia física, moral y sexual”.

Gravísimas consecuencias

“A este respecto, -escribía el Papa en dicho Mensaje- es imposible guardar silencio ante las imágenes desgarradoras de los grandes campos de prófugos y de refugiados, presentes en distintas partes del mundo. ¿Cómo no pensar que esos pequeños seres han nacido con las mismas esperanzas legítimas de felicidad que los demás? Y, al mismo tiempo, ¿cómo olvidar que la infancia y la adolescencia son fases de fundamental importancia para el desarrollo del hombre y de la mujer, que requieren estabilidad, serenidad y seguridad? Estos niños y adolescentes han tenido, como única experiencia de vida, los “campos” de permanencia obligatoria, donde se hallan segregados, lejos de los centros habitados, sin poder asistir a la escuela de una forma normal. ¿Cómo pueden mirar su propio futuro con confianza? Es cierto que se está haciendo mucho por ellos, pero es verdad también que es necesario dedicarse aún más a ayudarles, mediante la creación de estructuras idóneas de acogida y de formación”.

Gravísimas consecuencias

Recordemos las palabras de Jesucristo en el Evangelio: “El que acoja a uno de estos niños en atención a mí, a mí me acoge. Pero quien escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen al cuello una piedra de molino y lo arrojasen al fondo del mar”. Reflexionemos sobre las situaciones de abuso de menores que se producen en nuestro contexto. Y preguntémonos por las actitudes que debemos cultivar y las actividades que podemos desarrollar para mejorar el respeto a los niños en nuestros ambientes.

Javier Gª Ruiz de Medina, S.J.




 
 

   
 
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