Intención del mes

El alivio de la deuda externa de los países pobres


 
 



Que la atención internacional a las naciones más pobres
suscite una ayuda concreta, sobre todo aliviándolas de la deuda externa



El problema

Aunque no sea especialista en estos temas, querido lector, está usted bastante al corriente del gran problema que supone para muchos países pobres sus abrumadoras deudas con las naciones a las que tuvieron que recurrir en busca de préstamos para afrontar determinadas situaciones críticas. Por ejemplo: epidemias y catástrofes naturales, inversiones especiales para implantar nuevas industrias o nuevos cultivos, un déficit ya crónico por su mala administración de las finanzas, etc.
Un cierto endeudamiento no tiene que verse como necesariamente negativo cuando los recursos de fuera permiten la producción o la explotación de nuevos bienes y servicios. Lo malo es que, en muchas ocasiones, la mala administración de estos préstamos provoca un déficit que requiere, para compensarlo, nuevos recursos del exterior, con lo cual la deuda se incrementa. No pocas veces, además, los países acreedores hacen más rigurosos los requisitos de la devolución.
Este gran endeudamiento le impide a esa nación conseguir nuevos préstamos en caso de necesidad. Más aún, ni siquiera le es posible pagar los intereses. Eso hace que la deuda, en vez de disminuir, vaya en aumento; al país le es imposible desarrollarse y queda abocado a un empobrecimiento en progresión continua. En definitiva, los préstamos que en un principio se consideraban como un modo de ayudar a resolver el subdesarrollo, vienen a convertirse en una más de sus causas.

Condonación de la deuda

Hace algunas décadas se sintió la necesidad de eximir del pago de su deuda externa a los países que les fuera imposible reintegrarla, pues cada vez eran más los involucrados en esta rémora. De hecho, varias naciones han condonado la deuda externa, en todo o en parte, a países en situaciones límite de guerras o catástrofes. Existen también organismos que supervisan la situación pues, desgraciadamente, no está resuelta.
“La reducción de la deuda es urgente – decía el Papa Juan Pablo II en septiembre de 1999- . Desde muchos puntos de vista, es un requisito para que los países más pobres puedan progresar en su lucha contra la pobreza. Esto es algo que ahora todos admiten, y el mérito es de quienes han contribuido a este cambio de dirección. Pero debemos preguntarnos: ¿por qué se avanza aún tan lentamente en la solución del problema de la deuda? ¿Por qué tantas indecisiones? ¿Por qué la dificultad de suministrar los fondos necesarios, incluso a las iniciativas ya aceptadas? Son los pobres quienes pagan el coste de la indecisión y los retrasos”.
Y no hace aún tres años, el Papa Benedicto XVI escribía: “Resulta necesario hacer todo lo posible para proveer a una rápida cancelación completa e incondicional de la deuda externa de los países pobres fuertemente endeudados y de los países menos desarrollados. Asimismo, hay que tomar medidas para que estos países no acaben de nuevo en una situación de deuda insostenible. Los países desarrollados deben también reconocer e implementar la totalidad de los compromisos que han contraído respecto a la deuda externa”.

Ahondando en las soluciones

En su mensaje citado, Juan Pablo II reconocía que “desde luego, la reducción de la deuda es sólo uno de los aspectos de la tarea, más amplia, de la lucha contra la pobreza y de asegurar que los ciudadanos de los países más pobres puedan participar más plenamente en el banquete de la vida. Los programas de reducción de la deuda se deben acompañar por la práctica de sólidas políticas económicas y por una buena administración. Pero tan importante o más que lo anterior, es que los beneficios obtenidos con la reducción de la deuda lleguen a los más pobres, mediante una red constante y completa de inversiones en la capacitación de las personas, a través de la educación y la asistencia sanitaria. La persona humana es el recurso más valioso de cualquier nación y de cualquier economía”.
Y nuevamente, la orientadora palabra del Papa actual: “Para los países pobres sería preciso crear y garantizar, de modo seguro y duradero, condiciones comerciales favorables que incluyan sobre todo un acceso amplio y sin reservas a los mercados”.
El Observador Permanente de la Santa Sede ante la ONU, arzobispo Celestino Migliore, en su intervención del 24 de octubre de 2007, en Nueva York, ponía de relieve que “La comunidad internacional se enfrenta a dos retos: la necesidad de encontrar soluciones a todos los problemas pendientes de la deuda y la necesidad de crear un duradero y adecuado sistema financiero para el desarrollo de todos los países”.
En su alocución advertía también que “La financiación del desarrollo no es sólo una tarea técnica. Ya que los seres humanos están dotados de la capacidad intrínseca de elección moral, ninguna actividad humana se produce fuera de la esfera del juicio moral. Por eso, las actividades que tienen consecuencias duraderas para la vida de enteras poblaciones, sobre todo sobre sus sectores más pobres, merecen particular atención y un atento examen moral”. Con más razón, un cristiano no puede ignorar esta advertencia.
Toda esta problemática es de una magnitud que nos desborda a los particulares. Sin embargo, nos impulsa a procurar una sociedad más justa en lo que está a nuestro alcance; y a orar a Dios, como el Papa nos pide, para que quienes saben y pueden realizar iniciativas como las aquí expuestas, las lleven a efecto.



Javier Gª Ruiz de Medina, S.J.



 
 

   
 
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