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Intención del mes
El respeto a la vida humana |
Que todas las instituciones nacionales y supranacionales se comprometan a garantizar el respeto a la vida humana, desde la concepción hasta su fin natural.
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Algunas inconsecuencias
Resulta francamente curioso que quienes rechazan la pena de muerte o defienden los derechos de los animales no impugnen con igual fuerza, atentados contra la vida humana, como son el aborto y la eutanasia. Pero es que, para empezar, se ha afirmado, por ejemplo, que el feto es un ser vivo, pero no es humano. ¡Admirable!
Como bien se ha dicho, “no todos los grupos u organizaciones muestran coherencia en sus luchas por defender la vida. Algunos se proclaman grandes defensores de los derechos humanos -y de hecho hacen una encomiable labor- pero fallan a la hora de defender el derecho de los más indefensos: los no nacidos. Propugnan la inaceptable tesis de que el aborto es un derecho de la mujer sobre su cuerpo. El derecho a nacer es el primero y más básico de los derechos, no sujeto a la arbitraria decisión de la madre. En ocasiones, estos mismos grupos apoyan la eutanasia, que es un modo de aprobar el derecho a matar” (Cf. Oración y Servicio, julio-septiembre 2009).
Una situación preocupante
El Papa Benedicto XVI, hace ya tres años, en su discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, expresaba su inquietud cuando decía: “¿Cómo no preocuparse
de los continuos atentados a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural? Tales atentados afectan incluso a regiones donde la cultura del respeto a la vida es tradicional, como en África”. Unas semanas antes, en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz y en relación con el tema de su alocución, había afirmado: “Por lo que se refiere al derecho a la vida, es preciso denunciar el estrago que se hace de ella en nuestra sociedad: además de las víctimas de los conflictos armados, del terrorismo y de diversas formas de violencia, hay muertes silenciosas provocadas por el hambre, el aborto, la experimentación sobre los embriones y la eutanasia. ¿Cómo no ver en todo esto un atentado a la paz?”.
Hemos podido conocer las recientes manifestaciones ciudadanas, e incluso tomar parte activa en ellas, a favor de la vida. En diversas publicaciones, sobre todo católicas, estamos siguiendo la controversia desatada sobre estos temas. En alguna de ellas se preguntaba al lector si conocía cuál era la postura coherente con nuestra fe acerca del aborto. Porque ciertos medios de comunicación nos bombardean o se insinúan hábilmente hasta poder llegar a oscurecer lo que deben ser convicciones cristianas.
Vida humana y fe
Los contenidos de la fe cristiana están a favor de la vida humana claramente. Repasemos algunas de las afirmaciones recogidas en el Catecismo de la Iglesia Católica sobre este tema.
La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida.
Desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado. El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es gravemente contrario a la ley moral.
La cooperación formal a un aborto constituye una falta grave. La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra la vida humana. Con esto, la Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia; lo que hace es manifestar la gravedad del crimen cometido, el daño irreparable causado al inocente a quien se da muerte, a sus padres y a toda la sociedad.
Aquellos cuya vida se encuentra disminuida o debilitada tienen derecho a un respeto especial. Las personas enfermas o disminuidas deben ser atendidas para que lleven una vida tan normal como sea posible.
Los derechos inalienables de la persona deben ser reconocidos y respetados por parte de la sociedad civil y de la autoridad política. Estos derechos no están subordinados ni a los individuos ni a los padres, y tampoco son una concesión de la sociedad o del Estado: pertenecen a la naturaleza humana y son inherentes a la persona en virtud del acto creador que la ha originado. Entre esos derechos fundamentales es preciso recordar el de todo ser humano a la vida y a la integridad física desde la concepción hasta la muerte.
Cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas. Es moralmente inaceptable.
La interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados, puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el ‘encarnizamiento terapéutico’. Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla.
El uso de analgésicos para aliviar los sufrimientos del moribundo, incluso con riesgo de abreviar sus días, puede ser moralmente conforme con la dignidad humana, si la muerte no es pretendida, ni como fin ni como medio, sino solamente prevista y tolerada como inevitable. Los cuidados paliativos constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada. Por esta razón deben ser alentados.
En conclusión
El uso de analgésicos para aliviar los sufrimientos del moribundo, incluso con riesgo de abreviar sus días, puede ser moralmente conforme con la dignidad humana, si la muerte no es pretendida, ni como fin ni como medio, sino solamente prevista y tolerada como inevitable. Los cuidados paliativos constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada. Por esta razón deben ser alentados.
Javier Gª Ruiz de Medina, S.J.
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