Intención del mes


 
 

La economía mundial

Que la economía mundial se desarrolle según los criterios de justicia y equidad, teniendo en cuenta las exigencias reales de los pueblos, especialmente de los más pobres



Riesgos para todos


Un hecho, por grave y extendido que esté, si no supone para nosotros un problema, es -no pocas veces, por desgracia- como si no existiera. Quizá por eso, mientras la actual crisis económica no se ha dejado sentir también en nuestro entorno, parece que no era un tema que nos afectase.

Ahora bien, la cuerda siempre se rompe por la parte más débil. Esto quiere decir que “en el caso de una recesión económica prolongada, como se teme cada vez más, los migrantes, refugiados, habitantes de la periferia de las ciudades, jubilados y otros sectores de población en continuo riesgo, se verán sometidos a situaciones insostenibles. No sería extraño, entonces, que se produjeran expresiones colectivas de descontento social que podrían llevar a los gobiernos a optar por la vía fácil de la represión abierta o solapada”. (Ernesto Cavassa, Otro mundo es urgente, Río de Janeiro, 2008).

Si esto es así en países desarrollados y emergentes, ¿qué no sucederá en los países más pobres, a los que alude la Intención del mes?

Efectivamente. Ya constataba Juan Pablo II (Mensaje Jornada de la Paz, 1993) la grave amenaza para la paz en el mundo, debida a las poblaciones enteras que viven hoy en extrema pobreza, en condiciones que ofenden su dignidad innata y comprometen el auténtico y armónico progreso de la comunidad mundial. Y más recientemente, el Papa actual (Mensaje Jornada de la Paz, 2009) aseguraba: “Solo se construye la paz si se garantiza la posibilidad de un crecimiento razonable. Las tergiversaciones efectuadas por los sistemas injustos pasan, antes o después, factura a todos”.

Causas profundas

Los problemas del desarrollo no son meras cuestiones técnicas ni se agotan con acordar precios o asignar subvenciones. Es necesario tener en cuenta las causas más hondas, las que residen en el corazón humano.

Es voz unánime, efectivamente, que la crisis económica actual, de máxima repercusión en los países de mayor pobreza, no es solo de carácter económico. “La crisis actual es, ante todo, una crisis ética, una crisis de valores: la absolutización del lucro como criterio último y único de la actividad económica. No se repara en las consecuencias que este ídolo puede acarrear en otros, particularmente en los más débiles. Práctica inmoral del sistema capitalista es privatizar las ganancias y socializar las pérdidas” (Cf. Ernesto Cavassa, escrito citado).

Caminos de superación

Como la escandalosa desproporción existente entre los problemas de la pobreza y las medidas tomadas para afrontarlos, no se da solo en lo cultural y político sino también en lo espiritual y moral -lo acabamos de mencionar-, la solución no puede limitarse a paliar las causas superficiales de la pobreza. Ya el Papa Juan Pablo II, (Centesimus annus, 2001), hablaba de la necesidad de un código ético común, cuyas normas para “la vida social deben buscarse en el hombre como tal, en la humanidad universal nacida de la mano del Creador”. No pueden ser solo fruto de acuerdos.

Es también voz general, (el reciente terremoto de Haití lo ha puesto de relieve al máximo, y qué trágicamente), el que la lucha contra la pobreza requiere algo más que el mero asistencialismo. Según el Papa actual en el Mensaje citado, se requieren unas instituciones eficientes y participativas para luchar contra la criminalidad y promover una cultura de la legalidad. El verdadero proyecto a medio y largo plazo parece ser actualmente, -dice él- invertir en la formación de las personas y en desarrollar, de manera integrada, una cultura de la iniciativa.

¿Y qué elementos deberían integrarse de una manera tal que dieran un resultado más allá de su simple suma? El Papa recuerda que, en la historia del desarrollo económico del pasado siglo, buenas políticas de crecimiento se han confiado a la responsabilidad de las personas en tres niveles: mercados, sociedad civil y Estados. “La sociedad civil asume un papel crucial en el proceso de desarrollo, pues el desarrollo es esencialmente un fenómeno cultural, y la cultura nace y se desenvuelve en el ámbito de la sociedad civil”. .

Cooperación de la Iglesia

En su Mensaje, el Papa cita una frase conciliar de hondo sentido teológico, y asegura: “La Iglesia, ‘que es signo de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano’ (LG, 1), continuará ofreciendo su aportación para que se superen las injusticias e incomprensiones, y se llegue a construir un mundo más pacífico y más solidario”.

Y termina así, recordando la frase evangélica “Dadles vosotros de comer” (Lc 9,13): “La comunidad cristiana no dejará de asegurar a toda la familia humana su apoyo a las iniciativas de una solidaridad creativa, no solo para distribuir lo superfluo sino cambiando, sobre todo, los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad. Por consiguiente, cada discípulo de Cristo, toda persona de buena voluntad, ensanche su corazón hacia las necesidades de los pobres, haciendo cuanto le sea posible, en concreto, para salir a su encuentro”.

Eso concreto que cada cual -todos somos Iglesia- puede hacer según las propias circunstancias, tiene su eficacia directa y es también fuerza potencial que contribuirá a la resolución del grave problema que afecta a la humanidad. Comenzamos ya por nuestra oración a lo largo de todo este mes.

Javier Gª Ruiz de Medina, S.J.





   
 
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