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BERNARDO DE ANDERMATT: CENTENARIO DE SU MUERTE
11 DE MARZO, 1909-2009
Mapa de piestas de esquí en Andermatt (Suiza). |
Cuando en mayo de 1985 aparecía un volumen extraordinario de la Analecta de la Orden Capuchina, Fr. Flavio Roberto Carraro, entonces Ministro General de la Orden, escribía: Deseo leer esta prestigiosa etapa de la primera publicación de nuestra Orden con la alegría y la humildad del que se acerca a un presente siempre rico y estimulante, situado entre un pasado precioso y un futuro abierto a mil posibilidades… Cuando el P. Bernardo de Andermatt, Ministro General, decide publicar una revista que sea expresión oficial de la vida y de la actividad de la Orden, ponía la primera piedra en el camino de la información como instrumento esencial e insustituible de formación y de fraternidad, función propia de todas nuestras publicaciones tanto regionales como provinciales. Hoy la comunicación es más que un instrumento: se ha convertido en una metodología de la existencia. Se tiene conciencia de vivir en un contexto histórico en el que la comunicación es la clave de lectura del hombre y de la sociedad y por tanto nos interpela también desde el punto de vista de nuestro carisma y, como afirma el Santo Padre Juan Pablo II, de nuestro ser “servidores de la comunicación entre los hombres.
Ahora, el próximo 11 marzo 2009 se celebra el centenario de la muerte del P. Bernardo de Andermatt, Ministro general de la Orden desde 1884 al 1908 y Arzobispo titular de Stauropoli desde el 30 de mayo de 1908. Nació el 23 de julio de 1837, era el cuarto de los trece hijos de Sebastián Christen y Maria Josepha Danioth, en el bautismo recibió el nombre de Eduardo. En el convento de Lucerna el 4 de octubre del 1855, vestía el hábito capuchino. El 29 de julio de 1860 se ordenaba de sacerdote. Fue profesor, maestro de novicios, definidor provincial, Ministro provincial, hasta que el 30 de junio de 1883, fue enviado a ayudar a la Provincia de San Fidel en Ticino (Suiza), partiendo luego de Lugano provisto con “tan sólo del breviario y de la obediencia de ida y vuelta llegó a la Ciudad” (Analecta 25 [1909] 153) para participar en el Capítulo general de la Orden convocado para el 9 de mayo del 1884, donde fue elegido Ministro general en el primer escrutinio con 64 votos.
En la convocatoria del capítulo general de 1884 había escrito el general Egidio de Cortona (1872-1884): Universus ordo noster ante Deum hominesque relevandus est. Era al mismo tiempo la confesión de la palpable decadencia y la afirmación de un seguro resurgimiento. Comenzaba una nueva época. Los capitulares, reunidos en Roma, vivieron la conciencia de aquella comprobación y de este propósito; no ha habido en la historia de la orden un capítulo tan fecundo en poderosas iniciativas y de tan certera mirada sobre el porvenir.
El primer gran acierto del capítulo de 1 884 fue poner el timón de la orden en manos de un hombre providencialmente dotado para promover y encauzar el deseado resurgimiento. Los veinticuatro años del régimen del P. Bernardo de Andermatt señalan una ininterrumpida marcha ascendente, verdadero vigor de juventud. Su programa de gobierno quedó condensado en la primera circular de 13 de junio de 1884 con estas palabras: “Guardar en toda su integridad y pureza la regla seráfica, junto con las prescripciones de nuestras constituciones y las sabias tradiciones y costumbres transmitidas por nuestros padres, pero cuidando al mismo tiempo de amoldar, con una prudente adaptación, nuestra disciplina a las condiciones del mundo moderno.” Comenzó por una profunda reorganización de la curia general en e1 sentido de una mayor centralización. Logró la supresión del comisariato apostólico de España, restaurando la unidad de la orden. Inició la publicación mensual del órgano oficial titulado Analecta Ordinis, a partir de 1884. Hizo la revisión de las ordenaciones de los capítulos generales, promulgó el Statutum pro missionibus, el Breviario, Misal, Martirologio y Ceremonial propios de la orden. Pero no fue solamente un inteligente organizador, animado de un celo ardoroso por la renovación espiritual, empleó la mayor parte del tiempo en visitar personalmente las provincias, captando sagazmente la situación peculiar de cada una y dando sabias ordenaciones; promovió vigorosamente los estudios; dio impulso y orientación al ministerio de la predicación sagrada. No debe causar extrañeza que los capitulares reunidos en 1895 le reeligieran, casi unánimemente, para regir la orden durante otros doce años.
Durante su gobierno, las provincias y comisariatos pasaron de 46 a 57, y los religiosos de 7.896 a 10.083.
El mapa de la orden iría ampliándose, sobre todo, con las nuevas circunscripciones de América, muchas de ellas iniciadas con fines misionales.
En 1909 se hizo la revisión de las constituciones de la orden, pero dejando intacta la redacción tradicional. (Cfr. P. Lázaro Iriarte, Historia Franciscana, pp. 446-447).
Ilustración del primer número de Analecta
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