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RESTAURACIÓN E INAUGURACIÓN DE LA CAPILLA PAULINA
Crucifixión de San Pedro. Miguel Ángel. Capilla Paulina. |
La Capilla Paulina, uno de los grandes tesoros del Vaticano ha vuelto a su esplendor tras siete años de restauración.
A pocos metros de la Capilla Sixtina, pero fuera del alcance de los millones de turistas que cada año visitan los Museos Vaticanos, se encuentra la Capilla Paulina, que es un lugar de culto, puesto que ahí se expone el Santísimo Sacramento, y que está reservado al Papa y a la familia pontificia; en otras palabras, es una capilla privada de los pontífices.
Antes de la apertura del cónclave el Colegio Cardenalicio se reúne en esta capilla para escuchar una plática en la que se recuerda a los miembros su obligación de dar a la iglesia rápidamente su hijo más capaz como gobernante y guía. Los cardenales después se retiran a la Capilla Sixtina. En la Capilla Paulina se cantan diariamente durante el cónclave misas solemnes "De Spiritu Sancto", en la que deben estar presentes todos los miembros del cónclave.
Benedicto XVI nunca ha podido utilizarla, ya que hace siete años se decidió realizar una importante obra de restauración que finalizó en días pasados.
La capilla, que se encuentra en el primer piso del Palacio Apostólico, refleja aún más que la Sixtina la identidad de la Iglesia Católica, de acuerdo al director de los Museos Vaticanos, Antonio Paolucci.
Sus frescos relatan los episodios salientes de la vida de los santos Pedro y Pablo, fundamentos del catolicismo.
La Capilla Paulina fue encargada por el Papa Pablo III Farnese a Antonio de Sangallo que la inició en 1537.
En 1542 Miguel Ángel comenzó la realización de frescos sobre La Conversión de Saulo y en 1545 La crucifixión de San Pedro.
Se trata de los últimos dos frescos de Miguel Ángel, de aquí el que esta capilla, último esfuerzo del artista que en esos años acababa de pintar el juicio final en la Capilla Sixtina y se encargaba del proyecto de la cúpula de San Pedro, sea considerada como una especie de testamento espiritual del autor.
La obra de restauración, que duró siete años y costó cerca de 3 millones de euros (unos 4.2 millones de dólares), a cargo de algunos "Patrons of arts" de los Museos Vaticanos, logró eliminar la capa de suciedad que la cubría y ha devuelto la luminosidad de los colores que habían sido utilizados por Miguel Ángel.
Si por un lado se ha quitado la capa de los siglos, por el otro se ha decidido mantener los velos que habían sido pintados para ocultar los genitales de San Pedro, pocos años después de que la obra fuera acabada.
El director de los Museos Vaticanos explicó que se decidió mantener el velo y una braga que le fue colocada en los años 30 del siglo pasado porque la historia no da marcha atrás.
De acuerdo al inspector y jefe de los restauradores del Vaticano, Maurizio de Luca, durante la obra de restauración se hizo un importante descubrimiento: en su opinión, entre los personajes de la crucifixión de Cristo realizada por Miguel Ángel, se encontraría un autorretrato del artista. Miguel Ángel sería uno de los tres caballeros que se encuentran en la parte superior a la izquierda del fresco sobre la Crucifixión de Cristo y que lleva en la cabeza un turbante azul que los escultores se ponían para protegerse del polvo.
La opinión del jefe de los restauradores ha sido compartida por varios expertos, sin embargo el director de los Museos Vaticanos, Antonio Paolucci, afirmó que el mencionado personaje le parece demasiado joven, ya que cuando realizó el fresco, Miguel Ángel tenía 70 años.
Más allá de las diferentes interpretaciones, Paolucci afirmó que lo que importa es que la restauración haya sido hecha en forma excelente.
La restauración fue dirigida por Arnold Nesselrat y realizada por el equipo de restauradores de los Museos Vaticanos encabezados por Maurizio de Luca.
La Capilla Paulina completamente restaurada será inaugurada con vísperas solemnes este sábado presididas por el papa Benedicto XVI.
La capilla restaurada fue presentada el martes 30 de junio por la mañana durante una rueda de prensa en el Palacio Apostólico.
En los trabajos se han invertido exactamente 3.253,196 euros, según precisó el cardenal Giovanni Lajolo, presidente de la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano. “Estoy muy contento de que los trabajos hayan concluido en coincidencia casi simbólica con la culminación del Año Paulino, como se preveía en una reunión con la comisión externa de expertos el 30 de septiembre de 2008”, recordó el prelado.
Tras una minuciosa investigación, las labores de restauración de la Capilla Paulina comenzaron en 2004, a petición de Juan Pablo II y bajo la dirección del historiador del arte Arnold Nesserlrath, con un grupo de restauradores de pinturas vaticanas encabezado por Mauricio de Luca. De acuerdo con De Luca, estas labores han sido “la labor más exigente a la que se ha enfrentado el Laboratorio de Restauración de Pinturas de los Museos Vaticanos”.
Problemas complejos y, no sólo por la extensión de la superficie sino también “por la complejidad de los problemas qué afrontar desde el punto de vista técnico y por las decisiones relacionadas con la restitución estética final”.
Además de las obras maestras de Miguel Ángel, esta capilla cuenta con otras perlas de la historia del arte que representan algunos pasajes de los Hechos de los Apóstoles. Entre ellas, los frescos de Federico Zuccari (bautismo del centurión Cornelio) y Lorenzo Sabbatini (lapidación de Esteban, bautismo de San Pablo en casa de Ananías y caída de Simón el Mago).
Según el director de los Museos Vaticanos, el profesor Antonio Paolucci, estas obras “cuentan los principales episodios de la vida de los santos Pedro y Pablo, fundamentos de la jerarquía y de la doctrina”.
“Cuando sobre el altar se expone el Santísimo Sacramento, el papel del Papa, custodio del Corpus Christi, en la legitimidad de la sucesión apostólica y de la fidelidad a la ortodoxia, esto cobra perfectamente significado”, indicó el profesor Paolucci.
Los trabajos han devuelto luminosidad a los colores elegidos por Miguel Ángel y descubierto a los restauradores las pinceladas del artista toscano.
En aquellos años, y a pesar de su mala salud, Miguel Ángel estaba cargado de trabajo, pues acababa de pintar el Juicio Final en la Capilla Sixtina y se encargaba del proyecto de la cúpula de la Basílica de San Pedro.
El profesor Antonio Paolucci aseguró que se ha quitado la “oscura camisa de suciedad” que cubría a la obra, se han reavivado los colores alterados por el paso de los años y se le ha devuelto la gama cromática clara y luminosa que la caracterizaba en sus orígenes.
Una nueva instalación eléctrica, con lámparas tipo LED de luces blancas, resaltará las obras que encierran las paredes de la capilla y evitará las sombras y los cambios de color.
La mirada fulminante de San Pedro y la mirada ciega de San Pablo son el centro de los dos grandiosos frescos de la Capilla Paulina, el último trabajo pictórico de Miguel Ángel cuando ya tenía setenta años y empezaban a faltarle las fuerzas. La espléndida restauración, similar a la de la Capilla Sixtina, saca de nuevo a la luz los brillantes colores del florentino y también un autorretrato.
En la escena de «La crucifixión de San Pedro», que ocupa el lado derecho de la Capilla Paulina, el restaurador de los frescos, Mauricio De Luca, descubrió un rostro muy especial. Uno de los caballeros, tocado con turbante azul, recuerda poderosamente a Michelangelo Buonarroti. De Luca manifestó su asombro por la «semejanza sorprendente» con los retratos del genio realizados por Daniele da Volterra y Giulio Bugiardini. El restaurador está convencido de que es un autorretrato, «y por lo tanto se trata de un descubrimiento extraordinario». En el lado izquierdo de la capilla, «La Conversión de San Pablo» ilustra un episodio que tuvo lugar, camino de Damasco, cuando el futuro apóstol -- por entonces todavía violento perseguidor de los cristianos -- tenía en torno a los treinta años y estaba a punto de empezar una vida de aventuras y de viajes que duraría más de tres décadas hasta su martirio en Roma el año 67.
A medida que limpiaban la suciedad acumulada durante cuatro siglos y medio, los restauradores descubrían en el personaje del Apóstol de los Gentiles el rostro de un hombre anciano que también recuerda extraordinariamente a los retratos de Miguel Ángel realizados por sus contemporáneos y al conocido busto en bronce esculpido por Giambologna. El San Pablo-Miguel Ángel tiene los ojos cerrados, cegado por la luz del cielo, y un gesto de dolor que recuerda el sufrimiento personal del pintor durante aquellos años del ocaso de su vida.
Miguel Ángel terminó la Capilla Paulina al cabo de siete años de trabajo, en 1550. En 1557 inició otro autorretrato, esta vez en la «Pietá» llamada Bandini, conservada en la catedral de Florencia, mucho menos conocida que la primera, la de la basílica de San Pedro, tallada en 1499 cuando el escultor tenía sólo 24 años. Miguel Ángel empezó a esculpir la última en 1557, ya con 81 años, y la destinaba como monumento para su propia tumba. Con gran sufrimiento y esfuerzo se autorretrató en mármol en el personaje de Nicodemo, que sostiene el cuerpo de Jesús en la bajada de la Cruz y se lo está entregando a su madre. Los restauradores de la Capilla Paulina han explorado jornada a jornada el calendario de trabajo de Miguel Ángel. Su último día como pintor concluyó en 1550, dando las últimas pinceladas a las cuatro mujeres, las dolorosas, que presencian el martirio de San Pedro al pie de la cruz.
Conversión de S. Pablo. Miguel Ángel. Capilla Paulina. |
Bautismo del Centurión Cornelio. |
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