Presentación de la obra póstuma de José María Javierre
Un Desafío Beato Leopoldo de Alpandeire
Un puente entre Granada y Sevilla




 
 
Presidencia del acto en Granada





El 9 de febrero del 2006, con ocasión del 50 aniversario de la muerte de Fr. Leopoldo, José María Javierre pronunció en Granada una conferencia que tituló: Fray Leopoldo alforja al hombro. En aquella ocasión, Javierre dijo que: lo que Santa Ángela de la Cruz significa para Andalucía occidental es lo que Fr. Leopoldo significa para Andalucía oriental y que había que tender puentes, puentes que nos unieran más y más entre Sevilla y Granada, entre Huelva y Almería, o entre Cádiz y Jaén...
He aquí algunas de sus palabras: “Conocí a un pintor granadino, que era una persona extraordinaria, se enfadó cuando yo le pregunté una vez la cercanía entre Granada y Sevilla.
Pues miren ustedes por dónde, Fray Leopoldo nos ha dado un signo, un muy bueno de cercanía a Sevilla, porque aunque toda Andalucía, y toda España conoce la figura de Fray Leopoldo, ha sido en Granada donde ustedes (los granadinos) lo han tenido, lo han vivido, lo han querido y lo siguen venerando. En cambio, en Andalucía occidental, sí, sí se le quiere, ¿eh? Hay un barrio en Sevilla, que es el barrio de las Letanías, donde el otro día contaba el cura que los chiquillos del barrio le dijeron un día que le encendían velas a Fray Leopoldo cuando su padre se iba a trabajar. Bueno, pues en Andalucía Occidental tenemos a Sor Ángela de la Cruz. Hay un paralelismo entre los dos que a mí me está impresionando mucho, y si me deja el padre capuchino lo contaré de alguna manera en el libro, Fray Leopoldo y Sor Ángela de la Cruz, que además por cierto son de la misma época. Sor Ángela se muere un poco antes, recién llegada la república a España, y Fray Leopoldo vivió bastante más. Pero tienen un estilo espiritual y una dedicatoria al ejercicio de la Misericordia, del evangelio, como quería Francisco de Asís: sin glosas, sin comentarios, el evangelio. Pues los dos, Fray Leopoldo y Sor Ángela vienen a ser evangelio, y claro, se entregan a atender a los pobres, a repartir amor… yo seré, si Dios quiere, un propagandista de Fray Leopoldo en Sevilla. Aunque ya les digo, es conocido”.
Javierre, de origen aragonés pero sevillano de adopción como todos saben, llegó a Sevilla en 1958 para escribir la biografía del Beato Marcelo Spínola, y aquí se quedó ya a vivir en la casa de la familia Fernández-Palacios Carmona. Ahora, tras su muerte, se presentó en Sevilla, en la Fundación Cruz Campo, el pasado 29 de abril, el libro de Antonio Lorca: José María Javierre La sonrisa seductora de la Iglesia donde Javierre, entre las confesiones que Antonio Lorca consiguió entresacarle, hay una en la que José María manifiesta cierto desencanto por la situación actual de Andalucía: no se han logrado ciertos objetivos que él, como hombre de fe y de esperanza, creía se podían haber podido conseguido, mejorado la industria, ayudando a las empresas, sin embargo esos hombres que podrían haber dado ese empujón al desarrollo andaluz, han preferido seguir durmiendo la siesta. Por eso, la presentación de esta obra póstuma de Javierre sobre Fr. Leopoldo, tanto en Granada como en Sevilla, ha querido ser como un puente de unión entre estas dos partes de Andalucía: la occidental y la oriental; no separemos más, tratemos de unirnos más y estrechar los lazos que nos unen, potenciemos lo que nos une y todos nos beneficiaremos.
En Granada, sería Jesús De las Heras Muela, Director de Ecclesia y de Ecclesia Digital el que dio voz y sonido al mensaje de Javierre en la célebre obra Desafío. Jesús, dio inicio a su intervención leyendo esta hermosa advertencia que Javierre, el autor del libro, pone de frontis a su obra: “Este libro está escrito para gente devota. Y sencilla. Si a usted le falta una de esas dos cosas y se pone a leerlo, allá usted: el autor no se hace responsable”. Y continuó Jesús situando en su justo contexto el trabajo de Javierre sobre Fr. Leopoldo: “En esta tan bella y todavía primaveral tarde granadina, tarde de aromas y sensaciones, aquí en el Carmen de los Mártires, donde tres Juanes –de los súper grandes–, donde tantos cristianos anónimos dejaron la mejor de sus huellas, y donde también Javierre en, al menos dos de estos tres Juanes (San Juan de Dios y San Juan de la Cruz), dejó páginas de su mejor hagiografía.
Aquí, en el Carmen de los Mártires de Granada, a donde, sin duda, también llegó el aroma, el rumor y la sensación del amor humilde, pequeño, menudo y acrisolado de Fray Leopoldo.
El libro que en mis manos tengo, el libro que ya para siempre será el último (¿o el primero?) de Javierre, como veis, se sostiene sólo, se sostiene de pie. Es obra de madurez casi sazonada de su autor. Es obra densa, extensa, intensa, repleta de la sabiduría poliédrica de Javierre... Os invito a leerla con calma, con paz, con provecho. Y os invito a descubrir su desafío..., a leerla con la piedad que reclama el autor y el amor que rezuma el biografiado. Pero antes permitidme que, al hilo del desafío de Javierre, trace también yo en esta tarde de luz serena en atardecida otro desafío: el de mirar a Fray Leopoldo como a través de un espejo, un espejo en el que se refleja también otros muchos santos, sobre todo, como él, franciscanos...
Jesús continuó luego hablando de su devoción hacia la santidad franciscana, trazando un expléndido paralelismo entre San Pío de Pietrelcina y Fr. Leopoldo de Alpandeire: “Aunque no soy franciscano, desde siempre he sentido a Francisco y a los franciscanos como muy próximos, como muy míos, siquiera tal vez por aquello que versificaba el franciscano de la Tercera Regla Jacinto Verdaguer “quien por fraile, quien por hermano, todo el mundo es franciscano”…
Se deberá ello al hecho de que tengo una prima clarisa en Sigüenza –mi Ángel de la Guarda– y al impacto que en mis años de seminarista me produjeron las lecturas de las extraordinarias biografías sobre nuestro San Francisco escritas por Ignacio Larrañaga y Eloi Leclerq. Después, en mi ministerio sacerdotal, entablé estrecha relación con las Capuchinas de Cifuentes, con las Clarisas de Sigüenza y de Molina de Aragón y con otros dos beneméritos capuchinos: Orencio Llamazares y Manuel Muñoz. Con el paso de los años, otros dos capuchinos pasaron a formar parte de mi vida y de mis amigos. Cada uno de ellos dos llegó con un santo: Elías Cabodevilla me trajo y me “llevó” a San Pío de Pietrelcina, y Alfonso Ramírez Peralbo, me “regaló” y me regala a fray Leopoldo de Alpandeire.
Alguna vez, algún compañero sacerdote, algún amigo laico, me ha preguntado por esta singular devoción mía hacia santos como el Padre Pío –todavía tan lejano en España- o como el mismísimo fray Leopoldo, tan querido y popular en Andalucía, pero todavía no suficientemente conocido en el resto de España. Y al interpelarme sobre el porqué de esta mi devoción hacia ellos, siempre les he respondido y me he respondido lo mismo: es la gracia, la pura gracia. Es Dios quien nos visita –en este caso me visita a mí y a otros tantos cientos y miles y millones de personas– mediante el padre Pío o fray Leopoldo. Conocerlos, venerarlos, invocarlos, amarlos es un lujo, es un regalo, es una gracia. Y los dones –ya lo dijo Tagore con su frase “la vida es un don que solo merecemos dándola”– no son para guardarlos sino que comunicarlos, para transmitirlos, para darlos. Y en esas estamos, también ahora, en las vísperas sagradas y sentidas de la beatificación de fray Leopoldo, cuyo proceso, cuya Causa, he seguido tan al minuto gracias al ya citado hermano y amigo Alfonso Ramírez Peralbo”.
Jesús nos hizo pasar una deliciosa tarde en Granada escuchándolo con atención, hablaba con el corazón, fue un ardoroso comunicador de la vida y del Evangelio de Fr. Leopoldo, que a todos dejó verdaderamente satisfecho.

Muchas gracias, Jesús.



 
 
Presidencia del Acto en Sevilla.



En el Ateneo de Sevilla, tan vinculado siempre a Javierre, Juan Rubio, Director de la revista Vida Nueva, diseñó con mano de artista el escenario desde el que el presentador del libro tenía que hablar: “Un paisaje se anuda hoy, una vez más a una figura. Sevilla y Javierre. Asomado en la balconada que desde el Paseo de Colón atisba la calle Betis, espejandose sobre el río, Javierre sonríe hoy más que nunca con el libro en la mano de su fraile pequeño, y buena gente. ‘Cuando termine con el libro del capuchino, me marcho’ decía con su gracejo y bien que lo cumplió. Fray Leopoldo retrasaba la recepción. Él queria estar con Sor Ángela y con Spínola, con San Juan de la Cruz y con el Padre Tarín cuando Javierre llegara al cielo. José María estaba ya más en aquella orilla que en ésta. Sin embargo debía poner en la mano de Caronte, una moneda de papel y tinta, la biografía que le permitiera el paso. Tenía que giñar el ojo y decir que andaba ya todo listo. Y cruzó la laguna, hecha río profundo, amplio, esquivo, el Guadalquivir. Y se marchó con sus santos, ya engalanados en las varandas del cielo, para recibirlo. Sevilla y Javierre. Un paisaje con figura. Fray Leopoldo y Andalucía, un mundo amplio y generoso, preñado de pobreza y que el fraile capuchino recorrió con pasión. Paisajes y figuras conforman la tarde sevillana hoy. No habita el olvido. Hoy suenan las campanas de las torres sevillanas para evocar la memoria de José María Javierre, de Fray Leopoldo de Alpandaire, de Sevilla, de Granada, de Andalucía. Y ha llegado desde Roma para tirar de la cuerda y que se vuelvan locos los campanarios de esta ciudad que hoy mira a las Marismas y sosiega su ánimo para hablar de santidad, de vida heroica, de gentes que dan luz a la Iglesia. Desde Roma llega una voz y un campanero ilustre. Otra figura más se une a este festin sevillano”...
“Antonio --dijo Juan antes de finalizar-- , es tu oportunidod para hablar de Javierre. Es el momento de que nos cuentes lo que este libro fue para el amigo. Es la ocasión para que en Sevilla, en primavera, en este paisaje de luz, conozcamos más de cerca la vida de Fray Leopoldo, según Javierre. Antonio lo va a hacer de la mejor manera que sabe. El tiene la llave, no del cante, sino de este libro. ‘Por que puede, porque quiere y porque sabe’”.
Y Antonio, nuestro querido Antonio Pelayo, el amigo que se asoma a la pequeña pantalla de Antena 3 y al que familiarmente conocemos porque, desde Roma como corresponsal televisivo y asesor religioso en la Embajada de España cerca de la Santa Seda, nos ofrece elocuentes crónicas del festival de cine de Venecia, o de algún viaje o visita papal, o de alguna magna Exposición, o de la Navidad de Benedicto XVI, tomó la palabra y, valga la expresión, con su buen timbre de voz, se “arrancó por sevillanas”. Tras unos cumplidos agradecimientos, prosiguió:
“José Maria Javierre --dijo-- escribió muchos libros. Tenía pasión por escribir y bastaba verle inclinado sobre sus máquinas de escribir --de las de entonces-- para darse cuenta de que la furia con la que batía las teclas era expresión de su fuego de escritor, de su pasión ante unas páginas en blanco. Destacan en el conjunto de su obra las biografias de importantes personajes de la historia de la Iglesia y más en concreto de Santos. A este propósito Joaquin Luis Ortega ha escrito lo siguiente: “A los santos y beatos del iconostasio español y contemporáneo debe hurgarles para que Javierre escriba sus biografias el mismo gusanillo que, según consta, hurgaba a las duquesas y marquesas de su tiempo para que fuera Goya el que pintara sus retratos” La lista es, desde luego, muy amplia: San Pío X , el Cardenal Rafael Merry del Val, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Sor Ángela de la Cruz, las Madres Soiedad Torres Acosta, María Rosa Molas y Genoveva Torres Morales ,la Reina Isabel la Católica, el Beato Manuel Domingo y Sol, el Cardenal Spínola, Juan Pablo Il, el Beato Pedro Ruíz de los Paños, San Juan de Dios, el Padre Tarín, Madre Purísima de la Cruz...
Con los santos cuyas vidas estudiaba antes de escribirlas a Javierre le sucedía un fenómeno curioso y que explica lo atractivas que resultan sus biografias: se identificaba con sus personajes, en cierto modo se ‘enamoraba’ de ellos, sacaba a relucir todas sus cualidades y sus encantos, explicaba y si podía justificaba sus debilidades... Siempre había algo novedoso en sus páginas que había descubierto en los archivos o recogiendo testimonios de primera mano...
Creo poder afirmar que estamos ante un maestro en ese género tan dificil y maltratado de la literatura religiosa como son las hagiografías infladas tantas veces de detalles inútiles, a veces con caracteres casi grotescos, carentes en más de una ocasión del mas elemental sentido crítico. Nada de eso aparece en los libros de nuestro autor donde encontramos siempre rigor histórico, erudición y conocimiento de las épocas estudiadas, sentido teológico y todo ello expuesto con una prosa diáfana, luminosa, accesible a todos los públicos...
La primera reflexión que me hice al acabar de leer su libro fue que pocos historiadores, por no decir ninguno, se hubieran atrevido a escribir una biografía en el sentido exacto de la palabra de Fray Leopoldo (no hablo de folletos hagiográficos sino de biografías en el sentido justo de la palabra). La primera razón de esta renuncia habría sido la ausencia de fuentes históricas: nuestro beato no dejó escrita obra alguna, no se conservan apuntes suyos sobre sus vivencias espirituales o sobre sus correrias apostólicas, ninguno de sus contemporéneos recogiò las trazas de su experiencia religiosa casi mistica, sus superiores se estrellaban contra una personalidad si no muda muy encerrada en si misma donde la comunicación con el exterior se limitaba a pocas y cortas frases, donde el ‘testimonio’ era el de su vida no el de sus palabras. Fray Leopoldo dedicaba su palabra interior a Dios y sus escasas palabras a los pobres. ¡Ardua tarea para un biógrafo!
En el capítulo diez de este libro su autor hace una confesión que a mi me parece muy interesante para descubrir la clave con la que aborda nuestro autor sus obras biográficas: “Al investigador --escribe en la página 127-- al historiador corresponde compulsar documentos hasta conocer los hechos. Al periodista, contar el suceso, narrarlo en crónicas atractivas. A ratos me ha tocado trabajo de historiador, a ratos de periodista”.
Cuando se escucha a comunicadores natos, a voceros de Dios, de de la verdad del Evangelio de aquel Jesús de Nazaret que reocrrió los caminos de Palestina “haciendo el bien” y que tuvo fieles seguidores como Fr. Leopoldo, la verdad es que se disfruta escuchando y queda uno lleno y satisfecho.

Gracias infinitas Juan y Antonio.



 
 


 
 

 
   
 
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