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SAN LORENZO DE BRINDIS: 50 AÑOS DOCTOR DE LA IGLESIA
Urna con los venerados restos de San Lorenzo (Clarisas de Villafranca del Bierzo). |
La prestigiosa Editorial de la B.A.C. publicó en el 2004 el Marial de San Lorenzo de Brindis, traducido del latín por Agustín Guzmán Sancho y Bernardino de Armellada, con Introducción, notas y revisión del P. Bernardino de Armellada, capuchino, prestando con ello un gran servicio al pueblo cristiano de lengua española.
La presentación del Marial de San Lorenzo de Brindis al Pueblo de Dios, la hizo el Beato Juan XXIII en su Carta apostólica con la que proclamaba al Santo capuchino de Brindis «Doctor de la Iglesia»:
«No podemos menos de tributar una alabanza especial a su Mariale, que contiene toda la mariología. En el, con validísimos argumentos con maravillosa unción de expresiones, expone los múltiples tratados verdades de esta doctrina, afirmando a también los dogmas que más tarde nuestros predecesores Pío IX y Pío XII —de inmortal memoria— definieron: esto es, que María estuvo exenta de la culpa original que fue llevada a la gloria celeste en alma y cuerpo».
El Papa confirmaba así la reacción positiva de los teólogos que tuvieron a bien estudiar la doctrina mariana de San Lorenzo.
La luminosidad de la enseñanza laurenciana había encontrado acogida entusiasta en el pueblo cristiano durante los treinta y siete años que duro la vida activa del hoy llamado «Doctor Apostólico».
La vida de este capuchino nacido en la región de la Pulla (Italia meridional) pero de formación religiosa véneta ya que fue en esta provincia religiosa donde se hizo capuchino permanece, al día de hoy, ejemplar por la síntesis concreta entre santidad cristiana, misión apostólica, sabiduría y fe. Con un marcado acento de eclesialidad.
La Sagrada Congregación de Ritos presentando al papa la figura de San Lorenzo de Brindis para conferirle el título de “Doctor de la Iglesia”, lo había presentado como “Doctor Apostolicus”, motivando la propuesta con esta declaración: “En sus escritos San Lorenzo aparece como un predicador eruditísimo, un preclaro teólogo y un gran apologeta bíblico. Por su actividad apostólica, tan eficaz como extensa, unida armónica y oportunamente a una eximia doctrina, el brilló como un faro de luz en medio de la Iglesia, ilustró egregiamente el tesoro de la fe, disipó las tinieblas del error, ilustró puntos oscuros, clarificó dudas, abrió los enigmas de las Escrituras, por lo que merece ser llamado ‘doctor Apostólico’” (Decreto Christus Dominus, 28.11.1958)
Vista de puesta de sol en el puerto de Brindis. |
San Lorenzo nació en Brindis el 22 de julio de 1559, hijo de comerciantes venecianos, Guglielmo Russi (o de Rossi) y de Elisabetta Masella, radicados en esa localidad portuaria de la Apulia, donde quedó pronto huérfano de padre.
A los 14 años entra en los Franciscanos conventuales de su ciudad natal, pero ha de salir, al encontrarse la ciudad amenazada por los turcos. Se refugia con su madre en Venecia.
El 17 de febrero de 1575 ingresa en los capuchinos de Verona. Estudia a fondo la Sagrada Escritura en la Universidad de Padua y adquiere un conocimiento de idiomas poco corriente: hablaba, además de latín, español e italiano, francés, alemán, griego, siríaco y hebreo.
Lorenzo fue ordenado sacerdote en 1583, e inició una extraordinaria labor como predicador. Su doble preocupación fue la lucha contra el protestantismo y contra los turcos. Él repetía: «Dios me ha llamado a ser franciscano para la conversión de los pecadores y de los herejes».
Y en efecto, predicó de manera incesante en Italia, Hungría, Bohemia, Bélgica, Suiza, Alemania, Francia, España y Portugal. Apoyado por los jesuitas, desarrolló una admirable labor en la Europa central y sembró de conventos franciscanos gran parte de las naciones en las que había predicado. Enviado en 1599 a Austria, al frente de un grupo de religiosos, estableció conventos en Viena, Graz y Praga. En Praga sus predicaciones conmovieron la opinión pública y provocaron la reacción de los protestantes, que solicitaron del emperador Rodolfo II su expulsión.
Aparte de su admirable predicación por toda Europa, Lorenzo dejó una multitud de obras, entre ellas más de 800 sermones, que ocupan 11 de los 15 volúmenes de sus obras completas. Constituyen un admirable ejemplo de lo que modernamente se ha llamado teología kerigmática, y esta manera de exponer las verdades eternas le sitúa en la línea de clásica actividad pastoral de los Santos Padres y de los grandes doctores obispos. Destaca en especial su admirable Mariología, de una claridad de conceptos verdaderamente extraordinaria.
Encontramos también reflejada en su obra literaria la actividad que desarrolló en pro de la conversión de los judíos, cuando por encargo de Clemente VIII predicó durante tres años a los judíos de Roma. Estas tareas y la enseñanza de la Sagrada Escritura a los religiosos de su Orden, juntamente con su conocimiento del hebreo, arameo y caldeo, le permiten mostrarse como espléndido exegeta en su Explanatio in Genesim. Uniendo una sana filosofía con profundos conocimientos teológicos, trata de manera magistral todas las cuestiones referentes a Dios creador, a sus atributos, a los ángeles, a la naturaleza y composición del hombre, a la institución matrimonial, etc.
También se refleja en su obra literaria el admirable apostolado antiprotestante que desarrolló.
En Praga tuvo una disputa con el luterano Policarpo Leiser, teólogo, escritor y predicador de la corte del príncipe elector de Sajonia. Reflejo de aquella disputa es la Lutheranismi hypotyposis (3 vol.), manual práctico de apología de la fe católica y confutación de la interpretación protestante.
El vigor de la dialéctica teológica está sostenido por la exactitud del estudioso, que se informa sobre la génesis histórica y doctrinal del protestantismo directamente: en la literatura y en los símbolos protestantes, en una cuarentena de autores reformados, sin excluir los manuscritos y los libelos, además de las obras de Lutero. En esta empresa defensiva y confirmativa al mismo tiempo, característica de una época, la Contrarreforma, en la que la controversia adquirió tanta importancia, Lorenzo emula, con acentuación polémica, la acción de Pedro Canisio, y simplifica, para el uso ministerial, el método escolástico de las Disputationes de Roberto Belarmino.
La proclamación de Lorenzo como Doctor de la Iglesia es la confirmación de tan excelente magisterio. Pero se tiene la convicción de que todavía ocultan los archivos europeos muchos documentos interesantes que podrán dar luz sobre su actividad doctrinal antiprotestante.
Hacía falta también un animador espiritual en la lucha contra los turcos, que golpeaban las puertas del Imperio. Clemente VIII envió a Lorenzo al emperador Rodolfo II, «seguro de que él sólo valdría lo que un ejército» y, en efecto, Lorenzo fue el brazo derecho del príncipe Felipe Manuel de Lorena, que consiguió en 1601 la liberación de Székesfehérvár (Alba Regia) en una gran victoria contra la masa de cerca de 80.000 turcos, capitaneados por Mohamed III, que se aprestaba a invadir Estiria y amenazaba conquistar Austria, invadiendo desde allí Italia y Europa entera. Lorenzo escribió una preciosa crónica de campaña y aunque ocultase en ella en parte sus rasgos de valor, capitanes y soldados le aclamaron como el principal autor de la batalla. No cabe la menor duda de que el santo pudo practicar en aquella ocasión, con un ejército tan cosmopolita, su conocimiento de idiomas. Lo cierto es que resultó un magnífico capellán militar.
Fue también Ministro general de su Orden (1602-1605), con una actuación sumamente brillante. En este cargo, como en todos los demás (Ministro provincial, Comisario general, etc.), se mantuvo siempre sencillo y afable, típicamente franciscano. Rechazaba los honores con la mayor naturalidad. Permaneció siempre fiel a su costumbre de dormir sobre tablas, levantarse durante la noche para salmodiar, ayunar con frecuencia a pan y verdura, disciplinarse duramente y, sobre todo, meditar con asiduidad los sufrimientos de Cristo.
Se encontraba en Lisboa, tratando con Felipe III de España la causa de los napolitanos oprimidos por el Virrey Pedro Téllez-Girón, duque de Osuna, cuando el 22 de julio de 1619 le sobrevino su muerte. Su cuerpo fue llevado al Convento de la Anunciada, de monjas clarisas, de Villafranca del Bierzo (provincia de León), donde es venerado. Su sepulcro fue profanado en 1808 por las tropas francesas que ocuparon la ciudad durante la Guerra de la Independencia Española.
Fue beatificado por Pío VI en 1783 y canonizado por León XIII en 1881. Juan XXIII le otorgó el título de Doctor de la Iglesia con el nombre de Doctor Apostolicus por el Breve «Celsitudo ex humilitate» de 19 de marzo de 1959. Su fiesta se celebra el 21 de julio.
Las fotos recogen diversas vistas de la ciudad de Brindis.
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