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A JOSÉ MARÍA JAVIERRE ORTAS EN EL DÍA DE SU
REGRESO A LA CASA DEL PADRE
La vida de los santos es un mundo de maravillas. Esto lo sabían muy bien los hagiógrafos antiguos cuando, al escribir, revestían la vida de los santos de hechos prodigiosos, pero lo han constatado también los hagiógrafos modernos, quiénes, como José María Javierre Ortas, tal vez más que ningún otro se han acercacado, en estos largos últimos años, a ese pozo sin fondo que es la santidad, ese lugar recóndito donde se realiza la admirable unión de Dios con el hombre y que él ha tenido el privilegio y la gracia de describir tan admirablemente en sus muchas y hermosas biografías.
Un desafío Leopoldo de Alpandeire es la última biografía que nos ha dejado sobre el próximo Beato Leopoldo de Alpandeire, que ya aparecerá como obra póstuma suya. He tenido el privilegio de haber compartido con él largas horas de trabajo mientras lo ha escrito, he aprendido de él ese asombro y esa sorpresa con la que su genio literario sabe adentrarse en la vida de los santos; he aprendido de sus virtudes, de su fe sin límites, de sus devociones, de su anecdotario, casi infinito, de su bondad y buen humor. Creo que hoy en el cielo ha entrado un hombre de Dios que sabrá, estoy seguro, hacer sonreir a todos los bienaventurados.
José María Javierre, el “gran cantor de Fray Leopoldo” forma parte, desde la mañana de este frío 17 de diciembre del 2009, de la corte celestial, de esa inmensa muchedumbre que nadie puede contar y que acompaña ya para siempre al Cordero.
Querido José María a que, desde esa otra orilla, la vida es ya de otra manera, a que los santos nos acompañan en nuestro diarío peregrinar, forman parte de nuestra propia historia, nos ayudan a ser mejores..., como tantas veces nos has dicho en tus muchas y hermosas biografías y has comentado conmigo en nuestras muchas y largas conversaciones. De todos ellos se puede decir, hoy yo lo digo también de tí, el elogio que Gerardo Diego dedica al río: “Cantar siempre el mismo verso / pero con distinta agua”.
Querido José María, cuando en este día has regresado a la casa del Padre y has visto ya el rostro amoroso y misericordioso de nuestro Padre Dios, y te habrás encontrado con tantos santos y beatos a los que tu con tu pluma has dado un empujoncito para que suban a la gloria de los altares, pídele por nosotros, aún peregrinos hacia la casa del Padre.
Quiero unirme, desde aquí al sentimiento que tendrá en estos momentos tu hermano Andrés, su esposa y tus muchos sobrinos/as. Y no puedo olvidarme de Ángela, tu fiel ángel custodio durante tu peregrinaje terreno en nuestra querida Sevilla y a toda su familia, a cuyos hijos has visto crecer, has bautizado, casado, el último de ellos a Pablo este pasado otoño. Todos te echaremos de menos, pero nos alegramos infinitamente por ti en este día en el que has amanecido al alba de la eternidad, porque nuestro Padre Dios ha querido, desde este día 17 de diciembre del 2009, contar con tus servicios allá en el Reino de la luz y de la paz.
Un fuerte abrazo, de quien sabes que siempre te ha querido,
Fr. Alfonso Ramírez Peralbo
Vicepostulador de la Causa de Fr. Leopoldo
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