Intención del mes

Los agricultores y el hambre en el mundo.


Que el Señor bendiga el trabajo de los agricultores con cosechas abundantes
y sensibilice a las naciones más ricas ante el hambre en el mundo.


La intención general de este mes en realidad es doble: pedimos a Dios su bendición sobre el trabajo de los agricultores: que se traduzca concretamente en abundantes cosechas; y pedimos también una mayor sensibilidad ante el drama del hambre.

Abundancia de cosechas.


Sin duda que la agricultura es una de las labores humanas que dependen más visiblemente de la providencia divina: una alteración climática negativa da al traste con sus sudores. Pedir a Dios su bendición de cosechas abundantes es reconocer a la oración de petición un misterioso efecto -nada mágico, que escapa a nuestro análisis- cuando rezamos por unas condiciones climáticas favorables.

Pero sobre todo es pedirle que mueva la voluntad de quienes saben y pueden ocuparse de planificar y poner las condiciones humanas necesarias para conseguir esa abundancia. Aquellos lectores que tengan directamente que ver con la vida rural o que hayan tenido ocasión de conversar con quienes pertenecen al mundo agrícola lo saben bien: es frecuente su queja de que no están suficientemente considerados por los poderes públicos.

Derecho de todos a los bienes de la tierra.


La constitutiva pertenencia de la tierra a Dios funda también un principio muy destacado en la doctrina social de la Iglesia: los bienes de la tierra tienen un destino universal. Lo que Dios dio al hombre se lo dio con corazón de padre que cuida de sus hijos, sin excluir a nadie. Todo hombre y todo pueblo tienen derecho a vivir de los frutos de la tierra. Esto no ilegitima el derecho de propiedad pero exige que salvaguardemos su intrínseca “función social”.

La superación del problema del hambre y de la inseguridad alimentaria no depende simplemente de una mayor producción de alimentos. En el mundo habría comida suficiente para todos si se distribuyera de modo adecuado. Desgraciadamente no es así. Resulta un escándalo intolerable que en el nuevo milenio en que estamos, muchísimas personas todavía pasen hambre y vivan en condiciones indignas de un ser humano.
Son muchas las causas de esta situación. Entre las más absurdas figuran los frecuentes conflictos internos de los Estados, a menudo verdaderas guerras entre pobres. Existe también la gravosa herencia de una distribución de la riqueza con frecuencia injusta, dentro de cada nación y a escala mundial. Son palabras del Papa Juan Pablo II.
Las injusticias estructurales, la carencia crónica de recursos, los desastres naturales, los ineficientes, y a veces corruptos, programas gubernamentales, que no tienen la adecuada sensibilidad política, son algunas de las causas que mantienen su eterna pobreza.


Buscando soluciones.


No solo tomamos conciencia de ello cada año, con motivo de la Jornada de Manos Unidas contra el hambre. Continuamente tenemos ocasión de ver en los medios de comunicación personas y escenas que con razón encogen el alma. Pero ¿qué hacer? Nos excede tanto este drama que puede provocarnos descorazonamiento.
Liberar del hambre a centenares de millones de seres humanos, víctimas aún de este azote, no es empresa fácil. Hay que atacar las causas que son raíz del hambre y de la desnutrición. Esta situación preocupa al Santo Padre y nos pide oraciones. Ha hecho llamadas a las autoridades de las naciones a tomar medidas eficaces. Para eliminar esta vergüenza de la humanidad son precisas, a escala planetaria, adecuadas opciones políticas y económicas. Tales, por ejemplo: dar al campesinado apoyo técnico y financiero para poder modernizar su producción, proporcionarle asistencia para vender mejor sus productos y a un precio justo, aumentar la productividad a través del uso de mejores semillas e insumos. Son posibilidades reales.
Lo que falla es la distribución, tanto de los alimentos como de la tecnología para producirlos y comercializarlos. La producción local, cuando la hay, se ve obligada a competir en condiciones desiguales, dentro del mercado internacional. Muchas naciones ricas protegen su agricultura con subsidios, mientras que países pobres no priorizan la inversión en el sector.
No sería poco si celebrar cada año la jornada mundial de la alimentación diera este resultado: que quienes poseen bienes materiales en abundancia se comprometieran a llevar un tenor de vida razonablemente austero para poder ayudar a quienes no tienen de qué alimentarse. Fieles a la recomendación del Salvador, rezamos cada día la oración que él mismo nos enseñó. Sus peticiones están formuladas en plural: Danos hoy nuestro pan de cada día. El cristiano sabe bien que no puede encerrarse en la actitud egoísta del propio bienestar. Jesucristo enseña a hacerse cargo de las necesidades de los demás. La oración será verdadera si se traduce en un compromiso sincero de solidaridad concreta.
Oremos, pues, para que desde una valoración y respeto por los mismos campesinos y sus culturas, se tomen las medidas adecuadas que nos acerquen al cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. La Cumbre Mundial sobre la Alimentación en 1996 se propuso reducir a la mitad el hambre en el mundo para el año 2015. La realidad es que hoy hay más gente con hambre -820 millones- que la que había en 1996. Y esta cifra aumenta en cuatro millones cada año (cf. Oración y Servicio, 2008.3).
Javier Gª Ruiz de Medina, S.J.




   
 
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