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HOMILIA DE MONSEÑOR D. RICARDO BLÁZQUEZ Presidente de la Conferencia Episcopal Española y Obispo de Bilbao
Granada, 9 de enero del 2007. Cripta de Fr. Leopoldo
“Querido ministro provincial, queridos hermanos capuchinos, hermanos y hermanas todos. De nuevo os saludo con la paz del Señor, agradeciendo la invitación que se me hizo para unirme a las celebraciones de los 50 años de la muerte de Fray Leopoldo, un hermano de todos nosotros. Un hermano que, para mí en concreto, ha sido encontrar un buen amigo. Cuando se hace el conocimiento de una persona como Fray Leopoldo, uno se alegra de haber encontrado una sombra bendita para la vida, porque sin duda él ha sido para todos nosotros, de forma particular aquí en Granada y en tantos lugares desde aquí, un don precioso de Dios. Yo me alegro de esta oportunidad y me uno cordialmente al sentimiento hondamente popular que tenéis de afecto a Fray Leopoldo. El pueblo lo sintió al mismo tiempo como siervo de Dios y como una persona propia y cercana. Fue realmente popular siendo discípulo del Señor.
Las lecturas que terminamos de escuchar nos ayudan, sin duda, a penetrar en algunas dimensiones del alma cristiana, del alma hondamente religiosa de Fray Leopoldo. En el evangelio Jesús hace una especie como de alto en su camino y, teniendo en cuenta una experiencia pastoral, podemos decir de sus discípulos que vuelven felices después de haber transmitido en ese envío provisional el evangelio, y de ver lo que el evangelio producía en las personas, él entonces, Jesús, se dirige personalmente al Padre, echando una especie de mirada al recorrido de su actividad pública, y entonces, se encuentra con lo siguiente: podemos decir con una sorpresa, que los entendidos, los autosuficientes, no reciben el evangelio, se cierran, tienen como candados en los cerrojos del corazón. En cambio, los sencillos, los que tienen puesta su confianza en el Señor, los que realmente lo buscan, estos sí entienden los misterios del reino de Dios. Es una acción de gracia, una bendición, que Jesús hace a su Padre, diciendo está muy bien lo que haces, éste es tu designio y tu beneplácito. No entienden los sabios, sí entienden los sencillos, los que no tienen el corazón retorcido, los que no van buscando segundas, terceras y quintas intenciones, los que tienen transparencia en el corazón. Los limpios de corazón sí lo entienden entonces. Estas palabras aplicadas en esta celebración, en este ámbito precioso, tan acogedor, que tiene incluso como una especie de sabor casi de catacumba, en este lugar, escuchadas estas palabras junto a los restos benditos de Fray Leopoldo, ¡qué elocuentes son! Fray Leopoldo entra dentro de esta bendición del Señor, los sencillos sí entienden y ¡cómo entienden!
Hace pocos días hemos celebrado el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Hay un detalle arquitectónico en la basílica de Belén que resulta, por lo menos, un punto de partida muy útil para una reflexión que a continuación voy a hacer. Seguramente que todos lo conocemos, bastantes seguramente varias veces. Para acceder al lugar donde, según la tradición nació Jesús, se entra por una puerta que tiene el dintel muy bajo de modo que sólo los niños o los adultos que se inclinan profundamente pueden entrar al lugar donde Jesús nació. Es un punto de partida muy importante para ver cómo nosotros nos comportamos a la hora de acercarnos a Dios. ¿Vamos tiesos como quien se ha tragado una varita, mirando por encima del hombro? o ¿vamos realmente inclinados buscando a Jesús nacido como un pobre y acostado en un pesebre? Esto es hacedse pequeños, dejad que los niños vengan a mí. Ya está diciendo Jesús desde el principio: que vengan también a mí los que se hacen como niños, los que se inclinan profundamente. Este, queridos hermanos, es el sentido de la vida de un fraile menor, de un pequeño, de un sencillo que acoge el evangelio como hizo Fray Leopoldo. Él hizo espacio en su vida para el niño de Belén, la manifestación desconcertante de Dios nuestro Señor en Jesús un pobre nacido fuera de la ciudad porque para ellos no había sitio en la posada. Fray Leopoldo se acercó como un niño inclinándose profundamente hasta el lugar donde Jesús nació, con la sencillez de un pequeño, con la confianza puesta en Dios de un pequeño, dejándose tomar de la mano, poniendo su vida en manos de Dios. Estremecen cuando se leen las palabras que pronunció cuando estaba a punto de morir: si Dios quiere que esté así, estoy bien. Se descansa queridos hermanos en la voluntad de Dios, ahí encontramos nuestro descanso, no lo busquemos en otros lugares, vayamos al Señor que él se constituirá en el cireneo que aligera la cruz de nuestra vida. Es una bellísima lección, tantas lecciones, las que nos da Fray Leopoldo casi sin hablar. Porque habló muy poco, pero el evangelio no se anuncia solo verbalmente, se anuncia y se transmite sobre todo con la vida, al lado de él, sin decir palabras, se aprendía lo que es el evangelio. Quedó especialmente tocado Fray Leopoldo cuando escuchó a unos hermanos capuchinos en su pueblo, él dice que hablaban bien de Dios. ¡Qué expresión tan justa!, hablar bien de Dios. Hablar bien de Dios significa anunciar a Dios como el evangelio de la buena noticia para nuestra vida y esto hizo, sin duda, Fray Leopoldo. Apareció, decía la carta de San Pablo a Tito, la misericordia, la bondad y el amor de Dios por los hombres, se ha manifestado… se ha manifestado singularmente en Jesús, el Hijo de Dios y el Salvador de todos, ahí hemos hecho la experiencia de ver como nuestra vida de divide entre una vida anterior en otro tiempo, ¡cómo andábamos!, y San Pablo con rasgos muy gruesos va describiendo las situación profundamente inmoral en la que él y ellos, los destinatarios, se encontraban ante el desconocimiento de Jesús y la vida nueva que el encuentro con Jesús trae. Porque ha amanecido la luz del Señor, ha aparecido la gracia de Dios, ha aparecido que Dios tiene corazón, que Dios nos ama, que Dios tiene entrañas de misericordia. Cuando esto lo podemos transmitir, trasparentar, entonces sí estamos hablando bien de Dios, así se habla bien de Dios, porque el padre del cielo es nuestro Padre, que no está diariamente con el bastón espiándonos para ver si nos sorprende y darnos un bastonazo. El padre del cielo está, con entrañas también maternales, tomándonos de la mano, librándonos de tantos peligros que pueden estropear y malograr nuestra vida, conduciéndonos diariamente. Cuando aparecen estas personas que manifiestan la bondad de Dios, la misericordia del Señor en nuestra vida, en nuestra proximidad, entonces sí que aparece un lenguaje comprensible y entonces sí se habla bien de Dios, como él había escuchado, como Fray Leopoldo había escuchado en su pueblo, en Alpandeire. Y él después bien aprendió esta lección, y aquí en tantas calles, en tantos lugares de esta Granada que nos recuerda también a San Juan de Dios, seguramente tienen tanto parentesco estos dos hombre excelentes… en estas calles de Granada, pidiendo, ayudando, ofreciendo el evangelio para bien de todos.
Yo me alegro mucho de compartir con vosotros lo que significa para nosotros, para todos, para la Iglesia, la vida, la obra, el servicio evangelizador de Fray Leopoldo, admirable. Este tipo de personas necesitamos, singularmente en la Iglesia y en la sociedad, cuando nos damos cuenta que hay difundido un malestar grande y hay incertidumbres, y desconciertos, y confusiones. Cuando aparecen estas personas nos dicen de una forma inteligible para todos: el camino va por ahí. Estos hombres como Fray Leopoldo, como tantas personas, gracias a Dios, el Señor quiere mostrar de una forma especialmente transparente para reflejar lo que significa su Gloria, la Gloria del Señor, y otras más escondidas. Fray Leopoldo prefirió siempre vivir muy escondido pero no se podía, la luz inevitablemente se difunde. Estas personas son como focos de luz en medio de muchas oscuridades, que cuando consideramos la vida de estas personas, despacio cada uno nos decimos por ahí va la verdad. Por ahí discurre el evangelio, qué bien es caminar por ahí. Y estos hombres nos lo muestran de una manera bien sencilla, no se necesita hacer grandes discursos ni realizar grandes hazañas para hablar bien de Dios y para vivir según ese evangelio que es la buena noticia de Dios. Estos hombres son puertas para la esperanza, tocan en las puertas de nuestro corazón para que nos convirtamos, para que volvamos a Dios, para que no nos desviemos en el camino que nos conduce a la patria para la cual hemos sido creados. La patria de todos nosotros, queridos hermanos, es la casa de Dios, es Dios mismo, es la comunión profunda con él. A estos hombres, Jesús y el Padre, les trasmite, les va comunicando el amor profundo que entre el Padre e Hijo existe de una manera bien sencilla, porque así al Padre le ha parecido bien, porque el Señor levanta a los que no cuenta y los pone ante la consideración de todos nosotros, de la humanidad entera.
Cuál es el secreto de la vida de Fray Leopoldo, porque una vida de ese estilo merece la pena de ser vivida. Cuál es el secreto de su vida. Se encontró con Dios, Dios lo encontró, y no se resistió, enteramente se puso en sus manos, fue profundamente, como no podía ser menos, devoto de la Virgen María, de la Virgen de las Angustias, de Santa María bajo esta advocación, de la Madre del Señor. La madre nos va mostrando a Jesús, el fruto bendito de su vientre, como le mostró a Fray Leopoldo y a todos deseamos que diariamente nos lo vaya mostrando. Queridos hermanos muchas gracias por vuestra presencia, me alegro mucho de haber hecho el conocimiento con un poco más de profundidad, de un hombre que es un extraordinario amigo, Fray Leopoldo. Me alegro mucho de participar con todos vosotros de esta devoción profundamente popular.”
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