AL COMIENZO DEL DÍA DEL MIÉRCOLES,
23 DE JUNIO

Fray Leopoldo de Alpandeire y sus alforjas de amor



Dentro del gran número de beatos que la Iglesia de España da en este año, Jesús de las Heras Muela, sacerdote y colaborador de la cadena COPE, reflexiona en su comentario matinal, sobre la figura de Leopoldo de Alpandeire, capuchino andaluz, que será beatificado en septiembre.



Jesús de las Heras/ Jesús Luis Sacristán - 23-06-10
 
 



Este año de 2010 está siendo en la Iglesia en España año de beatificaciones. Ya ha habido cuatro y aún hay pendientes otras dos. Y si ayer glosábamos la figura de uno de estos nuevos beatos, el periodista y enfermo Manuel Lozano Garrido, hoy me detendré en la semblanza del fraile capuchino andaluz Leopoldo de Alpandeire, que será beatificado en Granada el próximo 12 de septiembre, en olor de multitudes.
Fray Leopoldo fue hijo de un pequeño pueblo malagueño de labriegos –Alpandeire-, hijo del afán de la besana cotidiana y de padres humildes y sencilla y cabalmente cristianos. Y sus durezas y hermosuras le curtieron. Fue bautizado con el nombre de Francisco. Sí, Francisco fue su nombre de pila, y el santo y seña de su consagración y testimonio. Y es que, en efecto, la providencia se sirvió de la predicación itinerante de los capuchinos para suscitar y despertar en él, ya en relativamente avanzada edad, la vocación consagrada, la vocación franciscana y capuchina. En sus primeros años de consagración y misión deambuló fugazmente por distintos conventos de su provincia religiosa, por escasos periodos de tiempo, para llegar después a Granada y permanecer en este lugar por espacio de más de medio siglo, donde fue muy querido y popular. Su solo nombre levantaba multitudes mientras el añoraba la vida oculta y escondida. Y es que pasó por la vida haciendo el bien y repartiendo la limosna de la misericordia, la limosna del Evangelio.
Amó con pasión filial y expansiva a María Santísima hasta el punto de ser conocido el fraile de las Tres Avemarías. Y fray Leopoldo hasta María se llamaba –se quiso llamar- de segundo nombre. Padeció largas y dolorosas enfermedades. Y sus cicatrices le curaron y nos curaron. Y murió ya en edad provecta, anciana, rodeado del afecto y de la admiración de cuantos le rodeaban. Recorrió, al igual que otros muchos santos, que otros muchos franciscanos, caminos comunes y paralelos, caminos distintos y divergentes, caminos, en suma de santidad. Y llegaron a la misma meta: al Dios que amaba hasta lo más profundo de su corazón, al Dios que es.
Y, sí, así en la tierra como en el cielo, se le conoció y se le conoce por sus obras, por sus alforjas llenas de amor, por su humildad, por su minoridad, por saber cargar con la cruz –la propia y las de la sufriente humanidad- por su vida de oración y de penitencia, por su existencias de fidelidad a la Regla Franciscana y a la Iglesia, por el admirable ejercicio del amor. Que fray Leopoldo, pues, interceda por nosotros. Buenos días.




 







   
 
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