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La Giralda se vuelve a vestir de fiesta
El Arzobispo de Sevilla, D. Juan José Asenjo Pelegrina, hace pública la fecha de
Beatificación de Madre María de la Purísima de la Cruz: 18 de septiembre.
“Las estrellas de Sevilla / brillan con mucha más luz / porque sube a los altares / otra hermana de la Cruz”.
Para quien está habituado a entrar y salir por la puerta de la Casa General de las HH. de la Cruz, en Sevilla, c/ Santa Ángela 4, posiblemente, no le caiga de sopresa saber que en la Casa Madre hay regocijo general, hay alegría grande y mucha; la alegría es un sentimiento que no se puede ocultar, algo que sale al exterior, que se manifiesta y se contagia irremediablemente... Un escritor de altura decía que: “Si los hombres rieran más serían mejores” y hay quien finalizaba, hace años, unos programas televisivos dirigidos a los jóvenes con este mensaje: “Siempre alegres para hacer felices a los demás”. Nuestro mundo está falto de alegría, hay muchos sustitutivos de la alegría: fiestas, viajes, comidas, francachelas, botellones... pero alegría, alegría auténtica y verdadera hay muy poca.
Uno entra por el portal de la Casa General de las HH. de la Cruz y hay un tragín inmenso: quien sale con sus canastos, de dos en dos como los discípulos de Jesús, quien corre a abrir la puerta, quien friega el suelo de la capilla, quien da una bolsa a un pobre, quien acompaña a una anciana a la capilla de Santa Ángela, quien atienda a una visita... si uno mira a la cara de estas mujeres, ¿De dónde le viene a todas ellas esa intensidad de vida, ese ritmo vertiginoso en el trabajo, ese volcarse hacia los demás, esa capacidad potencial de entrega que se nota, que se ve manifiesta en su vida y en su trabajo? ¿De dónde les viene la fuerza a estas mujeres? ¿De dónde les viene la alegría con que hacen su trabajo y que tan disimuladamente esconden? La respuesta es muy profunda, de verdad, hay que escudriñar y buscarla con ojos de lince, porque hunde sus raíces en el humus (palabra latina que significa “tierra”), sí en el humus que es, sobre todo humildad, en la tierra profunda de la humildad, allá donde nacen los ríos, las venas de la tierra, y los arroyos de aguas puras y cristalinas que alimentan la vida de la naturaleza y llenan de exhuberancia, frescura y verdor a nuestra bendita madre tierra, como diría San Francisco. Es ahí donde hay que encontrar el motivo profundo de esa alegría, de esa capacidad de entrega, en el secreto íntimo de la humildad de nuestra madre tierra; es ahí donde descubrió la alegría María Isabel Salvat Romero, “Una chica del barrio de Salamanca”, como hace unos años la descubriera y describiera el querido José María Javierre. De ella escribió la penúltima de sus biografías en su fecundo apostolado como escritor-historiador de santos.
Madre María de la Purísima, hace apenas unos años que nos dejó; su muerte produjo un gran vacío entre sus hijas que, por espacio de 22 años, la tuvieron como Madre General; en sus 72 años de vida, tanto antes como luego dentro de la Congregación de las Hermanas de la Cruz, ella supo bajar al humus más profundo de la tierra y allí descubrió la humildad del Dios que se manifiesta a los pobres y sencillos de corazón; allí en lo más profundo descubrió el rostro de Dios que se ha hecho “manso y humilde de corazón” y se entregó, sin escatimar sacrificios ni esfuerzos, al Dios que es amor, en el servicio más generoso y profundo de los pequeños y de los niños, de los hambrientos, desheredados, ancianas y marginados de una sociedad que se precia de llegar al planeta Marte, dejando abandonados en el margen de camino a tantos hijos de Dios necesitados.
Hoy hay alegría profunda, gozo verdadero en la Congregación fundada por Santa Ángela de la Cruz, en esas hermanas con hábitos de estameña que se cruzan a diario con nosotros por nuestras calles y que, a veces, miramos con desdén y desprecio. Saben por qué. Porque Dios que, en su infinita misericordia, cuida hasta de los cabellos de nuestra cabeza, que alimenta a las aves del cielo que ni siembran, ni siegan y que viste de esplendor a los lirios del campo, nos devuelve a Madre María de la Purísima de la Cruz, con la aureola de la santidad.
¡Dios es admirable en sus santos! Sí, porque en la mañana del 27 de marzo del 2010, el Santo Padre Benedicto XVI, en audiencia concedida al Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, Mons. Ángelo Amato, ha tenido a bien firmar el Decreto del Milagro por el que Madre María de la Purísima será beatificada en Sevilla, en día y hora que el Señor Arzobispo, D. Juan José Asenjo Pelegrina, hará oficialmente público.
Pero ¿quién era esta mujer que en el corto y breve espacio de cuatro años ha llegado a la gloria de los altares?
La Sierva de Dios nació el 20 de febrero de 1926 en Madrid en el seno de una familia acomodada. Al día siguiente, fue llevada a la fuente bautismal en la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción, recibiendo el nombre de María Isabel. En su ambiente familiar, fuertemente motivado en sentido religioso, junto con la primera educación asimiló también los valores cristianos, que profundizó con creciente conocimiento frecuentando desde niña el colegio madrileño de la Virgen María, gestionado por las Religiosas Irlandesas. En el ámbito de su itinerario formativo, recibió la Primera Comunión, la Confirmación y completó el currículo normal de los estudios.
En el 1936, al estallar la guerra civil, la familia se trasladó a Portugal; pero, después de dos años, regresó a la patria, escogiendo como residencia, en un primer momento, la ciudad vasca de San Sebastián y luego nuevamente Madrid.
A lo largo de estos años Maria Isabel fue madurando en todas las cualidades personales y culturales para poder proyectar una vida social llena de satisfacciones, revalorizada posteriormente por su procedencia alto burguesa. Ella, sin embargo, comenzó a percibir con mucha claridad la vocación a la vida religiosa, de manera que, una vez presentada la solicitud, en el 1944 fue acogida como postulante en el Instituto de las Hermanas de la Compañía de la Cruz de Sevilla. Al año siguiente recibió el hábito religioso, asumiendo el nombre de Sor María de la Purísima de la Cruz, y fue admitida al noviciado.
Ya durante este periodo de formación, la Sierva de Dios se distinguió por su compromiso, espíritu de sacrificio y ejemplaridad. De modo particular se manifiestan en ella, con admirable sencillez, el amor a la pobreza, un comportamiento humilde y un espíritu de obediencia desinteresada y convencida. En el 1947 emitió los votos temporales.
Reconociendo en ella la preparación humana y espiritual, a la joven hermana se le confió la dirección del colegio de Lopera, cerca de Jaén, compromiso al que siguieron otros cargos de responsabilidad en Valladolid y Estepa. En 1966 fue llamada a la Casa Madre de Sevilla, primero como auxiliar del Noviciado, luego como Maestra de novicias. Dos años más tarde fue nombrada Provincial, luego Consejera General, después aún Superiora de la comunidad de Villanueva del Río y Minas (Sevilla) y en el 1977 fue elegida Madre General del Instituto. Sería reelegida, con permiso de la Santa Sede, otras tres veces para este oneroso cargo, particularmente delicado en los difíciles años que siguieron al Concilio Vaticano II y que vieron a la Sierva de Dios comprometida en la actualización de las Constituciones del Instituto dentro de la óptica de la salvaguardia y de la revalorización del carisma original, a través de una renovada fidelidad al Evangelio y al Magisterio eclesial, una intensa dimensión eucarística y mariana, una inteligente adaptación de la tradición a las nuevas perspectivas de la Iglesia y de la sociedad. Su actitud fundamental fue de un equilibrio dinámico: Sor María no vivió la fidelidad como una cansada repetición de fórmulas ensayadas, sino como un deseo de creatividad para ir al encuentro de las exigencias que el Señor le iba haciendo comprender. En cada circunstancia miró a Santa Ángela de la Cruz, Fundadora de la Congregación, como a un manantial perenne de continuidad coherente dentro de la necesaria renovación.
Tuvo una solicitud particular por la formación permanente de las Hermanas, sobre todo por las que atravesaban momentos de crisis y de desorientación, de modo que en aquellos años de experiencias y de no pocas incertidumbres su testimonio de vida constituyó un punto seguro de referencia para muchas de ellas. Cuidó con amor la animación vocacional, cuyos frutos maduraron incluso de modo visible, hasta el punto de que la Sierva de Dios tuvo que dedicarse a abrir nuevas casas religiosas en otras ciudades de España, como Puertollano, Huelva, Cádiz, Lugo, Linares, Alcázar de S. Juan. Incluso en Reggio Calabria, en Italia, en el 1984 realizó la fundación de una casa.
Su personalidad serena y jovial contribuía a crear un clima de confianza y de comunión, pero era sobre todo su sólida espiritualidad la que motivaba sus intenciones y sus acciones. En ella, efectivamente, se pone de manifiesto una intensa experiencia religiosa, vivida con clara conciencia de la presencia de Dios y en la constante búsqueda de su voluntad, y alimentada en las fuentes de la oración y de la contemplación; una sincera disponibilidad a las exigencias del prójimo, de manera particular para con los más necesitados, y una sagaz apertura hacia los problemas contemporáneos; una tendencia hacia la perfección, hasta llegar a conseguir un asiduo y fervoroso ejercicio de las virtudes humanas e cristianas.
En el 1994 le diagnosticaron un tumor, por el que tuvo que ser operada. Afrontó la enfermedad con gran docilidad a la voluntad de Dios y con fortaleza de ánimo y durante cuatro años continuó generosamente con su actividad. En los últimos días de vida, cuando el sufrimiento fue más doloroso, renovó su confianza en la bondad de Dios, preparándose para el momento del encuentro con el Esposo.
El 31 de octubre 1998 se durmió piadosamente en la Casa Madre de Sevilla. En su funeral participaron numerosos sacerdotes y religiosas, junto con un grandísima asistencia de fieles, testimonio de una fama de santidad que ya en vida había acompañado a la Sierva de Dios.
En virtud de esta fama, se celebró en Sevilla el Proceso Diocesano del 20 de febrero al 15 de noviembre del 2004, cuya validez jurídica fue reconocida por la Congregación de las Causas de los Santos con decreto del 2 de julio del 2005. Preparada la Positio, se discutió, según el habitual procedimiento, si la Sierva de Dios ejercito en grado heroico las virtudes. Con éxito positivo, se celebró el 6 de junio del 2008 el Congreso Peculiar de los Consultores Teólogos. Los Padres Cardenales y Obispos en la Sesión Ordinaria del 2 de diciembre del 2008, oída la relación del Ponente de la Causa, el Excmo. Mons. Jerónimo Grillo, Obispo emérito de Civitavecchia, reconocieron que la Sierva de Dios ejercitó en grado heroico las virtudes teologales, cardinales y anexas.
El 27 de marzo del 2010, tras haber pasado con éxito positivo la consulta médica, la de los teólogos y el 2 de marzo la Ordinaria de Obispos y Cardenales, el Papa Benedicto XVI ha firmado el Decreto del Milagro por el que Madre María de la Purísima será Beatificada en Sevilla.
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