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Recordando la muerte de Pablo VI:
“En el día de la Transfiguración del Señor” (6 de agosto de 1978)
Giovanni Battista Montini nació en Concesio, cerca de Brescia, el 26 de septiembre de 1897, hijo del abogado Giorgio Montini y Giuditta Alghisi, mujer profundamente religiosa. Desde pequeño Giovanni se caracterizó por una gran timidez, así como por un gran amor al estudio.
Acogiendo la llamada sacerdotal, Giovanni ingresó a los 19 años al Seminario de Brescia. Ordenado sacerdote del Señor el 29 de mayo de 1920, cuando tenía cumplidos 23 años, se dirigió a Roma para perfeccionar allí sus estudios teológicos.
Allí mismo realizó estudios también en la academia pontificia de estudios diplomáticos y en 1922 ingresó al servicio papal como miembro de la Secretaría de Estado. En mayo de 1923 se le nombró secretario del Nuncio en Varsovia, cargo que por su frágil salud tuvo que abandonar a finales del mismo año. De vuelta en Roma, y trabajando nuevamente en la Secretaría de Estado de la Santa Sede, Montini dedicó gran parte de sus esfuerzos apostólicos al movimiento italiano de estudiantes católicos (1924-1933), ejerciendo allí una importante labor pastoral. En 1931, a sus 32 años, le era asignada la cátedra de Historia Diplomática en la Academia Diplomática.
En 1937 fue nombrado asistente del Cardenal Pacelli, en la Secretaría de Estado. En este puesto de servicio Monseñor Montini prestaría un valioso apoyo en la ayuda que la Santa Sede brindó a numerosos refugiados y presos de guerra.
En 1944, ya bajo el pontificado de S.S. Pío XII, fue nombrado director de asuntos eclesiásticos internos, y ocho años más tarde, Pro-secretario de Estado.
En 1954, el Papa Pío XII lo nombró Arzobispo de Milán. El nuevo Arzobispo habría de enfrentar muchos retos, siendo el más delicado de todos el problema social. Entregándose con gran energía al cuidado de la grey que se le confiaba, desarrolló un plan pastoral que tendría como puntos centrales la preocupación por los problemas sociales, el acercamiento de los trabajadores industriales a la Iglesia, y la renovación de la vida litúrgica. Por el respeto y la confianza que supo ganarse por parte de la inmensa multitud de obreros, Montini sería conocido como el "Arzobispo de los obreros".
En diciembre de 1958 fue creado Cardenal por S.S. Juan XXIII quien, al mismo tiempo, le otorgó un importante rol en la preparación del Concilio Vaticano II al nombrarlo su asistente. Durante estos años previos al Concilio, el Cardenal Montini realizó algunos viajes importantes: Estados Unidos (1960); Dublín (1961); África (1962).
El Cardenal Montini contaba con 66 años cuando fue elegido como sucesor del Pontífice Juan XXIII, el 21 de junio de 1963, tomando el nombre de Pablo VI. Tres días antes de su coronación, realizada el 30 de junio, el nuevo Papa daba a conocer a todos el programa de su pontificado: su primer y principal esfuerzo se orientaba a la culminación y puesta en marcha del gran Concilio, convocado e inaugurado por su predecesor. Además de esto, el anuncio universal del Evangelio, el trabajo en favor de la unidad de los cristianos y del diálogo con los no creyentes, la paz y solidaridad en el orden social -- esta vez a escala mundial --, merecerían su especial preocupación pastoral.
Pablo VI, tras su incansable labor en favor de la Iglesia a la que tanto amor mostró, fue llamado a su presencia por el Padre Eterno, el 6 de agosto de 1978, en la Fiesta de la Transfiguración (que curiosamente fue también la fecha de la publicación de la encíclica que anunciaba el programa de su pontificado). Acaso el Señor mismo, con este signo de su amorosa Providencia, quiso rubricar con sello divino aquello que el Santo Padre, pocos años antes, había escrito en una preciosa exhortación apostólica sobre la alegría cristiana: «...existen muchas moradas en la casa del Padre y, para quienes el Espíritu Santo abrasa el corazón, muchas maneras de morir a sí mismos y de alcanzar la santa alegría de la resurrección. La efusión de la sangre no es el único camino. Sin embargo, el combate por el Reino incluye necesariamente la experiencia de una pasión de amor (...) «per crucem ad lucem», y de este mundo al Padre, en el soplo vivificador del Espíritu» (Gaudete in Domino, 37). Y ciertamente, el Padre Eterno quiso que este hijo suyo, habiendo pasado por muchos sufrimientos y habiendo entregado ejemplarmente su vida en el servicio amoroso a la Iglesia, pasase "de la cruz a la luz" en el día en que la Iglesia entera celebraba la gran Fiesta de la Transfiguración, que indica esperanzada la meta final a la que conduce la muerte física de todo cristiano fiel. Y él --como dijera S.S. Juan Pablo I -- había transitado ese camino de modo ejemplar: «(...) en quince años de Pontificado, este Papa ha demostrado no sólo a mí, sino a todo el mundo, cómo se ama, cómo se sirve y cómo se trabaja y sufre por la Iglesia de Cristo».
Él mismo, vislumbrando ya esta magnífica realidad, dejaría escrito para todos en su "Testamento":
«Fijo la mirada en el misterio de la muerte y de lo que a ella sigue a la luz de Cristo, el único que la esclarece; miro, por tanto, la muerte con confianza, humilde y serenamente. Percibo la verdad que ese misterio ha proyectado siempre sobre la vida presente y bendigo al vencedor de la muerte por haber disipado en mí las tinieblas y descubierto su luz.
»Por ello, ante la muerte y la separación total y definitiva de la vida presente, siento el deber de celebrar el don, la fortuna, la belleza, el destino de esta misma fugaz existencia: Señor, te doy gracias porque me has llamado a la vida y más aún todavía porque me has regenerado y destinado a la plenitud de la vida».
Pidió para sí un funeral y una sepultura sobria. Fue una persona dócil y reservada, ha dejado la herencia de un rico magisterio y una vida sencilla y profunda entregada al servicio de Cristo y de la Iglesia.
Por voluntad del Papa Juan Pablo II, el 11 de mayo de 1993, el cardenal Camillo Ruini, Vicario del Papa para la Ciudad de Roma, se abrió el proceso diocesano para la Causa de Beatificación del Papa Pablo VI. Actualmente es Siervo de Dios.
Benedicto XVI lo ha querido recordar. En el Ángelus del pasado domingo, 3 de agosto, en Brexanone (en el Tirol), al hablar del “sol y su luz, del aire que respiramos, el agua, la belleza de la tierra, el amor, la amistad, la vida misma…”, su pensamiento se dirigió a aquella tarde del 6 de agosto de 1978, fiesta de la Transfiguración de Jesús, cuando el Papa Pablo VI regresó a la casa del Padre.
“Como Pastor supremo de la Iglesia, Pablo VI – dijo el Papa - guió al pueblo de Dios a la contemplación del rostro de Cristo, Redentor del hombre y Señor de la historia”:
“Y precisamente la amorosa orientación de la mente y del corazón hacia Cristo fue uno de pospilares básicos del Concilio Vaticano II, una actitud fundamental que mi venerado predecesor Juan Pablo II heredó y relanzó en el gran Jubileo del 2000. En el centro de todo, siempre y sólo Cristo: en el centro de las Sagradas Escrituras y de la Tradición, en el corazón de la Iglesia, del mundo y de todo el universo”
La Divina Providencia - añadió Benedicto XVI - llamó a Juan Bautista Montini de la Cátedra de Milán a la de Roma en el momento más delicado del Concilio cuando la intuición del Beato Juan XXIII corría el riesgo de no tomar forma.
“¿Cómo no agradecer al Señor su fecunda y valiente acción pastoral? A medida que nuestra mirada se alarga en el pasado y se hace más consciente, aparece siempre más grande, casi sobrehumano, el mérito de Pablo VI al presidir la Asamblea conciliar, y conducirla felizmente a término, gobernando la inestable fase del post-Concilio. Realmente podríamos decir, como el apóstol Pablo, que la gracia de Dios “en él no fue vana” (cfr 1 Co 15,10): ha valorizado sus dotes características de inteligencia y su amor apasionado por la Iglesia y por el hombre. Mientras damos gracias a Dios por el don de este gran Papa, nos comprometemos a poner en práctica sus enseñanzas”.
Y antes del rezo de la oración mariana, Benedicto XVI recuerda que precisamente Pablo VI "quiso tributar un honor especial a la Virgen María proclamándola “Madre de la Iglesia” (cfr Insegnamenti, II [1964], 675), imagen y modelo no sólo del cristiano sino, como enseñan los santos Padres, de todo el Cuerpo místico de Cristo”.
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