Dejando atrás la señorial ciudad de Ronda, metrópoli de la Serranía del mismo nombre, y, bajando por una carretera que serpentea entre escarpados cerros de alcornoques y encinares, llegamos a Alpandeire, pintoresca villa de la provincia de Málaga, situada en las extremidades de la sierra de Jarestepar al sur de Ronda.
Aquí, en este pueblecito de casitas blancas, acurrucado alrededor de su majestuosa iglesia parroquial, considerada la "catedral de la Serranía", nació un 24 de junio de 1864 Francisco Tomás Márquez Sánchez, nuestro futuro Fray Leopoldo. Fueron sus padres Diego Márquez y Jerónima Sánchez. Francisco Tomás tuvo otros tres hermanos más cuyos nombres nos son conocidos: Diego, Juan Miguel y María Teresa y algunos más que murieron en la infancia sin disponer hoy de datos sobre ellos. Juan Miguel moriría soldado en la guerra de Cuba.
Es indudable que existe una “geografía de Dios” que confió a determinadas ciudades, a algunos lugares y pueblos una misión particular, un signo de predilección. “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre las principales ciudades de Judá; porque de ti saldrá un príncipe que apacentará a mi pueblo Israel” (Mt. 2, 26). Belén, Jerusalén, Nazaret, Cafarnaún, Caná de Galilea, Betania, nombres que, al pronunciarlos, evocan recuerdos y misterios de aquel Jesús de Nazaret. En verdad, toda la tierra de los Patriarcas y de los Profetas es, por derecho propio, el país del Hijo de Dios, la patria universal de los creyentes. Y pensemos en la Grecia de Platón y de Aristóteles, en esa Roma donde Cristo es romano, en las catacumbas y en los mártires cristianos, en Casino y en San Benito, en Asís y en San Francisco, en Orleáns y en Santa Juana de Arco, en Ávila y en Santa Teresa, en Loyola y en San Ignacio, en Siena y en Santa Catalina, en Pietrelcina y en San Pío, en Lourdes y en la Virgen Inmaculada que, como la piscina de Siloé, atrae cada año a una multitud de peregrinos.
A todos ellos y a tantos otros cabría añadir Alpandeire, pueblecito minúsculo escondido en la serranía de Ronda, semejante, en miniatura, a un sello, situado en las extremidades de la sierra de Jarestepar al sur de Ronda la ciudad del Tajo. Se han encontrado en su término monedas turdetanas que justifican el paso de las tribus ibéricas por toda Andalucía. Algunos dólmenes en el paraje denominado “Montero” hablan de la presencia del hombre prehistórico por estos lugares. “Como el pueblo es pequeño y de escasa importancia -- ha escrito Diego Vázquez Otero en su libro Leyendas y tradiciones malagueñas -- poco interés puede ofrecer su vida pretérita”. El mismo autor sostiene que es árabe el origen de esta población y que fue uno de los primeros puestos que fundaron los sarracenos después de la sangrienta batalla del Guadalete, en el año 711. Desde la crestería de “Jarastepax”, sierra calcárea que se levanta al norte de Alpandeire, se vislumbran a través de la azulada lejanía las ruinas de la antiquísima “Carteya” (Algeciras) y el formidable peñón de “Caspe” (Gibraltar). Del paso de griegos, romanos, cartagineses no hay vestigios, aunque sí se han encontrado algunas monedas con la inscripción de la palabra “Acinipo”, nombre de una ciudad fenicia que gozó de gran importancia durante el poder de Roma, como lo atestiguan las ruinas de su anfiteatro.
Innumerables son las armas, monedas y objetos morunos encontrados en estos contornos. Morunos siguen siendo los nombres que dieron a sus ríos, como el Genal o sus arroyos, como el Alhandaque, Alfraguaras y Audalazar, o las fuentes, como la de Alfoncal. El prestigioso caudillo moro Hamet el Zegrí se encontraba en esta villa reclutando gente para defender a Ronda cuando esta plaza fue sitiada y asaltada por las huestes cristianas, mandadas por el rey Fernando V el Católico, en mayo de 1485. Alpandeire, situado entre los cerros de “El Cuervo”, “El Correjón” y “Castillejos” tiene una población cercana a los 500 habitantes y se haya situada a 695 metros sobre el nivel del mar, con una extensión de 3.077 hectáreas. Vive de la agricultura. Produce cereales, aceite, corcho, madera. Tiene alguna importancia el ganado lanar, caprino y de cerda.
Es la patria de nuestro santo limosnero capuchino, el místico de la humildad poseído por la “locura” celeste, cuyo espíritu aletea sobre sus silenciosas calles, al sol o en penumbra, blancas, empinadas y estrechas, con los tejados en pronunciada pendiente, destacando su monumental iglesia, grandiosa construcción de ladrillo y granito con estuco de yeso, interior y exteriormente. En su arquitectura primera destacaba el altar mayor, soberbio retablo de estilo churrigueresco en su base y parte alta, respondiendo la central al orden dórico; y el altar de Santa Teresa de Jesús, del más bello y admirable plateresco. Está dedicada a san Antonio de Padua. La iglesia fue construida a mitad del siglo XVI por el arzobispo de Sevilla Diego Deza, aunque su actual fisonomía es obra de la reconstrucción que sufrió en el siglo XVIII. En la historia reciente de Alpandeire, cabe destacar para nuestro objetivo, que en esta iglesia se conserva como preciada reliquia la pila bautismal donde Francisco Tomás, nuestro futuro Fr. Leopoldo, fue bautizado. Pero Alpandeire quedará ya para siempre como un pueblecito cuyas piedras y ladrillos parecen haber sido colocados por manos de ángeles, como si de un “portal de Belén” se tratase. Paseando por los pintorescos rincones de sus calles encaladas y siempre al contacto con su gente se siente aún vibrar hoy el espíritu del santo limosnero capuchino; destacan la humildad, bondad, generosidad, amor y calor y sabiduría popular tan propia de la gente de la sierra y que, en su infancia, bebió Francisco Tomás.
Luego, la continuidad de la misión salvadora que Dios quiso confiar al frailecito de las Tres Ave Marías, continuaría su desarrollo por largos años por las calles, plazas y empinadas cuestas de la ciudad de la Alhambra donde hoy reposan sus venerados restos, cuyas calles recorrió a lo largo de 50 años de limosnero, derramando bondad, ternura, sencillez, amor, consuelo y misericordia, mientras pedía la limosna para su comunidad y para los pobres.
Alpandeire forma ya hoy parte de esa “geografía de Dios” a la que nos hemos referido. Para un capuchino el nombre del pueblo es tan importante que el 17 de abril de 1966, Pablo VI, en la beatificación del capuchino piamontés Ignacio de Santhiá (canonizado por Juan Pablo II en el 2002), recordó, entre otras cosas, la costumbre capuchina de llevar el nombre del pueblo natal: “Según una antigua costumbre, los capuchinos, -- decía el Papa -- después de haber renunciado a todo, incluso al propio nombre, conservan, sin embargo, el de la ciudad que lo vio nacer y con él a cuestas caminan hasta llegar a la eternidad” -- hecho hoy ya en desuso --.

 

   
 
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