Ni los ecos o voces de las Cortes de España ni del Congreso llegaban hasta aquel rincón insólito y escondido, ni mucho menos se ocupaban de sus problemas en sus diatribas parlamentarias. Desde la carretera que, jugando con el terreno, baja en forma de curvas hasta ese lugar, se ven como unas manzanas de casas apiñadas, son casas bajas de ladrillo y cal como si fuesen arrancadas de la villa de algún condado o ducado de la nobleza, con sus tejas rojizas, pegadas junto a su iglesia. Allí, a la revuelta del camino, entre árboles, retamas, olivos y alcornoques, está Alpandeire, escondido en un rincón de la geografía española, allá por la serranía rondeña. Es el pueblo de nuestro singular Fr. Leopoldo de Alpandeire.
Entre los tejados terrosos y las calles blancas, se alzan dos torres que señalan la situación de la Iglesia, monumento conocido como la “catedral de la sierra”, grandiosa construcción de ladrillo y granito con estuco de yeso, interior y exteriormente; es de crucero completo y sus dos torres campanarios tienen una altura de 26 metros. Tiene tres espaciosas naves sostenidas por arcos y ocho columnas. Entre sus once altares merecieron especial mención, el altar mayor, que tuvo un soberbio retablo de estilo churrigueresco en su base y parte alta, respondiendo la central al orden dórico; y el de Santa Teresa de Jesús, del más bello y admirable plateresco. Está dedicada a san Antonio de Padua. La iglesia fue construida a mitad del siglo XVI por el arzobispo de Sevilla Diego Deza, aunque su actual fisonomía es obra de la reconstrucción que sufrió en el siglo XVIII desapareciendo de ella la belleza de sus altares. En la historia reciente de Alpandeire, cabe destacar por su interés para nosotros, que en esta iglesia se conserva, como preciada reliquia, la pila bautismal donde Francisco Tomás, nuestro futuro Fr. Leopoldo, fue bautizado. De ahí que el nombre de Alpandeire quedará ya para siempre en la historia como un pueblecito cuyas piedras y ladrillos parecen haber sido colocados por los mismos ángeles; pasará a la historia por ser uno de esos muchos pueblos a los que grandes santos han dado brillo y renombre universal, sacándolos del anonimato: Asís, Ávila, Loyola, Padua, Alcántara, Casia, Lisieux…
Hoy, Alpandeire, situado entre los cerros de “El Cuervo”, “El Correjón” y “Castillejos” tiene una población cercana a los 500 habitantes y se haya sobre unos 695 metros del nivel del mar, con una extensión de 3.077 hectáreas. Vive de la agricultura. Produce cereales, aceite, corcho, madera. Tiene alguna importancia el ganado lanar, caprino y de cerda. Por iniciativa de los alcaldes de un grupo de pueblos cercanos de Alpandeire se creo el pasado año la “Ruta de Fray Leopoldo”, que contó con la ayuda de la Junta de Andalucía y que pretendía promover el turismo de la zona.
Entre los vecinos de este pequeño pueblo de la serranía rondeña, dedicado a las faenas del campo, vivía la familia del pequeño Francisco Tomás, hijo de Diego y de Jerónima, que vino al mundo un 24 de junio de 1864. Allí fue bautizado y allí crecería y pasaría buena parte de su vida. En los pueblos, ya se sabe, los días que hace buen tiempo, mientras los hombres se dedicaban a las faenas del campo y las mujeres al cuidado de los hijos y de la casa, en sus ratos libre, suelen las mujeres sentarse al fresco en las puertas de las casas, mientras hacen labores y hablan de lo divino y de lo humano que pasa por el pueblo o de las noticias que hasta él llegan porque algún vecino haya tenido que ir al médico a la cercana ciudad de Ronda, mientras los chiquillos llenas con sus gritos las calles y corretean tras una pelota de trapo; aún están lejanos los tiempos de la televisión y del deporte rey.
“Frasquito”, como familiarmente se le llamaba, pasó aquí su infancia y juventud, entre juegos infantiles y los trabajos del campo. Era un “hombre bueno”, por eso sus vecinos no se extrañarían cuando un día dejó el pueblo para hacerse capuchino. Paseando por los pintorescos rincones de sus calles encaladas y, siempre al contacto con su gente, se siente aún vibrar hoy el espíritu del santo limosnero capuchino, mientras se visita la iglesia y se compra el “pan de Fray Leopoldo”. Frasquito, soñando en hacerse religioso, pensaría muchas veces en cómo sería la vida de un convento.
Mientras, en algún rincón del Pirineo, un español menudo y silencioso sueña frente al paisaje, cuando escribe con su prosa seca, entrecortada, sugerente:
“Yo veía los conventos silenciosos y retirados, con sus huertos amenos, las pequeñas y claras celdas con su estante de libros, los claustros largos y sonoros. Yo veía las ermitas que se levantan en las fragosidades de una montaña o en la monotonía de un llano. Yo veía, en fin, todos los parajes y lugares que en nuestra España frecuentan la devoción y la piedad. ¿No está en estas iglesias, en estos calvarios, en estas ermitas, en estos conventos, en este cielo seco, en este campo duro y raso, toda nuestra alma, todo el espíritu intenso y enérgico de nuestra raza”. El escritor deja su pluma sobre la mesa. Pertenece a una generación que llora por España y busca sus raíces: la del 98. Firma Azorín.




   
 
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