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El fotógrafo del’Osservatore romano se jubila.
Seis papas en el objetivo: el record de Arturo Mari.
«La fotografía del atentado al Papa en la plaza de San Pedro es la foto que nunca hubiera querido hacer». “Entre todas ellas sería difícil elegir la preferida?”
El fotógrafo del’Osservatore romano deja su trabajo: «Tenía 16 años cuando comencé en el 1956 con Pío XII. Mi primer trabajo fue una beatificación. Estaba emocionadísimo pero comencé a echar fotos». «Cuando Wojtyla fue por primera vez a Argentina llevé 600 carretes. Pero no fueron suficientes. El nuncio me proporcionó otros 200»
Han sido 51 años y ha echado algunos millones de fotografías. ¿Cuántas? Imposible contarlas. El “fotógrafo del Papa” -- de seis papas -- dice que esta es una contabilidad imposible de realizar. Las furgonetas de cajas que está trasladando de su despacho, “necesitará un par de años para ponerlas en orden”, dice suspirando. Y el otro archivo, mucho más extenso e impenetrable y que no necesita de cajas, está bien seguro en su cabeza. Esto sucede cuando a los 67 años, el “fotógrafo del papa” se jubila.
Una institución más que un fotógrafo. Año tras año se ha convertido en alguien más que conocidísimo, estando siempre allí, junto al Papa para documentar, disparo tras disparo, medio siglo de historia. Nadie puede decir con seguridad que el evento (“Pero, ¿quién es este hombre vestido de blanco junto a Mari?”) haya nacido así porque sí. Sin embargo, que, a su manera, se haya hecho “famoso” es un hecho incuestionable. “Recuerdo -- dice -- que un miércoles había audiencia general, y Juan Pablo II atravesaba la plaza de San Pedro en el papamóvil para saludar a la gente. En un punto del recorrido, había un grupo de gente que, no sé por qué, comenzó a gritar mi nombre, y entonces el Papa Wojtyla se volvió hacia mi y me dijo: ‘Arturo: Haz tu la audiencia de hoy’
Habían pasado ya bastantes años de aquel 9 de marzo del 1956, cuando pisé por primera vez dentro de los muros del Vaticano: “Tenía 16 años -- recuerda -- y monté un estudio de fotografía, que luego no podía ejercer porque no tenía la edad para ello, pero lo hice…, cuando el conde Dalla Torre (director entonces del "L'Osservatore Romano), me llamó porque le habían hablado de este ‘niño prodigio’ para preguntarme si sabía utilizar la máquina fotográfica. Yo no sabía nada, me lo contaron después. Y comencé así a trabajar como agregado a la empresa Giordani porque en aquella época no existía el servicio fotográfico del’Osservatore”.
El primer trabajo con el Papa Pío XII fue una ceremonia de beatificación en San pedro: “Entonces las ceremonias públicas no eran tan frecuentes como hoy, y entre una cosa y otra una beatificación duraba un día entero. Cuando vi al Papa, una figura alta, hierática, con la tiara y sentado en la silla gestatoria, me emocioné muchísimo. Pero, ¿qué debo hacer? Yo disparaba”. Una tras otra, hasta tres mil durante una audiencia general.
«Cuando Wojtyla fue por primera vez a Argentina llevé 600 carretes, entonces no existían las cámaras digitales, pero mientras estuvimos allí el nuncio tuvo que comprarme otros 200». Que traducido quiere decir casi 30.000 poses. Disparar, revelar, imprimir, enviar. “Una vez mandé una máquina fotográfica a revisión -- cuenta --. Yo no sabía que dentro de la máquina había una contabilizadota. Me llamaron del laboratorio para preguntarme si era una broma o no”.
Ha documentado el primer viaje en tren de Juan XXIII y el anuncio del Concilio en la basílica de San Pablo, el viaje a Jerusalén de Pablo VI. Imposible hacer un elenco. Él cuenta la historia a través de sus imágenes. Arturo tiene bien presente que no quiere hacer de todo ello un monumento a sí mismo, ni tampoco un sencillo pedestal: “Si miro hacia atrás y a mi alrededor, ciertamente, puedo contar algo de lo que he hecho. Pero al final sigo siendo siempre el jovenzuelo que llegué al Vaticano en el 1956. He procurado hacer bien mi trabajo”.
He “tenido el honor”, por decirlo de algún modo, de “servir a seis Papas. Y tengo que agradecerles a todos la confianza que me han dado. De todos tiene algo que contar pero, obviamente, los 27 años pasados al lado de Juan Pablo II son algo aparte: “Ha sido verdaderamente un padre para mi, en el verdadero sentido de la palabra -- explica --. Cuando estás con una persona desde las seis de la mañana hasta la noche, no puede ser de otra manera. Te conviertes en uno de la familia. Jamás había una puerta cerrada, hasta podía suceder que te lo encontrases de frente inesperadamente, o de presentarse en momentos delicados, o incluso en discusiones, porque en familia también se discute. Yo, debido a la bondad del Papa, me sentía como una más de la familia”.
¿Sacrificios?, se pregunta. “Y tantos, pero por otro lado o lo haces así o no lo haces. Porque lo más importante es entrar en contacto con esta persona y casi ‘sentirlo’ sobre tu piel. Como profesión haces de fotógrafo, está bien: pero sin este sentimiento todo sería ‘monótono’, se convertiría en un disparo que cualquiera puede hacer”. “Yo -- añade Mari -- debo agradecer a mi mujer, que ha comprendido bien mi trabajo y siempre me ha sostenido sin lamentarse jamás. Yo por mi parte jamás he aceptado una invitación a cenar, apenas me encontraba libre volvía enseguida a casa, con mi familia”.
Arturo Mari tiene toneladas de anécdotas que contar, y lo hace. También se comprende que hay otras que no puede contar y jamás lo hará. Es leal al papel de testigo que le ha tocado vivir por su trabajo. Testigo de una historia irrepetible, larga de más de medio siglo. “Jamás he faltado un día al trabajo -- dice con orgullo --. Me voy sereno, estoy tranquilo”. Lo dice con la misma sencillez de siempre, con su clásico tonillo romano, con su propia ironía. Lo han nombrado Comendador, y le han dado otras condecoraciones. Pero “de una cosa, sobre todo, estoy contento: he entrado aquí como Arturo, y me voy como Arturo”. No hay necesidad de añadir nada.
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