Beata Carmen del Niño Jesús Fundadora de las HH. Franciscanas de los Sagrados Corazones

(Es este un sencillo homenaje a la Congregación con ocasión de su Beatificación, en Antequera, el 6 de mayo de 2007. Esta biografía tiene como base el libro Nuevas Pinceladas, de Madre María Ángela Vergara)

Antequera, crisol de pueblos y culturas, ciudad de la provincia de Málaga, de unos 50.000 habitantes, situada a 600 metros sobre el nivel del mar sobre el nivel del mar, de fertilísima vega, regada por los ríos Villa y Guadalhorce y los arroyos de las Adelfas y del Alcázar, rodeada de montes, con los Torcales de fondo y la Peña de los Enamorados como emblema, estratégicamente situada como punto de confluencia de caminos, fue el escenario de esta maravillosa historia, porque la vida de los santos es un mundo de maravillas.
La historia arranca en el matrimonio de D. Salvador González y Juana Ramos. Hogar cristiano en el que nacieron 5 hijos. Nace la niña María del Carmen el 30 de junio de 1834. De clase alta. Recibe una formación cultural, con profesores particulares, según la época y el ambiente. Dentro del ambiente familiar y de amistades que rodean la familia, Carmencito goza de admiración y cariño en sus años infantiles de juegos… Dentro del ambiente cristiano en el que nace y pasa su infancia, llega a su juventud madurando en su vida de fe a los pies del Sagrario donde la vemos frecuentemente meditando y escuchando la Palabra del Maestro. Nace así una profunda amistad que prenderá en su alma la chispa del amor que la llevará a fijarse en los pobres y necesitados gastando su tiempo en su asistencia. La joven Carmen comienza a sentir la satisfacción que produce en su corazón el servicio y el cuidado de los más pequeños, los niños, y de los más desprotegidos y abandonados y con la ayuda de una niña pobre que le sirve de guía y compañía llega a las casas y a los rincones de los hogares más desasistidos, carentes de lo más necesario para la vida: la comida y el vestido.
Su corazón vive y palpita al ritmo del Amor de Jesús al que no abandonó en el sagrario y alimentaba con su cuerpo en la misa diaria, saca de ese manantial inagotable de vida, la energía necesaria para ayudar a las familias pobres de Antequera. Como Jesús de Nazaret pasa haciendo el bien, correteando las partes más altas de su ciudad para llegar a los hogares más pobres, más necesitados, donde reina el desconsuelo, la pobreza, el sufrimiento y la soledad. Ella a todos consuela, a todos asiste y ayuda. Para ello cuenta con pequeñas sumas de dinero que le dan de vez en cuando sus padres y lo que ahorra de sus gastos personales.
Carmen, ya por su origen, ya por sus avatares caritativos en Antequera, se hizo conocida, todo el mundo habla de ella con agrado y con dulzura. Los ojos de los más apuestos galanes se posan sobre ella. De entre ellos Joaquín Muñoz del Caño parece llamar la atención de Carmen. Es de familia distinguida y rica, pero es once años mayor que ella. A su padre, D. Salvador, hay algo que no ve claro. Comienza en torno a Carmen cierta oposición; ella reza y sufre, desea ser fiel a Dios. No ve claro. Acude a las Carmelitas Descalzas y decide ingresar en ellas. Nuevas contradicciones y disgustos llueven sobre ella confirmando su primer propósito de casarse con Joaquín. Así las cosas, muere su madre, Doña Juana, debido a la epidemia de cólera que se abatió sobre la ciudad de Antequera. Dn. Salvador, el padre, siguió intentando disuadirla del matrimonio aquel, pero Mª del Carmen permanece anclada en una firmeza inflexible en la que se siente guiada por Dios del que se ha fiado y la fe en Dios no defrauda, lo sabe bien ella que lo ha aprendido en sus largas horas de adoración ante el Sagrario. La fe guió a Mª del Carmen a dar el paso decisivo. En la oscuridad de la noche y mientras ella queda dentro de la casa, a una señal convenida, aparecen en la calle por la reja de la ventana un sacerdote y dos testigos. Mª del Carmen y Joaquín unen sus manos y el sacerdote bendice el matrimonio. Quedaba lo peor: informar al padre. Un hermano de Carmen, con quien habló el sacerdote, comunicó al padre los hechos. Salvador, se indignó sobre manera pero pronto las olas amainaron y la tempestad se tornó en bonanza porque en seguida vio que su hija actuaba movida por la fe intentando en todo agradar a Dios y cumplir su voluntad. El resultado sería que los recién casados se irían a vivir un tiempo con D. Salvador.
Si bien Dios iba modelando el alma de Mª del Carmen por dentro, sería el crisol del dolor y del sufrimiento donde Dios cincelaría a esta su hija elegida, durante este periodo de su vida. A poco tiempo de casada Dios quiso probarla por medio de su marido. Pronto los celos de Joaquín se ensañaron con ella, llenándola de toda clase de improperios, prohibiéndole las salidas a misa y a realizar sus obras de caridad y de misericordia con los pobres y necesitados.
Pero ya antes, Carmen había puesto su corazón y su amor en otro celestial esposo que no falla nunca, por quién se había sentido literalmente “cazada” en la Eucaristía. Su fe en la Eucaristía y su oración constante la mantuvieron firme y a salvo de este y de otros vendavales que no faltarán en su vida. Junto a su amor eucarístico y a la presencia constante de Dios en su vida se une también, por su parte, la penitencia y la mortificación diaria con la finalidad única de asemejarse a Cristo crucificado. Estos sufrimientos los soportó Carmen en silencio, ni siquiera su padre que muere en 1871, los conoció, pero los demás supieron de estos sufrimientos y por eso comenzaron en afirmar que era una santa.
La situación familiar iría poco a poco cambiando. Un hecho importante fue el punto de arranque. Un empleado de D. Joaquín en la Tabacalera comete una gran estafa. Cuando la orden judicial llega a casa, Doña Carmen sale al frente con sus bienes patrimoniales. D. Joaquín se conmovió pero no fue suficiente. La insistencia de los amigos hizo que cambiara de actitud. Finalmente también él se convenció: “Esta mujer es una santa…”. Comenzó una etapa de paz en la convivencia familiar, que durará poco pues tres años más tarde, Joaquín, murió en las manos de Dios. Era el 3 de octubre de 1881.
Una nueva etapa comenzaba en la vida de Doña Carmen. Restaurada la Orden Capuchina en España y restablecido el primer convento en Antequera, pronto la vida austera y penitente de los “frailes del pueblo”, traería un beneficio inmenso y espiritual a la ciudad de Antequera en aquellos tiempos de anticlericalismo, liberalismo y revueltas campesinas. Durante la misión que predican los Capuchinos en Antequera, a poco de llegar, Doña Carmen pasa a formar parte de la Orden Franciscana Seglar. Pronto pasaría a ser -- en frase de los religiosos -- una “ejemplar Terciaria Franciscana”.
Pasada esta probada etapa de su vida Doña Carmen se encuentra libre, libre incluso de lazos familiares puesto que no tiene hijos y, como otro día Francisco de Asís allá en la Umbría, le preguntaba a Dios: “Señor, ¿qué quieres que haga?”, así ahora Carmen vuelve a repetirle al Señor la misma pregunta. Se pone en manos de Dios. El Señor tiene sobre ella un proyecto de vida, pero es necesario que ella, la arcilla, se deje moldear por las manos y el soplo del Divino Alfarero. Con total y plena disponibilidad se pone en manos del P. Bernabé de Astorga, capuchino, que escoge como director espiritual. Pronto el P. Bernabé comprobó la calidad de la arcilla que tenía entre sus manos y orientó la acción del Espíritu que actuaba en Doña Carmen hasta conducirla a una forma de vida, de convivencia estable, que daría, a su vez, estabilidad y cubriría la tarea apostólica que realizaba hasta ahora.
Pronto se encuentra un lugar adecuado para la obra: el antiguo convento de los Padres Mínimos. El proyecto de la obra encontraría favorable acogida en el Señor obispo. Y llega el 8 de mayo, con sabor a primavera y olor a flores de mayo. Una señora y tres jovencitas entran al atardecer en el viejo convento de la Victoria. A los pies del altar prometen fidelidad. Aquellas jóvenes habían descubierto en Doña Carmen la mujer que podía dar cauce a todas sus aspiraciones. Otras jóvenes quedaron atrás pero pronto se unirían a las que ya estaban dentro.
¿Cómo se organiza la vida dentro? En eso andan ocupadas Doña Carmen con la ayuda del P. Bernabé. Hay que marcar unas pautas, plasmar en unas Constituciones la inspiración que ha suscitado esta nueva forma de vida, el carisma fundacional, conjugar la vivencia de Dios que ella lleva dentro con el servicio a los hermanos más necesitados. A los Fundadores corresponde preparar y facilitar el camino para los que se sientan atraídos a seguir esa forma de vida que, sometida a la aprobación de la Iglesia, Madre y Maestra, cuidará y velará por la autenticidad del carisma. Nace así una nueva Congregación en la diócesis de Málaga: un Instituto de vida apostólica, con el sello y la impronta franciscana, en la espiritualidad del Corazón de Cristo y de la Virgen, su Madre. Se llamarán “Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones”. Vivirán con el corazón dirigido a Dios, la contemplación, imitación y seguimiento de Jesús, la adoración de Jesús Sacramentado será como el lubricante de su vida que dará sentido y eficacia a una tarea apostólica amplia que unirá los campos de la educación, de la asistencia, del dolor y del sufrimiento de los demás.
Y la obra echa a andar preparando el colegio para recibir párvulos y niños pobres. Llegan jóvenes de Málaga, Gibraltar, Vascongadas… Tras unos ejercicios espirituales dirigidos por el P. Bernabé, el grupo inicial recibe el hábito y al año siguiente hacen la profesión. Llueven las peticiones de los obispos: Sevilla, Valladolid, Barcelona. La primera fundación tuvo lugar en Nava del Rey (Valladolid) ajustándose a los fines de la Congregación: “educación cristiana de la infancia y juventud y el cuidado de los enfermos. Madre Carmen comienza a sembrar España de nuevas fundaciones cual siglos atrás hiciera Santa Teresa. Pero también a la nueva Congregación le llegaría la hora de la prueba. Si es obra de Dios tendrá que probar el acíbar de la amargura y beber el cáliz de Getsemaní.
Intereses mezquinos humanos desencadenaron una violenta tempestad sobre el P. Bernabé. Madre Carmen recibe órdenes de la autoridad eclesiástica prohibiéndole cortar toda comunicación con él. El golpe para ella fue durísimo. Alguien propone la disolución de la Congregación. Fue la prueba más dura para Madre Carmen. Con la turbulencia creada en el seno de la Congregación ella propuso la Celebración de un Capítulo General que se celebró en Valladolid y fue presidido por el Cardenal Cascajares. Madre Carmen pone su cargo de Madre General en manos del Sr. Cardenal y acepta con naturalidad y espíritu de fe el nombramiento de una nueva General. Pasada la prueba, la Congregación seguirá adelante. Madre Carmen sigue viviendo de la fe como el justo. Cumplir la voluntad de Dios es lo único que cuenta para ella. Y repetía: “la mejor manera de hacerles el bien [a los demás] es estar penetradas por el purísimo amor de Dios”.
Todos estos hechos llegaron a hacer mella en la salud de Madre Carmen. Ella vivía entregada a cumplir la voluntad de Dios. Su unión con Dios era manifiesta, vivía ya en el Cielo. Aún sufriría la enfermedad del tifus. Sería esta enfermedad la que rompiera los lazos humanos de la vida de Madre Carmen, mientras ella con serenidad regresaba a la casa del Padre el 9 de noviembre de 1899.

   
 
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