EL SENCILLO TESTIMONIO FRANCISCANO DEL LIMOSNERO CAPUCHINO MUERTO EN GRANADA, EN 1956”.

“Fr. Leopoldo, el místico de la humildad por las calles de Granada”



El 9 de febrero de 1956, en el corazón de la noche, se apagaba en Granada Fr. Leopoldo de Alpandeire. La muerte llegaba, pasada la media noche, pero con las primeras luces del alba, la noticia corría de boca en boca y comenzaba un desfile inesperado de personas que pasaba ante sus venerados restos, expuestos en la iglesia de capuchinos, para darle el último adiós, tocar su cuerpo con toda clase de objetos: pañuelos, rosarios, estampas..., culminando con un multitudinario funeral en el que no faltaron las autoridades civiles y religiosas.
Objetivamente había muerto un religioso anciano de noventa y dos años que no gozaba de grandes méritos por obras clamorosas a favor de la ciudad, que no pertenecía a dinastías nobles, ni a linajes de abolengo, que no había hablado desde cátedras o púlpitos, porque no brillaba por su saber, Tampoco había dejado su convento para hacerse misionero en tierras lejanas. Era sólo un humilde hermano capuchino que había recorrido las calles de Granada pidiendo la “limosna” de puerta en puerta, durante 50 años. La sorpresa suscitada por la llegada de tanta gente, sin haber sido llamada bajo forma alguna de propaganda, contiene, al menos implícitamente, una duda. La sorpresa nace cuando sucede algo que nadie esperaba y esconde dentro o tras de sí una duda.
Estas dudas expresan un estado de ánimo para poder entrar dentro de la perspectiva específica de la santidad de Fr. Leopoldo. La duda con las ambivalencias que lleva consigo, es el hilo conductor para seguir un componente de la espiritualidad cristiana, emparentado con todos los demás, y que podemos llamar mística del anonadamiento.
Dudaron de manera ambivalente entre la sorpresa y la duda muchos contemporáneos de Jesús, comenzando por sus propios paisanos que, “admirados de sus propias palabras”, comentaban: “Pero, ¿no es éste el hijo de José, el carpintero?, Y ¿su madre no se llama María” (Luc. 4, 22 y par.).
Es la mística de las “personas sin importancia”, “humanamente poco dotadas”, de las que se sirve Dios para realizar su obra. La figura de Fr. Leopoldo debe ser colocada en este filón de la espiritualidad evangélica, puesta particularmente de relieve por el franciscanismo.
Es clásica en el cap. X de Las Florecillas la pregunta de Fr. Maseo a san Francisco: “Por qué todo el mundo va detrás de tí? y la respuesta de san Francisco: “... porque no hay entre los pecadores nadie más grande ni vil que yo”.
Esta página de Las Florecillas traduce, casi como si se tratara de una representación sacra, un concepto bíblico presente en el Magnificat y en la primera Carta a los Corintios.
En el Magnificat María reconoce en sí misma el modo de actuar de Dios que “ha mirado la humildad de su sierva” (Luc. 1, 47). En la primera Carta a los Corintios, Pablo manifiesta el mismo modo de obrar: “Dios ha escogido lo necio del mundo para humillar a los sabios, Dios ha elegido a los débiles del mundo para humillar a los fuertes, a los plebeyos y despreciados del mundo ha elegido Dios, a los que no son nada, para anular a los que son algo” (1 Cor. 1, 27-29).
En esta perspectiva el carisma franciscano ha creado sugestivos testimonios de formidables “personas sin valor ni importancia alguna”. Fr. Junípero, en los orígenes del franciscanismo. También entre los capuchinos, san Félix de Cantalicio, san Serafín de Montegranario, san Crispín de Viterbo, san Conrado de Parzhan, san Francisco de Camporroso, san Bernardo de Corleone, Beato Nicolás de Gésturi...; ellos sabían sobre todo vivir entre los últimos, junto a los hombres sin importancia, habían escogido, evangélicamente, los últimos puestos. Entre ellos Dios ha elegido a muchos de sus colaboradores, comenzando por los apóstoles.v La mística del anonadamiento o de la identificación con los últimos, con los que no cuentan, trae su origen de la Encarnación del Hijo de Dios, que se ha “anonadado”: “se vació de sí mismo y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres” (Filp. 2, 7).
Una atención del todo particular merece aquí a este respecto la figura de Fr. Leopoldo de Alpandeire, en cuanto que se coloca entre los últimos modelos de aquella hilera, ocho veces secular, de hermanos limosneros, de aquellos pobres evangélicos que se encuentran a un nivel de mendicidad por opción, por vocación y por elección. Es éste un momento importante para la puesta a punto de un carisma que el cristianismo proclama no tanto con la fuerza de una motivación teológica, sino sobre todo con el testimonio existencial, ascético: el carisma que reivindica al hombre como valor altísimo del universo. En la sociedad del bienestar aun queda sitio para figuras como Fr. Leopoldo. El fue un humilde limosnero por las calles de Granada y, con su vida silenciosa, se transformó en un mensaje elocuente del amor misericordioso de Dios. De religioso “buscador” para ayudar a las necesidades de los demás, se convirtió en religioso “buscado”. El siguió de cerca el ejemplo de san Francisco, el cual invitaba a todos a seguir el camino del bien más con el ejemplo que con las palabras.
Durante 35 años, Fr. Leopoldo se llamó Francisco Tomás. Había nacido en Alpandeire, pueblecito de la serranía de Ronda en la provincia de Málaga, un 24 de junio de 1864. Fueron sus padres Diego Márquez y Jerónima Sánchez, que, además, tuvieron otros hijos. De sus padres, Francisco Tomás, aprendió los buenos modales, los principios cristianos y las prácticas religiosas. De niño cuidaba el pequeño rebaño de ovejas y cabras de la familia y pronto aprendió a cultivar la tierra: arar, sembrar, segar, trillar...Trabajó sin descanso. ¡Siempre trabajó sin descanso! Ya de niño tenía un “corazón de oro”, grande e inmenso como el cielo, profundo como el océano. Ni aun de niño se cerró, egoísta, a la compasión. Entre trabajos y rezos pasó su juventud. Todo transcurría con normalidad, su vida se desliza como el agua de un arroyo que, oculto entre las zarzas, serpentea montaña abajo. Vivió santamente. Entre su familia echó las raíces de su santidad. Su vida en el siglo fue como un noviciado, una preparación para la vida del claustro.
Un día, oyendo predicar sobre el Beato Diego, en Ronda, con ocasión de las fiestas de beatificación del taumaturgo capuchino, decidió hacerse capuchino como él, vistiendo el hábito el 16 de noviembre de 1899, en Sevilla. Su ingreso en religión no fue una conversión clamorosa, no supuso un cambio radical de rumbo en su vida, le bastó sólo con sublimar compromisos y actitudes hasta entonces cultivadas. La azada lo perseguía como fiel compañera mientras él continuaba cultivando la huerta de los frailes. Para entonces ya había aprendido a sublimar el trabajo, a transformarlo en oración y en servicio a los hermanos. Como todos los santos hermanos capuchinos, Leopoldo fue un gran trabajador, ya que, como ellos, estaba convencido de la virtud redentora del esfuerzo humano. Reflexionando sobre este aspecto de la vida de estos santos hermanos, se ha querido hacer una espiritualidad sobre el trabajo.
Leopoldo llegó por primera vez a Granada el otoño de 1903, y durante los primeros años (ignoramos concretamente hasta cuando) desempeñó el oficio de hortelano. El trabajo y la soledad del convento hicieron crecer en él la ascesis y la mística. Como escribe uno de sus biógrafos, fue un “contemplativo entre el agua de las acequias, las hortalizas, los frutales y las flores para el altar”.
La santidad no se improvisa, pero hay que construirla día tras día. Acabado el noviciado y hecha la profesión, pasó cortas temporadas como hortelano, ayudante de cocina, en los conventos de Sevilla, Granada y Antequera.
En 1914 llegaría por segunda vez a Granada, donde permanecería hasta su muerte. Allí ejerció como limosnero durante 50 años, recorriendo los pueblos y provincias de la Andalucía oriental. En la España difícil de los años treinta del siglo pasado, Fr. Leopoldo recibió insultos y amenazas de muerte, casi todos los días, con frecuencia lo apedreaban y una vez escapó de la lapidación porque intervinieron en su defensa algunos hombres valientes. Pasados aquellos años difíciles, Fr. Leopoldo, en su diario quehacer de limosnero, seguiría recorriendo las calles de Granada, pidiendo el pan material para sus hermanos y, devolviendo a cambio, su oración, fruto de ese mundo sobrenatural en el que él vivía inmerso; así, en la medida en que avanzaban sus años, se iría haciendo popular su figura y agigantándose su santidad.
Es en su tarea de todos los días, donde Fr. Leopoldo había encontrado el modo de derramar sobre todos la bondad divina: rezaba tres Ave Marías. La devoción a la Virgen nace en su misma infancia, cuando de pastorcillo, pasaba el día rezando el rosario. Devoción que luego de capuchino se hizo singular y extraordinaria. “Vamos a rezarle tres Ave Marías a la Santísima Virgen”, repetía una y otra vez, cuando alguien le pedía un favor. Era su manera de poner a la Virgen como intercesora ante su propio Hijo. Quienes le conocieron, dicen que cuando decía : “Dios te salve, María, llena eres de gracia”, parecía como si estuviese viendo y hablando con nuestra Señora.
En el ocaso de su vida, un acontecimiento relevante nimbó la monotonía de sus días. Fue la celebración de sus bodas de oro de religioso. El P. Benito de Illora, su confesor, preparó el acontecimiento. Hubo bendición del papa Pío XII, telegrama del P. General de la Orden, misa presidida por el P. Provincial y tantos bienhechores que quisieron acompañarlo en la celebración. El hecho fue recogido en el periódico local. Fr. Leopoldo, al tener noticia de ello, comentó a un religioso: “Ya ves, hermano, nos hacemos religiosos para alejarnos del mundo y, ahora, hasta nos sacan en los papeles”.
El paso del tiempo se hacía notar. Caminaba lentamente. No es difícil comprender que la pérdida de salud se debía principalmente a su austeridad de vida, a las penitencias voluntarias, al sufrimiento producido por sus enfermedades. Siempre iba por la calle con los pies en el suelo, el corazón en el cielo y el rosario entre las manos, como san Félix de Cantalicio, el primer santo de la Reforma Capuchina. Iba por Granada silencioso, recogido y en actitud contemplativa, siempre edificante, suscitando, a su paso, la admiración de la gente que se acercaba a besarle el cordón, a darle una limosna o a pedirle una oración por algún problema o necesidad. De sus ojos emanaba una belleza única, límpida como el azul del cielo, reflejo de su candor interior, que se transformaba en paz y serenidad.
Tres años antes de su muerte, pidiendo la limosna, cayó rodando por unas escaleras y sufrió fractura de fémur - dicen que le empujó el demonio - . Sin operación alguna, debido a su avanzada edad, los huesos se anudaron y Fr. Leopoldo regresó al convento y pudo caminar, con la ayuda de dos bastones. Así pudo entregarse totalmente a Dios que había sido la única pasión de su vida.
El misterio de su anonadamiento llegó un día a su fin. “Estoy como Dios quiere”, había repetido en vida muchas veces Fr. Leopoldo. “Estando como Dios quiere estoy contento”. “Hagamos todo por amor”. Fr. Leopoldo, como Francisco de Asís, se había transformado en otro Cristo crucificado. La luz de su vida se apagó una fría mañana del 9 de febrero de 1956. Y, desde su popular y clamoroso entierro, su vida sigue iluminando a cuantos, por su intercesión, se acercan a Dios. Su sepulcro en Granada, es visitado por un sin fin de devotos que son prueba evidente de los dones que Dios sigue derramando a través de la humildad de su siervo.

L’Osservatore Romano, 17-18 febrero 2003


Fr. Alfonso Ramírez Peralbo
Roma – Postulación General OFMCap.


Fotografías de Granada de Juan Manuel Gómez Segade, con nuestro sincero agradecimiento.







   
 
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