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Homilía en la Solemnidad de N.P.S. Francisco de Asís
Santa María de los Ángeles – 4 de octubre de 2008
Si 50, 1.3-7; Sal 15; Ga 6, 14-18; Mt 11,25-30
Estimados hermanos y hermanas,
¡El Señor os dé la paz!
Después de haber celebrado ayer tarde el feliz tránsito de nuestro padre san Francisco, nos volvemos a encontrar hoy para celebrar la eucaristía, esto es, para dar gracias a Dios, por el gran don que en Francisco se nos ha dado. Si estamos aquí, efectivamente, es porque san Francisco, a ocho siglos de distancia, continúa siendo para nosotros una luz que ilumina la vía para caminar tras las huellas de Jesucristo. Y es una luz fuerte, que brilla alta sobre el candelabro, porque en Francisco se ha cumplido las palabras del Señor, cuando dice: “Yo soy la luz del mundo, quien me sigue, no caminará en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). Sí, Francisco es hoy para nosotros luz, porque ha seguido tan de cerca la verdadera luz, que ha llegado él mismo a resplandecer con su vida. Francisco nos ilumina, porque se ha dejado iluminar. Francisco nos habla, porque ha sabido escuchar. Francisco es grande, porque se ha hecho pequeño y es a los pequeños, como hemos escuchado hace un momento, a quienes se les desvela los secretos del Reino.
Es este el camino que Francisco nos enseña, el camino que también él ha recorrido, porque es aquella elección que ha hecho el Hijo de Dios para hacerse hombre. “Jesucristo, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre” (Flp 2, 6ss.) Este amor sin medida de Dios por la humanidad, que lo lleva a despojarse de la divinidad para participar en todo a la suerte del hombre, hasta morir desnudo por nosotros en la cruz, es el amor que Francisco ha buscado vivir en toda su existencia, hasta el último instante, cuando, justo aquí en la Porziúncula, ha querido morir, como su Señor, desnudo sobre la desnuda tierra. Francisco se hace pequeño, porque quiere imitar a su Señor, que para amarlo se ha hecho de tal modo pequeño hasta nacer como niño indefenso en el seno de la Virgen.
Clara de Asís, la discípula fiel de Francisco, la primera en seguirlo por este camino de pobreza y de humildad, escribiendo a Inés de Bohemia, le repite cuanto ha aprendido ella misma, y le exhorta con estas palabras: “como la gloriosa Virgen de las vírgenes lo llevó materialmente en su seno, así también tú, siguiendo sus huellas, principalmente las de la humildad y la pobreza, puedes, sin lugar a dudas, llevarlo siempre espiritualmente en tu cuerpo casto y virginal” (3 CtaCl 24 ss.).
Estimados hermanos, hoy la luz de Francisco continua indicándonos este camino, nos invita a volver a conocer las huellas que nos ha dejado Cristo en nuestra historia, allí donde reinan la pobreza y el hambre, allí donde se encuentran los pequeños, aquellos que no cuentan y a los que les son negados también los derechos fundamentales, allí donde la injusticia aplasta a los débiles y la violencia oprime a los indefensos. Francisco nos invita a reconocer las huellas dejadas por Cristo entre aquellos que viven en la precariedad, en la soledad a causa de la enfermedad o de la edad, entre aquellos que son marginados por una sociedad que deja detrás a los más débiles. Frente a estas situaciones que nos superan, que están siempre más allá de nuestras pobres posibilidades, Francisco nos enseña a hacernos pequeños y pobres con los pobres, así como Cristo se ha hecho pequeño con nosotros, como Francisco, a su vez, se ha despojado de todo para hacerse compañero de camino del leproso. Francisco nos invita a hacernos próximo, como el buen samaritano, y a lavar los pies a quien se encuentra por debajo de nosotros, como en la última cena el Maestro ha hecho con sus discípulos.
Seremos también nosotros nuevas criaturas, hombres y mujeres renacidos en Cristo Jesús, que aman con su amor, que tienen sus mismos sentimientos. Y, entonces, nuestro corazón gozará de aquella paz y de aquella misericordia, que sólo el Señor puede ofrecer (cf. Ga 6, 15) y que Francisco donaba generosamente a quien encontraba en su camino.
“Francisco, ve y repara mi casa que, como ves, amenaza ruina” (2 Cel 10). Fueron estas palabras, como nos narra Tomás de Celano, las que el Crucificado de san Damián dirigió a Francisco. Por respuesta, el santo de Asís, se puso enseguida a la obra, iniciando el trabajo de la restauración de la pequeña iglesia. Pero, como dice el mismo biógrafo, era la Iglesia de Dios la que Francisco estaba llamado a reparar. Y los instrumentos con los cuales Francisco renovó la Iglesia de su tiempo fueron la elección de un vida vivida en la pobreza y en la humildad, actitudes de nuestro Señor, para hacerse, como Él, pequeño con los pequeños, y renacer como criatura nueva, llevando a todos la paz y la misericordia de Dios. De esta manera Francisco fue verdaderamente un hombre que, para usar las palabras del libro del Eclesiástico, “en su vida reparó la Casa, y en sus días fortificó el santuario”, por esto “qué glorioso era rodeado de su pueblo… como el lucero del alba en medio de las nubes, como la luna llena, como el sol que brilla sobre el Templo del Altísimo” (Sir 50, 1-5-7).
Mientras continuamos nuestra celebración, pedimos aún al Seráfico Padre que continúe siendo estrella que oriente nuestros pasos y que interceda por nosotros, para que, gracias a su ejemplo, también nosotros podamos vivir en el amor y en la alegría, siendo en la Iglesia una imagen de Cristo, y siguiéndolo siempre por el camino del Evangelio (cf. Colecta).
Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
MINISTRO GENERAL.
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