«La oración es escuchar al que sufre»

Declaraciones de Rafael Pozo, capuchino, fundador y presidente de las Asociaciones «Tau» y «Paz y Bien»



Rafael Pozo es un religioso andaluz, miembro de la Orden franciscana de los capuchinos, y promotor, fundador y presidente de las Asociaciones «Tau» y «Paz y Bien», galardonadas recientemente. De su mano nos adentramos en el carisma franciscano, dentro del carisma general de la vida consagrada y su servicio a la Iglesia.

Se ha escrito con fortuna que San Francisco de Asís ha sido el cristiano que más se ha parecido a Jesucristo. La orden franciscana, en sus distintas ramas, congregaciones e institutos, prolonga el carisma del pobre de Asís, del gran mínimo y dulce Francisco. Nos acercamos a la vivencia del carisma franciscano a través del testimonio de un capuchino andaluz: Rafael Pozo, fundador y presidente de las Asociaciones «Paz y Bien» y «Tau». La primera -- la mayor de Andalucía en su género, con 350 trabajadores -- nació hace veintiocho años con una única finalidad: «apoyar social y laboralmente a aquellas personas que realmente no tienen nada y sufren algún tipo de minusvalía o marginación». Es el caso de los discapacitados o de los menores inmigrantes desamparados. «Tau», por su parte, es «la respuesta afectiva» que se da a quienes carecen de padres y madres. «En esta fundación tutelar, que ocupa el tercer lugar a nivel nacional, con 145 tutelados, queremos asesorar a los padres, orientarles; y estamos también tutelando y acompañando a aquellos que no tienen a nadie», explica el P. Pozo, que subraya que los premios que han recibido hasta ahora son, en realidad, «un reconocimiento público de que nuestros profesionales no son unos simples funcionarios». «Todos formamos una gran familia, un gran equipo», afirma. «Intentamos que la gente no se fije tanto en lo que no tienen las personas con las que trabajamos como en los valores que poseen, en lo positivo».

«Vaciarse uno mismo y llenarse de los demás»

El P. Pozo nos habla también de la misión y el carisma franciscanos. «Lo maravilloso de Francisco de Asís – afirma -- es que no inventa nada nuevo, sino que lo que intenta realmente es acercar- se a Jesús. La regla y vida de los frailes menores es vivir el Evangelio. Ahí está la grandeza. Uno no tiene más remedio que, al igual que Jesús, sentirse sencillo, humilde y acercarse a los demás».
«La clave – insiste -- es la pobreza. Uno de los aspectos importantes de la pobreza franciscana no es el no tener nada, que también es importante, sino el vaciarse uno mismo y llenarse de los demás. Y, sobre todo, no tener prejuicios, actitudes de prepotencia y de poder ante nadie. Creo que con eso estamos viviendo el franciscanismo y el Evangelio». Ello, no obstante, implica un cambio de mentalidad y un proceso de conversión constantes. «Ese hacerse pequeño desconcierta en esta sociedad en la que el curriculum vitae cuenta tanto, en la que vales tanto como tienes y en la que nos pintamos el pelo y nos quitamos las arrugas porque queremos aparecer distintos a lo que somos. Lo maravilloso del franciscanismo y del Evangelio es el aceptarnos realmente tal como somos, y situarnos en una actitud siempre humilde, sencilla, de escucha».
«La vida y la sociedad -- sostiene el capuchino sevillano -- deben ser para nosotros una oración. Al orar se está siempre en actitud de escucha. Yo creo que muchas veces interpretamos malamente la oración, en el sentido de que es decirle cosas a Dios, y, desde una perspectiva evangélica y franciscana, escuchar a Dios es escuchar el latido del que llora, del que sufre, del que está marginado. Antes que cosas materiales, para hacer felices a los demás lo que hace falta es estar cerca, mirarlos, sonreirles, echarles una mano, escucharlos y atenderlos. Esta debe ser la oración de una persona que quiera realmente vivir en comunión con nuestra sociedad».
Francisco de Asís lo dijo muy bien. «No se ha de buscar ser amado, sino amar; no se ha de buscar se comprendido, sino comprender; no se ha de perseguir que nos halaguen y feliciten, sino el que los demás sean felices. Cuando uno trata de conseguir esto, se olvida de sí mismo y es señal de que es pobre. Y entonces estamos viviendo también plenamente el Evangelio, porque lo maravilloso de Jesucristo fue que intentó incorporar a la autopista de la vida a aquellos que estaban marginados».



Manuel Muñoz



   
 
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