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EL SENTIDO DE CELEBRAR UN CENTENARIO
2009: Centenario del nacimiento de Don Helder Camara
El 7 de febrero del 1909 nacía en Fortaleza (Brasil) dom Helder Câmara. Desde hace más de cuarenta años esta fecha se viene celebrando jubilosamente en la iglesia «das Fronteiras», en Recife, donde dom Helder vivió durante 35 años, y desde donde partió para «el gran viaje» el 27 de agosto de 1999. A los nueve años de su muerte, la tradición continua, pero este año la celebración ha asumido un carácter especial: la apertura oficial del año preparatorio a la celebración del centenario de su nacimiento. Las múltiples iniciativas previstas para los años 2008-2009 manifiestan la voluntad de rescatar los aspectos más relevantes de la gran figura de dom Helder, pero con el deseo de continuar viviendo y dando testimonio de los grandes ideales que este pastor propuso a la Iglesia y a la sociedad humana.
En el número de abril de la revista ‘Mondo e Missione’ del Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras-Pime, don Luis Tenderini ha escrito: “He conocido a un profeta con el espíritu de un poeta, con el lenguaje sereno de los sabios y con un corazón inmenso de padre y de madre, de pastor: dom Helder Camara. Ha sido seguramente uno de los grandes profetas de nuestro tiempo y será recordado como un don de Dios a los hombres y mujeres de nuestra época. Profeta en la Iglesia y en el mundo. Del primer encuentro personal con él, en julio de 1979, cuando me invitó a colaborar en la actividad pastoral de la diócesis, recordaré siempre el gesto final: terminado el coloquio, me acompañó hasta el portón de salida, esperando en la puerta a que me diese la vuelta a la esquina antes de meterse para dentro. Más tarde descubrí que hacía lo mismo con todo el que lo visitaba”. “Uno de los signos más característicos de la acción pastoral de dom Helder durante los 21 años que pasó como pastor de la Iglesia de Olinda y Recife ha sido sin duda su fe inquebrantable en la fuerza de los pobres, de los sencillos. Como pocas personas en el mundo dom Helder ha amado a los niños, a los humildes, a los sencillos de corazón, comprometiendo todas sus energías para estimular a los excluidos y a los oprimidos a ser los protagonistas de su liberación social. Para dom Helder la fuerza de los pobres quería decir el valor de la denuncia, el poder de la organización comunitaria, la no-violencia activa, el testimonio de la solidaridad. Un escritor de Recife ha comparado a dom Helder con san Francisco de Asís. La docilidad de temperamento, el modo frugal de vida, la atención delicada hacia el ser humano y hacia la naturaleza, el inmenso amor por la Iglesia y, al mismo tiempo, el coraje de denunciar las desviaciones: son elementos que justifican la comparación. Dom Helder y el abbé Pierre, fundador del Movimiento de Emaús, se conocieron al inicio de los años 60 en Río de Janeiro, cuando dom Camara era aún obispo auxiliar de aquella diócesis. El abbé Pierre había subido hasta Corcovado para celebrar la misa ante la enorme estatua de Cristo Redentor. Inició la celebración y, en el momento de dirigir el saludo a los fieles, se encontró a los pies del altar con un monaguillo de excepción: el obispo auxiliar dom Helder. La amistad entre los dos sacerdotes se reforzó con el paso de los años, alimentada por el mismo espíritu de servicio a los más pobres, y se consolidó definitivamente con el nacimiento de una comunidad de Emaús en la ciudad de Recife, en agosto de 1996, con la presencia de los dos”. “En febrero de 1989 la Comisión justicia y paz de la diócesis de Olinda y Recife, de la que entonces era presidente, denunció públicamente la acción criminal de los denominados escuadrones de la muerte. Como respuesta a la denuncia, la tarde del 3 de marzo fui secuestrado y torturado. Dom Helder (que en aquella época no era ya arzobispo titular de Recife), se encontraba fuera de Brasil en aquellos días. Pero apenas regresó vino enseguida a hacerme una visita, para saber cómo estaba y por si necesitaba de alguna cosa. El Buen Pastor conoce y ama sus ovejas…”.
Celebrar el centenario del nacimiento de una figura como dom Helder debe significar para todos aquellos que lo han conocido, admirado y seguido, no tanto evocar hechos y episodios de su vida, sino fundamentalmente renovar el compromiso de ser, siempre y en todas partes, testigos fieles del amor del Padre y, por tanto, vivir radicalmente el amor hacia todos los seres humanos, hijos del único Padre de todos.
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