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HOMILÍA DEL NUNCIO EN LA CLAUSURA DEL 50 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL SIERVO DE DIOS
FRAY LEOPOLDO DE ALPANDEIRE
Granada, viernes 9 de febrero de 2007
Gn3, 1-8
Dichoso el que está absuelto de su culpa: Sal 31, 1-2.5.6-7
Mc 8, 1-10
Reverendos Hermanos Franciscanos Capuchinos,
Queridos sacerdotes concelebrantes,
Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo:
Hace un año, el Eminentísimo Cardenal José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, inauguraba la apertura de los actos conmemorativos del 50 Aniversario de la muerte del Siervo de Dios Fray Leopoldo de Alpandeire con una solemne pontifical. Hoy nos hemos congregado alrededor del altar para elevar nuestros corazones al Señor con ocasión de la Clausura del referido aniversario.
Saludo con afecto a todos los que participan en esta celebración eucarística: a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas. Agradezco al Rvdo. Fray Alfonso Ramírez Peralbo la amable invitación a presidir esta liturgia conmemorativa del 50 Aniversario de la muerte del tan querido y amado Fray Leopoldo de Alpandeire. De parte de su Santidad Benedicto XVI, a quien tengo el honor de representar en España, un afectuoso saludo y la bendición a todos y a cada uno de vosotros.
Los textos que acabamos de escuchar, así como la vida de fray Leopoldo, nos hablan de nuestra relación con Dios, relación de fe y de confianza en el Señor, vivida en actitud de humildad.
Les invito a una breve reflexión sobre nuestra relación con Dios, nuestro trato de fe y de confianza con el Señor. Al desarrollar este tema consideraremos el peligro de los ídolos, sean estos el poder, el dinero, la grandeza, el placer o cualquier otro.
La primera lectura muestra la relación de Eva y de Adán con Dios. Habían sido creados a imagen y semejanza de Dios. Vivían en un lugar paradisíaco, con jardines, con árboles frutales y con todo lo que necesitaban para cumplir los designios del Creador y ser felices. Su confianza en Dios debía ser firme, sólida, inflexible. Pero el espíritu del mal, el diablo, procura crear confusión en la mente de Eva y empieza a dialogar con ella. Le insinúa la imagen de un Dios mezquino: “entonces, ¿os ha prohibido Dios que comáis del fruto del árbol que está en medio del jardín? Lo hace porque, comiéndolo, seréis como Dios, seréis semejantes a Dios. Mira la hermosura del árbol, la belleza del fruto”. Y la mujer vio que el fruto era atrayente, apetitoso. Lo tomó y lo dio a su esposo, Adán, que también lo comió. Lo mejor que Eva podía haber hecho era no alimentar la conversación, no “darle cuerda”, no dar espacio al diablo. Debería, además, haber visto que éste no le ofrecía nada verdaderamente nuevo, (“seréis como Dios”), dado que Adán y Eva habían sido creados a imagen y semejanza de Dios.
Eva y Adán se dejaron engañar por el espíritu del mal. Rompieron su relación de fe y de confianza en Dios al seguir la tentación del Maligno, desobedeciendo el precepto divino de no comer del fruto de ese árbol. Rompieron la armonía de la creación. El amor desmesurado de sí mismos, los llevó a menospreciar a Dios. El pecado, -escribe S. Agustín- es siempre el “amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios” (SAN AGUSTÍN, De Civitate Dei, 14, 28).
Ayer como hoy, el hombre, cada uno de nosotros, debe procurar no caer en la tentación de ver en Dios una limitación a nuestro modo de ser y de actuar, sino una fuente de la plenitud del Bien. “Esto lo vemos confirmado en nuestros días, -- señalaba Juan Pablo II -- en los que las ideologías ateas intentan desarraigar la religión, basándose en el presupuesto de que determina la radical ‘alienación’ del hombre, como si el hombre fuera expropiado de su humanidad cuando, al aceptar la idea de Dios, le atribuya lo que pertenece al hombre y exclusivamente al hombre” (JUAN PABLO II, Dominum et Vivficantem, 3). Benedicto XVI repite a menudo: “Jesús no quita nada, lo da todo”.
Nuestra relación con Dios debe ser la que proclama el salmista: la de un hijo hacia un padre comprensivo, bondadoso, misericordioso.
“Había pecado, lo reconocí (...) perdonaste mi culpa”. Mi pecado dejó de existir: feliz, dichoso es el hombre que ha sido perdonado por Dios. En esta oración, el salmista confiesa su experiencia personal del perdón divino e invita a la confianza en Dios: “Tú eres mi refugio, me liberas del peligro “. Estas palabras muestran “un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro de la propia verdad interior, turbada y trastornada por el pecado, una liberación en lo más profundo de sí mismo y, con ello, una recuperación de la alegría perdida, la alegría de ser salvados, que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo ha dejado de gustar” (JUAN PABLO II, Reconciliatio et Paenitentia, 31).
El texto del Evangelio de hoy narra la curación de un sordomudo, en la cual podemos contemplar la actuación de Jesucristo y la relación de la gente con el Señor. Jesucristo actúa con un poder sin límites, con facultades sin fronteras, como Dios bondadoso y misericordioso.
La gente trata a Jesucristo con sentimientos de fe en su poder divino, de humildad y confianza en su bondad y su misericordia infinita. Nuestro trato con el Señor debe estar imbuido de humildad. Es más: la humildad es necesaria para ver a Cristo en nuestra vida. Lo podemos constatar trayendo a la memoria los eventos y las personas mencionadas en los textos sagrados desde el pesebre de Belén hasta la Resurrección y Ascensión del Señor.
El rey Herodes y los soberbios se asustan, mientras que los pastores se alegran, se sienten felices al encontrar al Niño Dios, al adorarle y reconocerle Señor de los Señores, Rey de reyes y Bien supremo de su vida. Con ocasión de la Resurrección y de la Ascensión, de nuevo, unos sienten tribulación mientras otros cantan jubilosos “aleluya”. Nuestra relación con Dios debe ser animada por un espíritu de fe, de confianza y de humildad, como notamos en cuantos intervinieron en la curación del sordomudo, narrada en el Evangelio de esta celebración. Solamente quien es consciente de sus heridas, de sus enfermedades, siente la necesidad de ser curado. Solamente quien se da cuenta de sus faltas, quien es humilde experimenta la necesidad de Dios. Nos enseña San Ambrosio: “He hallado un médico que habita en el Cielo, pero que distribuye sus medicinas en la tierra; sólo Él puede quitar del corazón la pena y del alma el temor, porque conoce las cosas más íntimas” (SAN AMBROSIO, Comentario al Evangelio de San Lucas, 5, 27).
La conmemoración del 50 aniversario del Siervo de Dios Fray Leopoldo es para cada uno de nosotros una llamada a seguir sus huellas de una relación de fe y de confianza en el Señor, vivida en actitud de humildad.
Nacido en Alpandeire (Málaga), el 24 de junio de 1864, recibió el nombre de Francisco Tomás de San Juan Bautista MARQUEZ SÁNCHEZ. Vistió el hábito capuchino en Sevilla, en 1899, pasando poco después al convento de los capuchinos de Granada, donde se dedicó al cultivo de la huerta y aprendió a sublimar el trabajo, a transformarlo en plegaria, en servicio a los hermanos. Su mérito será saber vivir el tiempo intensamente, minuto a minuto, con unción, con rara ejemplaridad.
Más tarde, le fue confiado el oficio de limosnero, recorriendo la escabrosa orografía de las cuatro provincias orientales de Andalucía. La época de la República no fue fácil para Fray Leopoldo. Pero su actitud era la misma tanto ante las limosnas como ante los ultrajes. “La mano en el rosario, los ojos en el suelo y el corazón en el cielo”. Su fe y confianza en Dios eran inquebrantables y las transmitía a todos cuantos encontraba con su vida simple, sencilla, humilde.
Manifestaba un sacerdote que le conocía de cerca: Fray Leopoldo “no era hombre de letras, no tenía estudios teológicos; pero nos aventajaba a todos porque poseía el gran secreto del conocimiento y del amor de Dios”.
Era notoria su devoción a la pasión de Jesucristo, a la Eucaristía y a la Santísima Virgen. Sereno, tranquilo, en el lecho de muerte decía: “Como Dios quiera y cuando Dios quiera. Cúmplase la voluntad de Dios”.
Queridos hermanos, pidámosle al Señor por la poderosa intercesión de nuestra Madre Santísima la gracia de vivir en actitud sencilla una relación de fe y de confianza en Dios como la que nos enseñó Fray Leopoldo.
Granada, 9 de febrero de 2007
Mons. Manuel Monteiro de Castro
Arzobispo Titular de Benevento
Nuncio Apostólico
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