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San Francisco abrazado al Crucifijo (Visión de San Francisco), Murillo h. 1668. Sevilla, Museo de Bellas Artes.
 



 
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Impresión de los estigmas de San Francisco, Thomas Willeboirts Bosschaert, siglo XVI-XVII. Museo Nacional de Escultura, Valladolid
 


     
   



 
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Amigos y devotos de Fr. Leopoldo: Bienvenidos un mes más a nuestra Página Web. Septiembre es el mes de la “vuelta a casa”. Tras el reposo y descanso de las vacaciones se torna a casa, se vuelve al trabajo, se regresa de nuevo al Colegio. Septiembre no es sólo el mes de las nostalgias porque lo bueno se acabó, ha durado poco, el verano comienza a alejarse, poco a poco, de nosotros y comienza a revivir la vida normal del día a día, vuelven las prisas, las carreras, el sonido del despertador, el tener que madrugar..., todo parece volverse cuesta arriba. Pero si el tiempo de las vacaciones los hemos empleado bien, hemos descansado, hemos hablado con los amigos, hemos dedicado más tiempo a la convivencia familiar y tratado más con los hijos, nos hemos divertido, hemos dedicado su parte a Dios… todo será diferente, no hay que dar paso a la rutina, ni dejar espacio a la melancolía, hay que retomar las cosas con normalidad, sabiendo siempre que nuestros días, que nuestros afanes están todos en las manos del Señor.
Este mes de septiembre, junto a las noticias de Actualidad, las homilías de cada domingo, el santoral… os encontraréis con la biografía de San Pío de Pietrelcina.
Nos adentramos en el mes de septiembre de manos de María, con Benedicto XVI y los jóvenes, convocados por la Iglesia de Italia, en Loreto, a los pies de María. De Ella tenemos que aprender a decir “Sí” a Dios, como lo hizo María entre aquellos sagrados muros venerados en el Santuario de Loreto donde por gracia del “Sí” de la Virgen, el Verbo se hizo carne; la Iglesia es joven con los jóvenes, por eso, hemos de caminar acompañando siempre a los jóvenes de los que decía Juan Pablo II: “Ellos son los centinelas del mañana”.
En el mes de septiembre, al acercarse el otoño y el sol dorar con más intensidad las fachadas de los edificios y monumentos de nuestras ciudades, cuando los árboles de nuestros campos y ciudades se visten de color otoñal, hay una fiesta singular que destaca para quien vive al ritmo del mensaje del Serafín de Asís; es la fiesta de Las Llagas de san Francisco. Francisco amó tanto a Cristo, vivió tan profundamente los misterios de su nacimiento, muerte y resurrección que no deseaba otra cosa, al final de sus días, que identificarse plenamente con Cristo. Y así fue como en el monte Alverna, un día de septiembre del lejano 1224, Francisco recibió en su propio cuerpo las llagas de Nuestro Señor, quedando para siempre convertido en “siervo crucificado” del “Señor crucificado”. Y más cercano a nosotros, la figura de San Pío de Pietrelcina, cuya fiesta celebra la Iglesia el 23 de septiembre, ha revivido de nuevo el misterio del amor crucificado.



 
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