Entrada de Jesús en Jerusalén, Duccio di Buoninsegna, 1310, Duomo de Siena
 



DOMINGO DE RAMOS

"Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos y Jesús se montó. La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: --¡Viva el Hijo de David! --¡Bendito el que viene en nombre del Señor! --¡Viva el Altísimo! (Mt 21, 6-9).




SEMANA SANTA: EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

Cristo va al encuentro de la muerte con la libertad de hijo

Todo el compromiso cuaresmal de penitencia y de conversión en esta Semana Santa, viene focalizado en torno al momento crucial del misterio de Cristo y de la vida cristiana: la cruz como obediencia al Padre y solidaridad con los hombres, el sufrimiento del Siervo del Señor va inseparablemente unido a la gloria. El camino que Jesús emprende para salvar está en abierto contraste con la más razonable esperanza porque él escoge no la fuerza y la riqueza, sino la debilidad y la pobreza.
Las palmas y los ramos de olivo, no son un talismán contra posibles desgracias; al contrario, son el signo de un pueblo que aclama a su Rey y lo reconoce como Señor que salva y que libera. Pero su realeza se manifestará de modo desconcertante sobre la cruz. Precisamente en este misterioso escándalo de humillación, de sufrimiento, de abandono total se cumple el designio salvífico de Dios. En el impacto con la cruz la fe vacila: el peso de una horca aplasta al Justo por excelencia y parece dar razón al poder de la injusticia, de la violencia y de la maldad. Surge inquietante la pregunta del «por qué» de este cúmulo insoportable de sufrimientos y de dolor que cae sobre Jesús, el Crucificado, y con él sobre todos los crucificados de la historia. En la cruz mueren todas las falsas imágenes de Dios que la mente humana ha creado y que, quizás nosotros, continuemos inconscientemente alimentando. ¿Dónde está la omnipotencia de Dios, su perfección, su justicia? Por qué Dios no interviene en ciertas situaciones intolerables?
«Llevó el peso de nuestros pecados». Sólo la fe es capaz de leer la omnipotencia de Dios en la impotencia de una cruz. Es la impotencia del Amor. Jesús ha amado de tal manera al Padre («haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz») hasta llegar a acoger libremente su proyecto «por nosotros los hombres y por nuestra salvación». Jesús no muere porque lo maten, sino porque él mismo «se entrega» (cf Gal 2, 20) con libertad soberana, por amor. Este amor supremo que él da perdiéndose a sí mismo y haciéndose solidario con todas las humillaciones, los dolores, los rechazos sufridos por el hombre, da la medida del anonadamiento de Jesús y manifiesta el reverso de las situaciones humanas: la verdadera grandeza del hombre no está en el poder, en la riqueza, en la consideración social, sino en el amor que comparte, que es solidario, que está cercano a los hermanos, que se hace servicio. Dios vence el dolor y la muerte no quitándolos del camino del hombre, sino asumiéndolos en si. El Dios justo se sustrae de nuestros esquemas de justicia, que reclamarían venganza: su justicia se revela perdonando, quitando al homicida incluso el peso del propio pecado. Es el vencido que perdona al vencedor y lo libera de su agresividad mortal mostrándole como el amor vence al odio.





 
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Lavatorio de los pies, Piero Casentini,
Albano Laziale (Roma), 1990
 




JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR

"Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando… y Jesús… se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos…” (Jn 13, 1-5).


 
 
     
 
Última Cena, Piero Casentini, Jerusalén (Israel), 2006.
 


"Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos, y les dijo: --He deseado enormemente comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios. Y tomando una copa, dio gracias y dijo: --Tomad esto repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios. Y tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: --Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía. Después de cenar, hizo lo mismo con la copa, diciendo: --Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros” (Lc 22, 14-20).

 
Cristo sacerdote instituye el sacramento del amor
 


La institución de la Eucaristía como rito memorial de la «nueva y eterna alianza» es ciertamente el aspecto más evidente de la celebración actual que, por lo demás justifica su solemnidad precisamente con una llamada «histórica» y figurativa del acontecimiento cumplido en la última cena. Pero la liturgia invita, además, a meditar otros dos aspectos del misterio de este día: la institución del sacerdocio ministerial y el servicio fraterno de la caridad. Sacerdocio y caridad están estrechamente unidos con el sacramento de la Eucaristía, en cuanto crean la comunión fraterna e indican en el don de si y en el servicio el camino de la Iglesia.

Jesús lava los pies a sus discípulos: se trata de todo un gesto de amor.
Es significativo el hecho de que Juan, al contar las últimas horas de Jesús con sus discípulos y en el momento de recoger en los «discursos de la última cena» los temas fundamentales de su evangelio, no refiera los gestos rituales sobre el pan y sobre el vino como los otros evangelistas: y, sin embargo, era este un dato antiquísimo de la tradición, recogido ya en la primera carta de Pablo a los Corintios. Juan llama más la atención sobre el gesto de Jesús que lava los pies a los suyos y deja, come testamento suyo, de palabra y de ejemplo, el hacer lo mismo con los hermanos. No ordena repetir un rito, sino de hacer como él, esto es hacer en todo tiempo y en cada comunidad gestos de servicio mutuo — no estandarizando, sino dimanando de la inventiva del que ama — a través de los cuales se haga presente el amor de Cristo hacia los suyos («los amó hasta el extremo»). Todo gesto de amor se convierte así en «sacramento», esto es visibilización, encarnación de la única realidad: el amor del Padre en Cristo, el amor en Cristo de los creyentes.

El sacerdocio nace de la Eucaristía: es el don de la unidad.
Dentro de la comunidad, las relaciones recíprocas vienen valoradas en clave de servicio y no de poder, y encuentran su más perfecta expresión en el momento de la acción eucarística. El que «preside» la comunidad y es el responsable, preside también la Eucaristía: la recoge en la oración común, como la une en las distintas actividades de la palabra y de la ayuda mutua y recíproca.




 
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Crucifixión, Colaborador de Jan Van Eyk, Venecia.
 


EL SIERVO DEL SEÑOR

"Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho. Como muchos se espantaron de él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano; así asombrará a muchos pueblos: ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y contemplar algo inaudito...
Creció en su presencia como un brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como varón de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante quien se vuelve el rostro; despreciado y desestimado. El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron…
Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron. Le dieron sepultura con los malhechores; porque murió con los malvados, aunque no había cometido crímenes, ni hubo engaño en su boca. El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento…” (Is. 52, 13-53).


     
 
Cristo verdadero Cordero Pascual
 


«Por sus llagas hemos sido curados».

Los profetas describen al Siervo del Señor en el momento en el que él lleva acabo la misión de liberar al pueblo de los pecados: como cordero inocente, cargado con los delitos de su pueblo, se deja conducir en silencio al matadero. Y es precisamente de su muerte libremente aceptada de la que brota la justificación «para muchos».
Las opciones de Dios son desconcertantes: la omnipotencia renuncia a imponerse con la fuerza y se convierte en impotencia. Pero el fracaso y la derrota, fruto de la dedicación a Dios y a los hombres, son vividos por Jesús con inquebrantable confianza en la paternidad de Dios.
Jesús muere en el momento en el que en el templo se inmolan los corderos destinados a la celebración de la Pascua: la suya es una inmolación «real», un sacrificio cumplido de una vez por todas, porque la víctima «espiritual» ha vuelto inútiles las víctimas materiales. De su costado traspasado brota la sangre con la que son misteriosamente marcados los miembros del nuevo pueblo, los que Dios salva. Cristo crucificado es pues el «verdadero Cordero pascual», él es «nuestra Pascua» inmolada.
La pasión de Jesús es verdaderamente una «pasión gloriosa» porque el Padre ha dado ya su respuesta que transforma la derrota en victoria y el lugar de la infamia en centro de atracción universal: «Cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí». En la carne del Cordero inmolado «todo se ha cumplido». La cruz se convierte así en el corazón del mundo. Desde ella se eleva al Padre la oración de Cristo por la salvación de todos. Todo se reúne bajo la cruz, porque sólo en este misterio de muerte y de resurrección pueden encontrar solución los problemas y los dramas que comprometen la historia de la Iglesia y de la humanidad.



 
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Retablo del Entierro de Cristo. Bernardo Simón Pineda (ensamblaje), Pedro Roldán (esculturas) y Juan de Valdés Leal (policromía) h. 1673. Hospital de la Santa Caridad. Sevilla.
 




SÁBADO SANTO DE LA SEPULTURA DEL SEÑOR

"...Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
--Está cumplido.
E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: ‘No le quebrarán un hueso’; y en otro lugar la Escritura dice: ‘Mirarán al que atravesaron’.
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús, Y Pilato lo autorizó. El fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe.
Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús” (Jn 19, 29-42).

 
 

     
 
Detalle de la Virgen Dolorosa, atribuido a Pedro de MENA, h. 1680. Museo de Bellas Artes. Granada
 


“¡Oh vosotros que pasáis por el camino, mirad y ver si hay dolor comparable a mi dolor” (Lam. 1, 12).



 
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Resurrección, Pintorichio. Vaticano, Apartamentos Borgia
 




Pascua del Señor:

con Cristo hemos resucitado a una «Vida nueva»

El anuncio pascual resuena hoy en la Iglesia: Cristo ha resucitado, él vive más allá de la muerte, es el Señor de los vivos y de los muertos. En la «noche más clara que el día» la palabra omnipotente de Dios que creó los cielos y la tierra y formó al hombre a su imagen y semejanza, llama a una vida inmortal al hombre nuevo, Jesús de Nazaret, hijo de Dios e hijo de María. Pascua es por tanto el anuncio del hecho de la resurrección, de la victoria sobre la muerte, de la vida que jamás será ya destruida. Fue esta la realidad de la que dieron testimonio los apóstoles; pero el anuncio de que Cristo está vivo debe resonar continuamente. La Iglesia, nacida de la Pascua de Cristo, guarda este anuncio y lo transmite de diferentes maneras a cada generación: en los sacramentos y con la vida de comunión y de servicio, los cristianos se esfuerzan por testimoniarlo ante el mundo.

Testigos de Cristo resucitado.
La palabra de Dios que ilumina los corazones insiste sobre el hecho histórico de que “Cristo ha resucitado”, basada en la fe que nace de la “tumba vacía”; pero subraya también que la resurrección del Señor es un hecho siempre actual. Los bautizados son miembros de Cristo resucitado; en él la humanidad accede progresivamente a una “vida nueva” purificada del viejo fermento del pecado. Esta vida está toda por construir en el hoy, no para proyectarla en un futuro de contornos imprecisos: Pascua es hoy, es cada día de la existencia humana y cristiana. Los fieles, al renovar las promesas bautismales en la vigilia pascual, vuelven, una vez más, a hacer opción por Cristo.

Una opción por la vida.
Elegir a Cristo significa trabajar por la vida. Lo que vemos en torno a nosotros — odio, muerte, violencia, discriminaciones, mal, egoísmo en sus múltiples formas — no es la verdadera realidad. Si «creemos» en Cristo resucitado, señor de la vida, vencedor del mal, de la injusticia, de la muerte, debemos trabajar en el sentido de la resurrección; hacer que en la comunidad de los hombres, de los creyentes se viva de manera cada vez más profunda el significado de la resurrección, se construya progresivamente la “vida nueva”, el mundo nuevo que los primeros discípulos vieron en el Resucitado. Cada vez que el mal es vencido, cada vez que se hace un sacrificio por el «otro», cada vez que ayudamos a los demás a vivir una alegría más plena y verdadera, realizamos la Pascua. Entonces la muerte es vencida.

… hacia la gran fiesta de la Pascua eterna.
Al cristiano — como un día a Abrahán — el Señor le dice: «¡Sal...!». Sal de tus "opiniones separadas" para entrar plenamente en la fe que la Iglesia se gloría de profesar. Sal de tus riquezas que quieres gozarlas egoísticamente... Sal de tu pecado que envenena el corazón, y ve hacia la novedad que nos trae Cristo... Sal de "casa”, del calor de las paredes domésticas donde tiendes a ignorar los dramas de los hermanos, y alarga el círculo de tus intereses... Sal de tu sed de dominio e intenta hacer de tu vida un servicio de amor. Sal al aire libre y toma el camino del Evangelio. Grita con la vida que Cristo está vivo, y que la Iglesia es el lugar y el espacio donde se da testimonio de que Él es el Señor resucitado...
Con el canto del Aleluya del Señor Resucitado: ¡Feliz Pascua de Resurrección!



 
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Incredulidad de Tomás, Piero Casentini, Valmontone (Roma), 2006.
 





II DOMINGO DE PASCUA

Una Comunidad creyente donde actua el Espíritu Santo

La visión de S. Juan en el libro del Apocalipsis, relacionada con este evangelio, nos lleva al ritmo dominical de las apariciones del Señor resucitado, y al mismo tiempo al redescubrimiento de la realidad de la asamblea de los creyentes como «signo» semanal de la Pascua, como «lugar» donde más intensamente se vive la resurrección de Cristo. La fe pascual animaba la Iglesia de los orígenes, haciéndola crecer y vivir según el Espíritu de Aquel que es para siempre «el Viviente» (cf Ap 1,18).

En camino hacia un «mundo nuevo».

La experiencia pascual se desarrolla y se intensifica en la primera comunidad apostólica. Los hechos de los Apóstoles nos presentan la potencia del don del Espíritu que suscita la fe en la resurrección de Cristo y en su poder de curación. Gracias a esta invisible acción «espiritual», de la comunidad cristiana se manifiesta una vitalidad benéfica que testimonia en modo concreto la realidad del «mundo nuevo» nacido de la Pascua de Cristo.

Una comunidad que cree en la resurrección.

También a nosotros se nos pide testimoniar la realidad de la resurrección, de desarrollar aquel «mundo nuevo» inaugurado por Cristo. El evangelio viene hoy al encuentro del hombre moderno, al hombre de la era tecnológica que no cree sino sólo en aquello que se puede constatar, que es verificable: uno que se le asemeja bastante es Tomás, el práctico, el que duda si antes no ve, o constata, o comprueba. Es el mejor ejemplo del hombre de la duda: “Señor, no sabemos a dónde vas cómo podremos conocer el camino? Gracias a esta duda, Jesús nos reveló: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Lo que verdaderamente salva a Tomás es su propio estado de sufrimiento que existe en el no creer. La dureza de las condiciones que pone para creer (meter la mano en la herida, el dedo en la llaga) procede de un gran sufrimiento. Sufrir por no amar a alguien, es un signo de verdadero amor. Sufrir por no poder creer, es una forma de fe incompleta pero sincera.
Cuando Tomás tuvo delante a Jesús, comprendió de golpe que estaba vivo. Había convivido bastante tiempo con él para darse cuenta de que de él podía esperarse una cosa semejante, de que con él sucedían siempre cosas buenas. La historia de Tomás invita a todos los creyentes a valorar el gran privilegio que tenemos. No debemos forzar la mano de Dios. Hemos de creer “antes de haber visto”.



 
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