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Virgen de las Granadas.
Manuel López Vázquez. Granada 1922-2004
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1 DE ENERO 2008: JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ |
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“Familia humana, comunidad de paz”. |
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“En este primer día del año, la Iglesia fija su mirada en la celestial Madre de Dios, que estrecha entre sus brazos al Niño Jesús, fuente de toda bendición. "Salve, Madre santa — canta la liturgia —: tú has dado a luz al Rey que gobierna el cielo y la tierra por los siglos de los siglos". En el corazón maternal de María resonó, colmándolo de asombro, el anuncio de los ángeles en Belén: "Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que él ama" (Lc 2, 14). Y el evangelio añade que María "conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón" (Lc 2, 19). Como ella, también la Iglesia conserva y medita la palabra de Dios, confrontándola con las diversas y cambiantes situaciones que encuentra a lo largo de su camino.
Contemplando a Cristo, que vino a la tierra para darnos su paz, celebramos en el primer día del año la Jornada mundial de la paz, que se inició por voluntad del Papa Pablo VI hace treinta y ocho años. (Benedicto XVI, Angelus, 1 de enero de 2006).
El Mensaje de Su Santidad Benedicto XVI para la celebración de la 41° Jornada Mundial de la Paz, que se celebra el 1° de enero de 2008, tiene como tema: “Familia humana, comunidad de paz”. Afianzándose en la convicción de que la percepción de un destino común y la experiencia de la comunión son factores esenciales para la realización del bien común y para la paz de la humanidad, el tema elegido por el Papa evoca lo que afirma el Concilio Vaticano II « Todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la faz de la tierra» (Nostra aetate, 1,2). Por consiguiente, prosigue el Concilio, «todo grupo social debe tener en cuenta las necesidades y las legítimas aspiraciones de los demás grupos; más aún, debe tener muy en cuenta el bien común de toda la familia humana» (Gaudium et Spes,26).
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Adoración de los Magos. Perugino.
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“HEMOS VISTO SU ESTRELLA Y VENIMOS A ADORARLO” |
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“La luz que brilló en Navidad durante la noche, iluminando la cueva de Belén, donde permanecen en silenciosa adoración María, José y los pastores, hoy resplandece y se manifiesta a todos. La Epifanía es misterio de luz, simbólicamente indicada por la estrella que guió a los Magos en su viaje. Pero el verdadero manantial luminoso, el "sol que nace de lo alto" (Lc 1, 78), es Cristo.
En el misterio de la Navidad, la luz de Cristo se irradia sobre la tierra, difundiéndose como en círculos concéntricos. Ante todo, sobre la Sagrada Familia de Nazaret: la Virgen María y José son iluminados por la presencia divina del Niño Jesús. La luz del Redentor se manifiesta luego a los pastores de Belén, que, advertidos por el ángel, acuden enseguida a la cueva y encuentran allí la "señal" que se les había anunciado: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (cf. Lc 2, 12). Los pastores, junto con María y José, representan al "resto de Israel", a los pobres, los anawin, a quienes se anuncia la buena nueva. Por último, el resplandor de Cristo alcanza a los Magos, que constituyen las primicias de los pueblos paganos. Quedan en la sombra los palacios del poder de Jerusalén, a donde, de forma paradójica, precisamente los Magos llevan la noticia del nacimiento del Mesías, y no suscita alegría, sino temor y reacciones hostiles. Misterioso designio divino: "La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eras malas" (Jn 3, 19)” (Benedicto XVI, Homilía, 6 de enero 2006).
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Bautismo de Cristo, Santi di Tito, 1574-1575.
Florencia, Galería Corsini.
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En el Bautismo de Jesús, el Padre manifiesta la misión del Hijo |
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“A orillas del Jordán, Juan Bautista predica la conversión de los pecados para acoger el reino de Dios que está cerca. Jesús baja con la multitud al agua para ser bautizado. El bautismo para los judíos era un rito penitencial, por eso se acercaban a recibirlo reconociendo los propios pecados. Pero el bautismo que Jesús recibe no es sólo un bautismo de penitencia: la manifestación del Padre y la bajada del Espíritu Santo le dan un significado muy preciso. Jesús es proclamado el «hijo predilecto» y sobre él se posa el Espíritu que lo reviste de la misión de profeta (anuncio del mensaje de la salvación), sacerdote (el único sacrificio agradable al Padre), rey (Mesías esperado como salvador).
La misión de Cristo está prefigurada en la del Siervo sufriente de Isaías. El «Siervo de Yahvé» es aquel que porta su sí mismo los pecados del pueblo. En Cristo que se somete a un acto público de penitencia, vemos la solidaridad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo con nuestra historia. Jesús no toma distancias de una humanidad pecadora: al contrario, se mezcla con ella para mejor «manifestar el misterio de la nueva purificación» y los consiguientes compromisos de acción apostólica que de él derivan para el discípulo.
Nacidos y viviendo en la fe de la Iglesia, los cristianos necesitan redescubrir la grandeza y las exigencias de la vocación bautismal. Es paradójico que el bautismo, que hace del hombre un miembro vivo del Cuerpo de Cristo, no tenga demasiado espacio en la conciencia explícita del cristiano y que la mayor parte de los fieles no sientan el ingreso Iglesia a través de la iniciación bautismal como el momento decisivo de su vida.
El bautismo que se nos da en el nombre de Cristo es una manifestación que proviene del amor del Padre, participación en el misterio pascual del Hijo, comunicación de una vida nueva en el Espíritu; nos pone, por tanto, en comunión con Dios, nos integra en su Familia; es un paso de la solidaridad en el pecado a la solidaridad en el amor. Una nueva sensibilidad para el bautismo ha sido suscitada en la Iglesia por el Espíritu: hoy más que nunca, en las comunidades cristianas, se presenta la vida cristiana como «vivir el propio bautismo».
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