Virgen adorando al Niño. Botticelli, 1482. Edimburgo, National Gallery.


1 DE ENERO: SANTA MARÍA MADRE DE DIOS.



María nos trae al “Príncipe de la paz”


Al inicio del nuevo año me alegra dirigiros a todos vosotros, presentes en la plaza de San Pedro, y a cuantos están unidos a nosotros mediante la radio y la televisión, mis más cordiales deseos de paz y de bien. ¡Felicidades a todos! Os deseo paz y bien. Que la luz de Cristo, Sol que surgió en el horizonte de la humanidad, ilumine vuestro camino y os acompañe durante todo el año.
Con una feliz intuición, mi venerado predecesor el siervo de Dios Pablo VI quiso que el año comenzara bajo la protección de María santísima, venerada como Madre de Dios. La comunidad cristiana, que durante estos días ha permanecido en oración y adoración ante el belén, mira hoy con particular amor a la Virgen Madre; se identifica con ella mientras contempla al Niño recién nacido, envuelto en pañales y recostado en el pesebre. Como María, también la Iglesia permanece en silencio para captar y custodiar las resonancias interiores del Verbo encarnado, conservando el calor divino y humano que emana de su presencia. Él es la bendición de Dios. La Iglesia, como la Virgen, no hace más que mostrar a todos a Jesús, el Salvador, y sobre cada uno refleja la luz de su Rostro, esplendor de bondad y de verdad.
Hoy contemplamos a Jesús, nacido de María Virgen, en su prerrogativa de verdadero ‘Príncipe de la paz’ (Is 9, 5). Él es ‘nuestra paz’; vino para derribar el ‘muro de separación’ que divide a los hombres y a los pueblos, es decir, ‘la enemistad’ (Ef 2, 14). Por eso, el mismo Papa Pablo VI, de venerada memoria, quiso que el 1 de enero fuera también la Jornada mundial de la paz: para que cada año comience con la luz de Cristo, el gran pacificador de la humanidad” (Ángelus, Benedicto XVI, 1 de enero 2007).



 
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ADORACIÓN DE LOS REYES. L. GIORDANO, 1685.
ESTUDIO PRIVADO DEL PAPA. CASTELGANDOLFO.




Epifanía: la manifestación del Señor a todos los pueblos.



La solemnidad de la Epifanía celebra la manifestación de Cristo a los Magos, acontecimiento al que san Mateo da gran relieve (cf. Mt 2, 1-12). Narra en su evangelio que algunos ‘Magos’ —probablemente jefes religiosos persas— llegaron a Jerusalén guiados por una ‘estrella’, un fenómeno celeste luminoso que interpretaron como señal del nacimiento de un nuevo rey de los judíos. Nadie en la ciudad sabía nada; más aún, Herodes, el rey que ocupaba el trono, se turbó fuertemente con la noticia y concibió el trágico plan de la ‘matanza de los inocentes’ para eliminar al rival recién nacido.
Los Magos, en cambio, se fiaron de las sagradas Escrituras, en particular de la profecía de Miqueas, según la cual el Mesías nacería en Belén, la ciudad de David, situada aproximadamente diez kilómetros al sur de Jerusalén (cf. Mi 5, 1). Al ponerse en camino en esa dirección, vieron de nuevo la estrella y, llenos de alegría, la siguieron hasta que se detuvo encima de una cabaña. Entraron y encontraron al Niño con María; se postraron ante él y, rindiendo homenaje a su dignidad real, le ofrecieron oro, incienso y mirra.
¿Por qué este acontecimiento es tan importante? Porque con él comenzó a realizarse la adhesión de los pueblos paganos a la fe en Cristo, según la promesa hecha por Dios a Abraham, que nos refiere el libro del Génesis: ‘Por ti serán bendecidos todos los linajes de la tierra’ (Gn 12, 3). Por tanto, si María, José y los pastores de Belén representan al pueblo de Israel que acogió al Señor, los Magos son, en cambio, las primicias de los gentiles, llamados también ellos a formar parte de la Iglesia, nuevo pueblo de Dios” (Ángelus, Benedicto XVI, 6 de enero 2007).



 
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Benedicto XVI administra el Bautismo a un niño en la Capilla Sixtina.


13 de enero de 2009: Fiesta del Bautismo del Señor.


Con la fiesta del Bautismo del Señor, que celebramos hoy, se concluye el tiempo litúrgico de Navidad. El Niño, a quien los Magos de Oriente vinieron a adorar en Belén, ofreciéndole sus dones simbólicos, lo encontramos ahora adulto, en el momento en que se hace bautizar en el río Jordán por el gran profeta Juan (cf.Mt 3, 13). El Evangelio narra que cuando Jesús, recibido el bautismo, salió del agua, se abrieron los cielos y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma (cf. Mt 3, 16). Se oyó entonces una voz del cielo que decía: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco" (Mt 3, 17). Esa fue su primera manifestación pública, después de casi treinta años de vida oculta en Nazaret” (Benedicto XVI, Ángelus 13 de enero del 2008).



 
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SAN JUAN BAUTISTA. LA ROLDANA, 1688. MADERA TALLADA, DORADA Y POLICROMADA. IGLESIA DE SAN ANTONIO DE PADUA (CÁDIZ)



"ESTE ES EL CORDERO DE DIOS".



 
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