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Virgen con el Niño. Benozzo Gozzoli. Florencia. |
1 de Enero: La Maternidad de la Virgen
Jornada Mundial de la Paz: “Si quieres cultivar la paz, cuida la creación”. |
““En este primer día del año me alegra dirigir a todos los presentes en la plaza de San Pedro, y a quienes están en conexión con nosotros mediante la radio y la televisión, mis más fervientes deseos de paz y de todo bien. Son deseos que la fe cristiana hace, por decirlo así, "fiables", al apoyarlos en el acontecimiento que estamos celebrando en estos días: la encarnación del Verbo de Dios, nacido de la Virgen María.
En efecto, con la gracia de Dios —y sólo con ella— podemos esperar siempre de nuevo que el futuro sea mejor que el pasado, porque no se trata de confiar en una suerte más favorable, o en las modernas combinaciones del mercado y las finanzas, sino de esforzarnos por ser nosotros mismos un poco mejores y más responsables, para poder contar con la benevolencia del Señor. Y esto siempre es posible, porque "Dios nos ha hablado por medio de su Hijo" (Hb 1, 2) y nos habla continuamente mediante la predicación del Evangelio y mediante la voz de nuestra conciencia. En Jesucristo se manifestó a todos los hombres el camino de la salvación, que es ante todo una redención espiritual, pero que implica lo humano en su totalidad, incluyendo también la dimensión social e histórica.
Por eso, la Iglesia, mientras celebra la Maternidad divina de María santísima, en esta Jornada mundial de la paz, que ya tiene lugar desde hace más de cuarenta años, indica a todos a Jesucristo como Príncipe de la paz. Siguiendo la tradición iniciada por el siervo de Dios Papa Pablo VI, escribí para esta circunstancia un Mensaje especial, eligiendo como tema: “Si quieres cultivar la paz cuida la creación" (Ángelus, Benedicto XVI).
Adoracion de los Reyes. Bartolo di Fredi, 1367. Siena. Pinacoteca Nacional. |
“HEMOS VISTO SU ESTRELLA Y VENIMOS A ADORARLO” |
“La luz que brilló en Navidad durante la noche, iluminando la cueva de Belén, donde permanecen en silenciosa adoración María, José y los pastores, hoy resplandece y se manifiesta a todos. La Epifanía es misterio de luz, simbólicamente indicada por la estrella que guió a los Magos en su viaje. Pero el verdadero manantial luminoso, el "sol que nace de lo alto" (Lc 1, 78), es Cristo.
En el misterio de la Navidad, la luz de Cristo se irradia sobre la tierra, difundiéndose como en círculos concéntricos. Ante todo, sobre la Sagrada Familia de Nazaret: la Virgen María y José son iluminados por la presencia divina del Niño Jesús. La luz del Redentor se manifiesta luego a los pastores de Belén, que, advertidos por el ángel, acuden enseguida a la cueva y encuentran allí la "señal" que se les había anunciado: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (cf. Lc 2, 12). Los pastores, junto con María y José, representan al "resto de Israel", a los pobres, los anawin, a quienes se anuncia la buena nueva. Por último, el resplandor de Cristo alcanza a los Magos, que constituyen las primicias de los pueblos paganos. Quedan en la sombra los palacios del poder de Jerusalén, a donde, de forma paradójica, precisamente los Magos llevan la noticia del nacimiento del Mesías, y no suscita alegría, sino temor y reacciones hostiles. Misterioso designio divino: "La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eras malas" (Jn 3, 19)” (Benedicto XVI, Homilía, 6 de enero 2006).
Bautismo de Jesús. Marco Palmezzano, 1534. Forlì, Pinacoteca Civica. |
“El significado de la Navidad, y más en general el sentido del año litúrgico, es precisamente el de acercarnos a estos signos divinos, para reconocerlos presentes en los acontecimientos de todos los días, a fin de que nuestro corazón se abra al amor de Dios. Y si la Navidad y la Epifanía sirven sobre todo para hacernos capaces de ver, para abrirnos los ojos y el corazón al misterio de un Dios que viene a estar con nosotros, la fiesta del Bautismo de Jesús nos introduce, podríamos decir, en la cotidianidad de una relación personal con él. En efecto, Jesús se ha unido a nosotros, mediante la inmersión en las aguas del Jordán. El Bautismo es, por decirlo así, el puente que Jesús ha construido entre él y nosotros, el camino por el que se hace accesible a nosotros; es el arco iris divino sobre nuestra vida, la promesa del gran sí de Dios, la puerta de la esperanza y, al mismo tiempo, la señal que nos indica el camino por recorrer de modo activo y gozoso para encontrarlo y sentirnos amados por él” (Homilía, Benedicto XVI, 11 de enero de 2009).
Las bodas de Caná. Juan de Valdés Leal. Sevilla, 1661. |
“En aquel tiempo había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí; Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda; faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo: --No les queda vino.
Jesús le contestó: --Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora.
Su madre le dijo a los sirvientes: --Haced lo que él diga.
Había allí colocodas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.
Jesús les dijo: --Llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba.
Entonces les mandó: --Sacad ahora, y llevádselo al mayordomo. Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: --Todo el mundo pone primero el vino nuevo y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora.
Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él”.
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