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Pintura superior al ingreso de la iglesita de la Porciúncula. |
La venida del Espíritu Santo. Duccio di Buoninsegna. La Majestad. Siena.
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El Espíritu que santifica a la Iglesia |
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“Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia y de esta manera los creyentes pudieran ir al Padre a través de Cristo en el mismo Espíritu. El es el Espíritu de vida, la fuente de agua que mana para la vida eterna. Por El, el Padre da la vida a los hombres, muertos por el pecado, hasta que resucite en Cristo sus cuerpos mortales. El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los creyentes como en un templo, ora en ellos y da testimonio de que son hijos adoptivos. El conduce la iglesia a la verdad total, la une en la comunión y el servicio, la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la adorna con sus frutos. Con la fuerza del Evangelio, el Espíritu rejuvenece a la iglesia, la renueva sin cesar y la lleva a la unión perfecta con su esposo. En efecto, el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡Ven! (Ap 22,17)”. (Concilio Vaticano II, Const. Lumen gentium, n. 4). ).
Convento de los Agustinos de Marcilla (Navarra), sede del Capítulo.
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Fachada de la Basílica de San Juan de Letrán.
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La Trinidad. El Greco, 1577. Madrid. Museo del Prado.
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El niño, el mar y San Agustín |
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Hay gente que se empeña en entender a Dios. ¿Cómo Dios permite eso? ¿Por qué me mandó aquello? ¿Cómo voy a creer, si me arrancó a mi hijo, a mi marido? Valdría como única respuesta esta hermosa leyenda atribuida a San Agustín: "En cierta ocasión en que el glorioso doctor se hallaba en África, mientras iba paseando por la orilla del mar meditando sobre el misterio de la Trinidad, se encontró en la playa con un niño que había hecho un hoyo en la arena con una pala; recogía agua del mar y la derramaba en el hoyo. San Agustín al contemplarlo se admiró, y le preguntó qué estaba haciendo. Y el niño le respondió: ‘quiero llenar el hoyo con el agua del mar’. ‘¿Cómo?’ dijo San Agustín, ‘eso es imposible, ¿cómo vas a poder, si el mar es grandísimo y ese hoyo y la pala muy pequeños?’. ‘Pues sí podré’, le contestó el niño, ‘antes llenaré el hoyo con todo el agua del mar que tú comprendas la Trinidad con el entendimiento’. Y en ese instante el niño desapareció”. El mar entero no cabe en un agujero, pero en cualquier caso lo que cabe, ¿no es también algo del mar? No podemos abrazar al infinito, pero sí sentir una bocanada de su mar en nuestro pequeño corazón.
Procesión del Corpus en Granada. Óleo-Tabla. Manuel López-Vázquez 1922-2004.
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14 de Junio: CORPUS CHRISTI 2009 |
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“Éste es mi cuerpo, ésta es mi sangre». Estas palabras que Jesús pronunció en la Última Cena, se repiten cada vez que se renueva el Sacrificio eucarístico. Las hemos escuchado hace poco, en el Evangelio de Marcos y resuenan con singular potencia evocativa hoy, solemnidad del Corpus Domini. Ellas nos conducen idealmente al Cenáculo, nos hacen revivir el clima espiritual de aquella noche cuando, celebrando la Pascua con los suyos, el Señor en el misterio anticipó el sacrificio que se habría consumado el día después sobre la cruz. La institución de la Eucaristía se nos presenta así como anticipación y aceptación por parte de Jesús de su muerte. Escribe sobre ello san Efrén Siro: ‘Durante la cena, Jesús se inmoló así mismo; en la cruz Él fue inmolado por los otros’ (Cf. Himno sobre la crucifixión 3,1)…
Como cada año, al final de la Santa Misa, se desarrollará la tradicional procesión eucarística y elevaremos, con las oraciones y los cantos, una imploración coral al Señor presente en la Hostia consagrada. Le diremos en nombre de toda la Ciudad: ¡Quédate con nosotros Jesús, dónate a nosotros y danos el pan que nos alimenta para la vida eterna! Libra a este mundo del veneno del mal, de la violencia y del odio que contamina las conciencias, purifícalo con la potencia de tu amor misericordioso. Y tú, María, que has sido mujer ‘eucarística’ durante toda tu vida, ayúdanos a caminar unidos hacia la meta celestial, alimentados por el Cuerpo y la Sangre de Cristo, pan de vida eterna y remedio de la inmortalidad divina ¡Amén!” (Homilía, Benedicto XVI, 11 junio 2009).
Sagrado Corazón. Biaggio Biagetti (1877-1948). Loreto. Sala de Pablo VI.
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“Hombre y sacerdote. Tautología, dirán los teólogos. El sacerdote ha de ser hombre para que sirva de nexo, para que pueda el arranque del arco apoyarse en nuestra ribera, mientras el otro tramo se pierde en la nube del misterio. Hombre y sacerdote, hombre empapado, impregnado, hombre encendido, arrebatado hasta la orilla de Dios y admitido al asombro de los cielos, hombre que vuelve para incitar al viaje, para ser amigo y compañero.
El sacerdote, hombre de sacrificio, que dice la misa y la prolonga en su jornada. Ha de cumplir como quien ha de amasar con sudor y con trabajo la hostia de cada consagración. Un sacrificio al que la intensidad mística no ha de restar ni una astilla de eficacia, un sacrificio convertido en trabajo metódico, imparable, negado al descanso. Un espectáculo en el cual se realiza la presencia de Dios.
Hombre y sacerdote, allá en el fin, donde la línea fronteriza, donde la orilla, la ribera. Junto al sacerdote hemos de viajar hasta las regiones que Rilke anhelaba: “Donde acaban las angustias y Dios empieza” (José Mª Javierre).
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