Santisima Trinidad. El Greco.



LA SANTÍSIMA TRINIDAD



“La vida cristiana se desarrolla totalmente en el signo y en presencia de la Trinidad. En la aurora de la vida, fuimos bautizados «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» y al final, junto a nuestra cabecera, se recitarán las palabras: ‘Marcha, oh alma Cristiana de este mundo, en el Nombre de Dios, el Padre omnipotente que te ha creado, en el nombre de Jesucristo que te ha redimido, y en el nombre del Espíritu Santo que te santifica’.
Entre estos dos momentos extremos, se enmarcan otros llamados de ‘transición’ que, para un cristiano, están marcados por la invocación de la Trinidad. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, los esposos se unen en matrimonio y los sacerdotes son consagrados por el obispo. En el pasado, en nombre de la Trinidad, comenzaban los contratos, las sentencias y todo acto importante de la vida civil y religiosa.
No es verdad, por tanto, el que la Trinidad sea un misterio remoto, irrelevante para la vida de todos los días. Por el contrario, son las tres personas más ‘íntimas’ en la vida: no están fuera de nosotros, como sucede con la mujer o el marido, sino que están dentro de nosotros. ‘Hacen morada en nosotros’ (Juan 14, 23), nosotros somos su ‘templo’” ( P. Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia).


 
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Adoración de la Sagrada Forma. Claudio Coello, 1686.
Sacristía del Monasterio de El Escorial.



Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo



“En ella [la Eucaristía] Jesús anticipó su Sacrificio, un Sacrificio no ritual, sino personal. En la Última Cena Él actúa movido por ese "espíritu eterno" con el que se ofrecerá después sobre la Cruz (cfr Hb 9,14). Dando las gracias y bendiciendo, Jesús transforma el pan y el vino. Es el amor divino que transforma: el amor con que Jesús acepta por anticipado darse completamente a sí mismo por nosotros. Este amor no es otro que el Espíritu Santo, el Espíritu del Padre y del Hijo, que consagra el pan y el vino y cambia su sustancia en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, haciendo presente en el Sacramento el mismo Sacrificio que se realiza después de forma cruenta en la Cruz. Podemos por tanto concluir que Cristo fue sacerdote verdadero y eficaz porque estaba lleno de la fuerza del Espíritu Santo, estaba lleno de toda la plenitud del amor de Dios, y esto precisamente “en la noche en que fue traicionado”, precisamente en la “hora de las tinieblas” (cfr Lc 22,53). Es esta fuerza divina, la misma que realizó la Encarnación del Verbo, la que transforma la extrema violencia y la extrema injusticia en un acto supremo de amor y de justicia. Esta es la obra del sacerdocio de Cristo, que la Iglesia ha heredado y prolonga en la historia, en la doble forma del sacerdocio común de los bautizados y del ordenado de los ministros, para transformar el mundo con el amor de Dios. Todos, sacerdotes y fieles, nos nutrimos de la misma Eucaristía, todos nos postramos a adorarla, porque en ella está presente nuestro Maestro y Señor, está presente el verdadero Cuerpo de Jesús, Víctima y Sacerdote, salvación del mundo. ¡Venid, exultemos con cantos de alegría! ¡Venid, adoremos! Amén (Homilia, Benedicto XVI 3 de junio de 2010).



 
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Benedicto XVI ordena sacerdotes en la Basílica de San Pedro.

     




CLAUSURA DEL AÑO SACERDOTAL:
“Ser sacerdotes de Jesucristo”


“Ser sacerdote significa ser amigo de Jesucristo, y serlo cada vez más con toda nuestra existencia. El mundo tiene necesidad de Dios, no de un dios cualquiera, sino del Dios de Jesucristo, del Dios que se hizo carne y sangre, que nos amó hasta morir por nosotros, que resucitó y creó en sí mismo un espacio para el hombre. Este Dios tiene que vivir en nosotros y nosotros en él. Esta es nuestra llamada sacerdotal: sólo así nuestra acción de sacerdotes puede dar fruto.
Quisiera concluir esta homilía con una palabra de Andrea Santoro, ese sacerdote de la diócesis de Roma que fue asesinado en Trebisonda mientras rezaba; el cardenal Cè nos la comunicó durante los ejercicios espirituales. La frase dice: «Estoy aquí para vivir entre esta gente y permitir que Jesús lo haga prestándole mi carne… Sólo somos capaces de salvación ofreciendo la propia carne. Hay que cargar con el mal del mundo y compartir el dolor, absorbiéndolo en la propia carne hasta el final, como hizo Jesús». Jesús asumió nuestra carne. Démosle nosotros la nuestra, para que pueda venir al mundo y transformarlo. ¡Amén!” (Homilía, Benedicto XVI, Jueves Santo, 13 de abril de 2006).



 
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Una mujer pecadora lava los pies de Jesús.


UN FRASCO DE PERFUME


...“Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: —Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama”.



 
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Jesús De las Heras Muela, en Granada


 
 
Antonio Pelayo, en Sevilla

     



 
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Cristo sobre fondo dorado. Mosaico, Catedral de Monreale (Sicilia).




Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?


“Los cristianos debemos hacernos dos preguntas: ¿Quién es Cristo para mi? ¿Quién soy yo para Cristo? Reconocer a Cristo como verdadero Dios y verdadero hombre obliga a revertirse de Cristo, es decir, alcanzar el verdadero ‘ser cristiano’. Todos tenemos que meditar la respuesta del apóstol Pedro, que por reconocer el primero en Jesús al Mesias, lo convierte en fundamento primero de la Iglesia. Jesús se apresura a decir que su mesianismo, su salvación, pasa necesariamente por e1 dolor y la cruz; que seguirle es negarse a sí mismo; que sólo vale algo la vida si se entrega por los demás. Hay preguntas que parecen inútiles y superadas, pero que son fundamentales. La pregunta de Cristo “¿quién decís que soy yo?”, que se lee en el Evangelio de este domingo, es una pregunta que cuestiona seriamente y compromete la decisión consciente de seguirlo.
No bastan las respuestas sabidas del catecismo. No vale evadirse: “unos dicen... otros dicen..., los de más allá ignoran, etc”. Hay que responder desde la experiencia de la fe, con e1 valor de la esperanza y en la sinceridad del amor. Solamente se puede llamar cristiano a quien sabe responder a esta pregunta fundamental” (Andrés Pardo).



 
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