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Jesús en el desierto entre animales salvajes. Moretto, 1537. Metropolitan Museum, Nueva York. |
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El que cree en mi no sufrirá desilusión alguna
Un nuevo camino hacia la Pascua se ha abierto. La Cuaresma nos repropone el compromiso de la escucha de la palabra de Dios, de la conversión, de la oración, de la caridad fraterna para que la Iglesia descubra el sentido de su propia vocación y de pertenencia al Señor, en un continuo tránsito hacia la vida nueva. Cada momento viene marcado por estos compromisos, pero el tiempo cuaresmal tiene una eficacia particular porque es memoria viva y actual del camino pascual de Cristo, de su «sí» a la voluntad del Padre en el signo de la comunidad que se convierte.(Jn 19, 26).
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La Transfiguración, Rafael Sanzio (1482-1520).
Pinacoteca Vaticana. |
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IIº de Cuaresma: Dio se ha «aliado» con el hombre.
Escoger un camino comprometido supone valor y sacrificio. En la familia, en el trabajo, en la profesión o en una misión cualquiera no se consiguen objetivos sin haber pagado antes un precio en sacrificio y con una dedicación generosa. A bajo precio, a corto plazo, sin esfuerzo no se obtiene y se construye poco. Sobre toda obra humana se halla el sello de la cruz. Pero cuando el resultado obtenido no está en relación con el esfuerzo, se siente la tentación de abandonar el proyecto y de dejarse invadir por la desconfianza.
Cuando Dios irrumpe en la vida de un hombre cambia todos sus planos, arranca las seguridades, pide la renuncia a los proyectos y ambiciones personales, pide una inquebrantable confianza en sus proyectos. Lo que él, ciertamente, propone supera toda esperanza y previsión humana. Abrahán y Cristo, no escogidos por casualidad, como personajes claves de la liturgia de este domingo, en su disponibilidad y obediencia experimentan la respuesta de Dios: la luminosa teofanía alumbra a ambos a afrontar el camino que queda hasta tomar posesión de la tierra (primera lectura), hasta alcanzar la gloria de la resurrección (evangelio). A aquellos que aceptan con confianza sus planes, Dios se ‘alía’ con un solemne vínculo de alianza, abre un futuro de luz y esperanza. La fe y la confianza en las promesas de Dios son condiciones indispensables para llegar a la meta de la transfiguración pascual que anticipa y prefigura la transfiguración de todo el hombre en la gloria final (segunda lectura).
Amigos y devotos de Fr. Leopoldo: Este mes nuestra Página Web viste traje nuevo. Esta novedad es visible desde su apertura. “He aquí que hago nuevas todas las cosas”, dice el Apocalipsis (21, 59). Todo se mueve y cambia, se renueva y se transforma. La naturaleza con su constante nacer y morir, nos ofrece un claro ejemplo de renovación constante. Los cambios, sin embargo, no miran sólo a los elementos, sino a todas las realidades que giran en torno al hombre. Cambia el aspecto externo de nuestra Web que tiene otra estructura y hay alguna novedad informativa. Los textos, como siempre, irán cambiando de forma literaria y de ilustraciones procurando hacerlos cada vez más vistosos y atractivos.
Este año pasado ha estado todo dedicado a los acontecimientos del Cincuentenario de la muerte de Fray Leopoldo. Aún quedan materiales que irán apareciendo. Nuestro menú se irá ampliando siempre que sea necesario y todo cuanto de relieve suceda en torno a la figura de nuestro querido limosnero irá saliendo puntualmente en nuestra página. La biografía es nueva y muy bella, así como las noticias de Actualidad, varía el texto de Alpandeire, se enriquece el de los Capuchinos, hay siempre alguna fotografía nueva. Aunque ahora, durante este mes, la Cuaresma, la escucha de la palabra de Dios, la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor, ocuparán un lugar primordial. Gracias siempre de vuestra cálida y cariñosa acogida.
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Diseño de Grother Kenneth Chapman |
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Predicación de Jesús, Cosimo Roselli y Piero de Cosimo, h. 1472. Capilla Sextina. |
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“Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera” (Lc 13, 5).
Dios no nos salva sin nosotros
Dos hechos de crónica (algunos muertos en una reyerta contra los romanos, la imprevista caída de una torre que mata a algunos ciudadanos) ofrecen a Jesús, la ocasión para hacer un llamamiento a la conversión. En el contexto inmediato se insiste sobre el tema de la vigilancia y sobre la lectura de los signos de los tiempos, por lo que existe una lógica conexión temática. Jesús, por un lado quiere rechazar el prejuicio que liga la desdicha terrena a culpas personales o colectivas, por otro declara que la verdadera desgracia es la impenitencia, el rechazo de la conversión.
Los hechos de la vida, comprendida la muerte, son un lenguaje de Dios que es necesario saber interpretar, una advertencia providencial a renovar la existencia en este tiempo que es el tiempo de la paciencia divina. “El año de espera (del que habla el evangelio) abarca la entera vida del hombre antes del juicio. Dios nos la da como un tiempo de conversión. Pero no trata de decir: siempre hay tiempo de convertirse; más bien quiere recordarnos que: cada día del año es tiempo de conversión”.
La urgencia de la conversión ante la proximidad del juicio de Dios, a la que los signos de los tiempos continuamente nos llaman, es nuestra respuesta a la experiencia de un Dios que viene a sacarnos de Egipto, que viene a ayudarnos a encontrar nuestra identidad como seres humanos. El paso del mar Rojo, el comer el maná… La vida del pueblo en el desierto, nos amonesta San Pablo, se escribieron para nuestra corrección.
La palabra de Dios llamándonos a la conversión asume en Cristo una tonalidad del todo particular: Él es la misericordia del Padre, más aún Él es una ocasión que se ofrece al hombre para hacer penitencia. El tiempo de Cristo es el tiempo de la paciencia del Padre.
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San José con el Niño, Andrés Amaya, 1704. Museo Nacional de Escultura, Valladolid. |
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LA MISIÓN DE SAN JOSÉ
“Celebramos la fiesta de San José, Patrón de la Iglesia universal. Es una fiesta que interrumpe la meditación austera y apasionada de la Cuaresma, toda absorta en la penetración del misterio de la Redención y en la aplicación de la disciplina espiritual, que la celebración de tal misterio lleva consigo. Es una fiesta que reclama nuestra atención hacia otro misterio del Señor, la Encarnación, y nos invita a meditarlo en la escena pobre, suave, humanísima, la escena evangélica de la sagrada Familia de Nazaret, en la que este otro misterio se ha cumplido históricamente. La Virgen Santísima se nos presenta en el humildísimo cuadro evangélico; junto a ella está San José, y en medio de ellos Jesús. Nuestros ojos, nuestra devoción se detienen hoy en la figura de San José, el Artesano silencioso y trabajador, que dio a Jesús no el origen humano, sino el estado civil, la categoría social, la condición económica, la experiencia profesional, el ambiente familiar, la educación humana. Conviene observar bien esta relación entre San José y Jesús, porque nos puede ayudar a comprender muchas cosas del designio de Dios, que viene a este mundo para vivir como un hombre entre los hombres, pero, al mismo tiempo, como su maestro y su salvador” (Pablo VI, Homilía del 19 de marzo de 1964).
Homilia del Sr. Nuncio en la misa de clausura del 50º Aniversario de la muerte de Fr. Leopoldo.
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La vuelta del hijo pródigo, Pompeo Batoni, 1756.
Museo de Viena. |
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Un padre espera el regreso de su hijo
La parábola del hijo pródigo enfrenta a tres protagonistas que bien podrían disputarse el título del relato: el padre misericordioso, el hijo pródigo, el hijo mayor. Tal vez impropiamente se le ha llamado como «parábola del hijo pródigo»; en realidad el primer pródigo es el padre, verdaderamente «pródigo en el amor» hasta llegar a escandalizar al hijo mayor. Precisamente para los presuntos justos, personalizados en el primogénito, Jesús describe una desconcertante imagen de Dios. Un Dios cuya paternidad desborda los límites del “buen sentido” y las razones de los “bien pensantes” (escribas y fariseos) hasta el punto de suscitar en ellos la irritación poniendo al descubierto la intolerancia. En Jesús que acoge a los pecadores, a los extranjeros, a las prostitutas, a los desahuciados, en Jesús que se sienta a la mesa con gente despreciada e impura, se manifiesta un Dios que a todos ofrece su hospitalidad, su perdón y la capacidad de renovarse porque a todos ama por igual. Si en la parábola encontramos un reproche, este va dirigido al primogénito y a quien como él piensa que la observancia exterior de la ley es fuente de mérito y autorice el desprecio en el enfrentamiento con los hermanos pecadores. El pecado se encuentra también en servir con “ánimo de mercenario”, en el permanecer en la casa sin valorar dicho don, en el rechazar y condenar sin derecho a defenderse al hermano que ha errado.
En la parábola se exalta la “misericordia” divina, como misericordia invencible. Dentro de una historia de rechazo del amor, de miseria y de pecado, Dios sobresale por su amor infinitamente superior a cualquier cerrazón humana. El hijo menor que rechaza el ser amado y exige para si una ilusoria libertad es, en cierto sentido, el hombre de todos los tiempos.
No sabiendo valorar la relación con el Padre como una relación liberadora, el hijo se aleja, pero su misma aventura se encargará de derribar sus ilusiones y de subrayar la ignorancia de aquel gesto. El drama de la dignidad perdida, la conciencia de la filiación desvanecida se revela en el momento de la abyección, de la soledad, del hambre. En el ánimo del pródigo madura la decisión del regreso que parece obedecer a un cálculo oportunista más que a una profunda convicción; en sus cálculos no entra la hipótesis de una plena reintegración. Pero la actitud del padre pone de manifiesto que un hijo, aún cuando sea pródigo, no deja de ser hijo y que tal relación de amor no podía ser ni alienadora ni destructora de ningún comportamiento.
El pecado es justamente definido como una “disminución del hombre” (GS 13), una autolesión que la Biblia califica como “dirección equivocada”, “fallar en la vertiente” y por tanto como desilusión. Si el hombre no se da cuenta de ello es porque la relación con Dios, fuente de vida y de libertad, es una relación insignificante. La realidad del pecado en su dimensión vertical y horizontal, en sus consecuencias negativas se puede extraer sólo cuando se recupera el sentido de Dios y su imagen auténtica. Encontrara a Dios es encontrarse a si mismo. Al retomar el camino de regreso al Padre, el pródigo ha vuelto a verdad de si mismo. Pero el regreso ha sido posible gracias a la invencible misericordia divina que no se resigna a perder a los que ama.
La parábola se concluye con un convite alegre y festivo de familia. En el banquete de fiesta la desatención del pródigo y la intransigencia del primogénito presuntuoso encuentran su superación en la paternidad de aquel que los acoge y los reconcilia en una redescubierta fraternidad.
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Anunciación, Pintoricchio, Santa María la Mayor,
Capilla Bella. Spello (Perusa).
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25 DE MARZO
ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR
La estupenda página evangélica del anuncio del ángel a María que se convertiría en la Madre del Salvador, encontró desde finales del siglo II una precisa expresión en las fórmulas del Credo y en el arte cristiana. Sólo a partir del siglo VII en adelante el misterio de la Anunciación comenzó a celebrarse con particular solemnidad el 25 de marzo, nueve meses antes del nacimiento del Señor, y día en el que – según la tradición de antiguos martirologios y de algunos calendarios medievales – tendría lugar la crucifixión de Jesús.
Dios no ha entrado en el mundo por la fuerza: ha querido «proponerse». El «sí» de María es la definitiva realización de la alianza: en ella está presente todo el pueblo de la promesa: el antiguo (Israel) y el nuevo (la Iglesia); «el Señor está con ella», es decir, Dios es nuestro Dios y nosotros somos para siempre su pueblo.
Toda esta solemnidad del Señor nos orienta hacia el misterio de la Pascua. El primero, el único “sí” del Hijo que al ingresar en el mundo dijo: “Aquí estoy para hacer tu voluntad” (Heb 10, 4-10), recibe la respuesta del Padre, el cual, después de la oferta dolorosa de la pasión, sellará en el Espíritu, con la resurrección de Jesús, la salvación de todos en la Iglesia.
La Encarnación es también el misterio de la colaboración responsable de María a la salvación recibida como don. Nos desvela que Dios para salvarnos ha elegido el “método” de pasar a través de la criatura: “… la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros… y hemos visto su gloria” (Jn 1, 14).
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Aparición de Jesús a los discípulos junto al lago, Duccio de Buoninsegna. Tabla de la Majestad, Museo del Duomo de Siena (1308-1311). |
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Ninguno se atrevía a preguntarle
Ninguno se atrevía a preguntarle:
“¿Tú quién eres, Señor de la mañana,
amigo penetrante que conoces
el secreto del mar y de las almas?
¿Tú quién eres, que aguardas a la orilla
con el fuego y el pan sobre las brasas,
que te acercas y entregas con tus manos
una hogaza de pan y tu confianza?
¿Quién eres que contigo se está a gusto,
y la amistad florece donde pasas?
¿Quién eres que con verte quitas dudas
y al hogar de tu paz nos das entrada?”
Porque creyeron bien que era el Señor
preguntarle su nombre no hizo falta.
¡Era el Señor!, y Pedro se arrojó
al corazón de Cristo por las aguas.
Su bello rostro oculto está en el Padre,
nuestras manos su cuerpo no le palpan;
pero a gritos lo sienten nuestras venas:
¡Es el Señor, divina luz del alba!
Gloria a ti, que llegaste a la ribera,
a traernos la gracia de tu Pascua.
Amor a ti, hermano victorioso,
que nos amas y llenas nuestras barcas. Amén.
Hº Rufino María Grández, OFMCap.
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