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Leopoldo de Alpandeire: entre los preferidos de Dios.
Dice san Francisco de Asís en una de sus Admoniciones a los frailes: “Miremos atentamente todos los hermanos al Buen Pastor, que por salvar a sus ovejas soportó la pasión de la cruz. Las ovejas del Señor le siguieron en la tribulación y en la persecución, en la vergüenza y en el hambre, en la debilidad y en la tentación, y en todo lo demás, y por ello recibieron del Señor la vida eterna. Por eso, es grandemente vergonzoso para nosotros, los siervos de Dios, que los santos hicieron las obras y nosotros, con solo narrarlas, queremos recibir gloria y honor” (Adm. 6).
Sin lugar a dudas que esta Admonición o aviso espiritual, le caía perfectamente a nuestro Siervo de Dios, Leopoldo. No cabe duda que a lo largo de toda su vida jamás hizo nada que pudiera enaltecerlo a los ojos de los hombres, o cualquier cosa que buscara detrás la recompensa del aplauso y el elogio de los demás. Y gracias a esta actitud suya recogió en torno suyo la admiración de tantos.
Hoy nos reunimos a celebrar a Dios el único verdadero santo, “Santo es Dios” gustaba decir fray Leopoldo, por la santidad que ha derramado en tantas y tantos a lo largo de toda la historia, y de manera, podríamos decirlo, “eminente”, en nuestro hermano de Alpandeire.
Pero, ¿en qué ha consistido su respuesta fiel a la Fidelidad de Dios? Me atrevería a asegurar que vivió de manera sencilla y plena lo que Jesús proclama en el Evangelio cuando dice: “Yo te bendigo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños” (Mt 11, 25).
Los pequeños en el Evangelio son aquellos desde los cuales Jesús incluye a todos aquellos que se atrevieron a dejarse mirar por Dios, tal cual son, sin mayores pretensiones que vivir de amor y misericordia. Los pequeños son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica, sin andar haciendo disquisiciones ni cálculos. Los pequeños son los que se atreven a ir siempre por más, sin jamás contentarse con lo que han logrado o caminado en sus vidas. Los pequeños son los que se deciden a entregarlo todo con tal de ganar al menos algunos para Dios. Pequeños son los que no se estiman mejores que los demás, sino que justipreciándose delante de Dios, son lo que son y no más. Pequeños no son los mediocres, ni los pusilánimes, ni los cobardes. ¡Todo lo contrario! Pequeños son los que caminan cada día la ruta de sus propias fragilidades con la única arma de la paciencia en sus manos y la humildad en la mirada. Entre estos, ciertamente, podemos encontrar a nuestro pequeño Leopoldo.
¿Qué nos dice hoy fray Leopoldo de Alpandeire a nosotros y a nuestra sociedad, a nuestro mundo, a nuestras actitudes y opciones?
Nos cuenta uno de sus biógrafos más ilustres que “al hacer su aparición por las calles de Granada, era consciente de los peligros que corría” (D’Alatri, Mariano, Leopoldo de Alpandeire, testimonio de un pobre evangélico, p. 16), no olvidemos que en esos años fueron asesinados unos 94 capuchinos, entre tantos otros religiosos, religiosas y sacerdotes seculares. El clima era de auténtica persecución. En este clima desmesuradamente hostil, él andaba las calles con su santo hábito, signo inequívoco de su consagración junto al Rosario en la mano, pidiendo humildemente limosna “por amor de Dios”. Así tuvo que escuchar improperios e insultos contra su persona y contra la Iglesia, blasfemias contra Dios, y sufrir maltratos físicos. Sin embargo él repetía: “El Señor lo permite porque quiere despertar nuestras conciencias” y agregaba: “Pobrecillos, hay que tener compasión de ellos porque no saben lo que hacen”.
Hoy vivimos en nuestra sociedad una persecución de otras características, que me atrevería a decir, peores de aquellas cruentas de otro tiempo. La persecución que sufrimos es mucho más sutil y por lo mismo, más peligrosa. Nuestra sociedad ha decidido, casi como si se hubiera puesto de acuerdo, bajo no sé qué dictámenes, hacer un silencio total de Dios, una indiferencia de Su Presencia, de tal magnitud que se actúa y se va adelante totalmente huérfanos. Y aquellos que no saben o no reconocen a Dios como a su Padre, de ninguna manera pueden sostener a los demás como a sus hermanos.
Fray Leopoldo nos dice la difícil frase: “El Señor lo permite porque quiere despertar nuestras conciencias”. Y me pregunto, delante de tan profética convicción de nuestro humilde siervo de Dios, ¿Cómo despertar en medio de tanta pesadumbre? ¿Cómo despertar en medio de la noche si lo único que hay es silencio, un silencio cómplice y terriblemente estéril? v
Leopoldo supo ser un humilde pero estridente despertador. En el corazón la paciencia, en la mirada la misericordia, jamás el juicio ni la palabra altanera. En el porte externo la pobreza, y los signos de la consagración o dedicación total a Aquel que ya no es nombrado: el hábito y el Rosario de la Virgen. En las manos, el pan para los pobres. Nunca un testimonio pudo haber sido tan elocuente, ni un anuncio callado tan profético.
Hoy nuestra sociedad necesita nuevamente de estos testigos, que como fray Leopoldo, sean en medio del mundo una bocanada de oxígeno evangélico sin vergüenzas ni palabras altisonantes, sin condenas ni excomuniones. Hombres y mujeres tan de Dios que puedan ser totalmente de todas las personas. Hombres y mujeres que al verlos nos venga el recuerdo de Su Presencia entre nosotros.
Bien ya lo decía San Francisco, que es “vergonzoso, para nosotros, siervos de Dios, que los santos hicieron las obras y nosotros, con solo narrarlas, queremos recibir gloria y honor” (Adm. 6). Por eso hoy como frailes menores capuchinos, hagamos en memoria de nuestro humilde hermano de Alpandeire, el compromiso de dejar de lado todo aquello que oculta a Dios, y sencillamente y con pocas palabras, con la vida entregada sin reservas, mostremos al mundo, que Dios es el nunca bastante, y a Él hemos decidido donarle nuestras vidas hasta que Su Amor y Su Misericordia, sea todo en todos. Así lo hagamos. Así sea.
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Fr. Carlos Novoa
Definidor General OFMCap |
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Roma, 2 de Febrero de 2007. En la Presentación del Señor |
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