Sergio y Domenica Bernardini: Terciarios Franciscanos, a los altares.




Desde los albores de la cristiandad nunca han faltado, si bien son poco conocidos, matrimonios que se han distinguido por su santidad de vida. Una de ellas, está aún muy cercana a nosotros, en Italia, se trata del matrimonio Sergio Bernardini y Domenica Bedonni.
Sergio Bernardini y Domenica Bedonni, eran campesinos en las montañas de Pavullo, en la provincia de Módena, se distinguieron por la santidad tanto en vida como en su muerte y supieron siempre ser esposos y padres ejemplarísimos, en medio de las privaciones, sacrificios y una extrema pobreza. Soportaron voluntariamente, nutriendo un gran amor hacia Jesús, los muchos sufrimientos que afligieron su existencia terrena.
Sergio nació en Sassoguidano el 20 de mayo de 1882. Felizmente casado, en pocos años tuvo que pasar por siete funerales en su familia: se le murieron el padre, la madre, el hermano, su mujer y tres hijos pequeños. Quedando miserablemente solo, en lugar de lamentarse, prefirió confiar en el Señor. Fue así como encontró providencialmente a la joven Domenica Bedonni, nacida en Verica el 12 de abril del 1889, una óptima señorita animada por sus mismos sentimientos: formar una familia según el modelo cristiano, con numerosos hijos y educarlos religiosamente con la esperanza de que alguno de ellos un día se consagrase al Señor. Tuvieron diez hijos: Igina, Agata, Maria Amalia, Rafaela, Augusta, Maria, Paola, Teresa Maria, Sebastián y Germán. Y aún adoptaron otro, Félix, un joven negro que llegó a ser obispo.
La educación de los hijos, verdaderamente extraordinaria, fue la principal obra maestra de su vida conyugal, toda entretejida por un clima profundo de oración, devoción filial a la Virgen e invocaciones continuas al Espíritu Santo, en un ambiente de trabajo duro en los campos, pero también de gran serenidad y alegría, de sencillez y de fe recia y ardorosa. Dos de sus hijos se casaron. Seis hijas, sin embargo, se consagraron al Señor: cinco entraron en las Hijas de San Pablo y una se hizo franciscana. Los dos varones se hicieron sacerdotes capuchinos: el P. Sebastián, predicador y Director espiritual de muchísimos jóvenes y minusválidos, y el P. Germán, misionero, que en el 1983 fue consagrado Arzobispo de la ciudad turca de Esmirna por su propio hermano adoptivo Félix. La prole de Sergio y Domenica se ha consagrado a la Iglesia para la evangelización misionera en todos los continentes del planeta. La madre, Domenica, repetía con frecuencia: “Dios nos ha bendecido tanto que nunca le daremos suficientemente gracias”.
Ambos esposos estaban convencidos de que la familia debe ser una verdadera y auténtica página del Evangelio escrita para nuestro tiempo: en sus cincuenta y dos años de matrimonio dieron testimonio de cómo se puede crecer en la fe y en la vida interior, testimoniando la fidelidad y la coherencia cristiana. En este tiempo en el que los mass media hablan casi exclusivamente de familias desechas, destruidas por el odio, escasamente fecundas, es bello aprender que hay todavía otras muchas, sin embargo, que saben dar al matrimonio su justo valor a la luz del Evangelio.
Ambos esposos murieron respectivamente en Verica, en la región de Módena, el 12 de octubre del 1966 y el 27 de febrero del 1971. A sus funerales asistió una gran multitud de fieles y concelebraron más de 50 Sacerdotes. Fieles y sacerdotes aclamaron: “¡Ha muerto un santo!”, “Ha muerto una santa!”.
Bellísimo es el testamento espiritual de Domenica, que ya viuda, habla en sus pensamientos con el difunto marido: “Todas las cosas me hablan del Señor y me llevan a El. Besando una rosa, beso la belleza de Dios. Mis hijos son mi corona y mis tesoros. ¡Oh, si pudiese explicarme y hacerme oír por todas las madres del mundo, qué don, qué gracia tan grande es el tener hijos y Vocaciones en la propia familia! He deseado siempre que mis hijos hiciesen bien al mundo, para gloria de Dios. Ahora pido que seáis santos. Estoy contenta de tener tantos hijos, pero quisiera tener más para tener otros Sacerdotes, otros Misioneros. En el sufrimiento: valor. El Señor nos da luego toda la eternidad para poder gozar. A los hijos misioneros: No os quepa ninguna duda, soy más que feliz; benditos los hijos que vais a hacer el bien. Nosotros estamos con vosotros y os ayudamos todos los días con nuestras oraciones. Cuando el Señor me llamará a su Reino, comunicad a todos mi felicidad con el repique de campanas que tocan a fiesta. Debo siempre agradecer al Señor por las muchas gracias que me ha dado. Vivo voluntariamente para mis hijos: pido con frecuencia a Jesús que los asista en cada momento. Me los habéis dado, Señor: yo los he criado, pero son vuestros. Bendícelos. Jesús, la Madre del cielo y la madre de la tierra, os bendecimos. Hasta el Cielo”.
Animados de un gran espíritu de fe y de amor, tras acoger sin ahorrarse esfuerzos “todos los hijos que Dios les mandaba”, en lugar de encerrarse sobre si mismos, cansados por el peso de cuidarlos, encontraron aún fuerza para promover obras de caridad para los pobres. En su quehacer caritativo, incluso, han adoptado a distancia a un seminarista africano llamado luego a servir a la Iglesia como obispo. Quien ha conocido a Sergio y a Domenica, puede dar fe de que en los 52 años de matrimonio, no sólo no tuvieron nunca un roce, sino que lucharon en servir a Dios con una finura de sentimientos y de expresiones que causaba admiración incluso en los sacerdotes que los veían nunca faltar a Misa y a las Vísperas dominicales. La oración sostenía su caridad y su quererse bien era la celebración actual del don que habían recibido: el ser una familia.
Ahora, el Domingo 18 de mayo del 2008, en Pavullo (Italia), en la iglesia parroquial, Su Excelencia Mons. Benito Cocchi, Arzobispo de Módena, presidirá la clausura del Proceso diocesano sobre la vida, virtudes y fama de santidad de los Siervos de Dios el matrimonio Sergio Bernardini y Domenica Bedonni, Terciarios Franciscanos y Cooperadores Paulinos. Una familia, más que única, rara hoy, por su excepcional vida de santidad.




   
 
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