ORDENACIÓN DE Fr. ANTONIO VÁZQUEZ, CAPUCHINO
(A nuestro H. Antonio en su ordenación sacerdotal) .



 
La vida está llena de ilusiones, esperanzas, metas, etapas y fases que vamos quemando, llenando, alcanzando y que se van inexorablemente cumpliendo, pasando a formar parte de nuestro propio ser, de nuestra propia existencia. A lo largo de las primeras etapas de la vida el ser humano va diseñando, proyectando un futuro: se elige una carrera, se establece una meta a la que queremos llegar, un proyecto que queremos realizar, un sueño que queremos cumplir, hasta que un día lo tocamos con las manos, nuestra ilusión, nuestro sueño se hace realidad, la satisfacción llena nuestra vida, el corazón salta de júbilo y de alegría. Atrás quedaron grandes esfuerzos, luchas, trabajos, sacrificios, a veces incluso desencantos, desilusiones y desalientos.




Es la vida, a grandes rasgos de todo ser humano. Este llegó a ser periodista y un día hizo el mejor reportaje sobre el último terremoto de China o de la guerra en Afganistán; aquella se
había pasado horas y horas cantando y ensayando, hasta que un día le llegó la ocasión de participar en un concurso musical y ganó, había logrado hacer realidad el sueño de su vida; este había pateado y corrido días y horas, años, detrás del balón, había pasado de un equipo a otro hasta que un día lo probaron en la selección nacional, marcó dos goles al equipo contrario, había conseguido llegar a la meta de sus ilusiones.
También en la vida de nuestro H. Antonio Vázquez nacieron un día, tal vez tímidamente, los deseos, las ilusiones de ser capuchino y sacerdote. Y, perdiendo el miedo natural, llamó a las puertas del convento capuchino de Sevilla, donde fue admitido. Había dado un paso serio y comenzó a recorrer las etapas del camino de prueba. Tal vez, Antonio, recordarás tu también, en un día no muy lejano, la pregunta que Jesús de Nazaret hiciera a sus primeros discípulos: “¿Qué buscáis?”. Rabí, dónde habitas?”, le dijeron. “Venid y lo veréis”. Y caminarías largo rato en silencio. Tal vez, por primera vez en tu vida, supiste lo lleno que puede estar el silencio. Y sentiste como una sensación de plenitud y seguridad, como el niño que va de la mano de su padre en medio de las tumultuosas calles de una gran ciudad, pero sintiéndote al mismo tiempo libre, sin trabas para ser tu mismo. Querías seguirlo como lo hiciera Francisco. Y sentiste como si de pronto el miedo, la angustia, la inseguridad se hubieran esfumado de tu vida. Como si vivieras sólo ese instante. De él emanaba algo muy especial.



Entre alegrías y temores fue pasando el tiempo y quemándose las etapas. Crecía tu ilusión y se iban colmando tus esperanzas. Pasó el postulantado, luego el noviciado y más tarde los
estudios eclesiásticos donde pronto encontraste un gran grupo de amigos, religiosos y aspirantes como tu al sacerdocio, que se sintieron cautivados por tu notoria y manifiesta bondad. Pero antes de llegar a la meta del altar, también Dios quiso probarte duramente con la enfermedad. Y, sin embargo siempre, Antonio, su Palabra llega consoladora a nuestro encuentro, viene en nuestra ayuda, aún en los momentos de mayor oscuridad e inseguridad: “El Señor al que ama lo corrige”, lo prueba “como el oro en el crisol”.
Tu querías ser capuchino sacerdote. Y así ha sido. Quisiste ordenarte el día de “Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote” que era el 15 de mayo de este año, no pudo ser por problemas de agenda del Sr. card. Arzobispo de Sevilla, Fr. Carlos
Amigo Vallejo, OFM., pero fue el 16. El aire de fiesta y el sosiego llenaban esa mañana cada rincón del convento capuchino de Sevilla; la inquietud y el nerviosismo cruzaban el aire mañanero, mientras el sol comenzaba tibiamente a iluminar la Giralda y las altas torres y campanarios, los bloques de pisos de la ciudad que dormita a las orillas del Betis. Fueron llegando tus familiares, amigos, compañeros y Hermanos Capuchinos andaluces esparcidos por la geografía de nuestra región. Finalmente, llegó el Sr. Cardenal, que sabe poner, en estas emotivas ceremonias, ese calor y afecto que le dan fluidez a los ritos y que hace que los nervios se calmen y se serenen porque su sola presencia ya infunde confianza. Con su habitual cadencia y profundo significado la liturgia de ordenación se desarrolló con toda normalidad.
Tu querías unirte a Cristo Sacerdote y víctima. Ya eres sacerdote del Dios Altísimo. Hombre y sacerdote. Pura tautología, dirán los teólogos. El sacerdote ha de ser hombre para que sirva de nexo, para que pueda el arranque del arco apoyarse en nuestra orilla terrena, mientras el otro tramo se pierde en la nube del misterio. Hombre y sacerdote, hombre empapado, impregnado, hombre encendido, arrebatado hasta la orilla de Dios y admitido al asombro de los cielos, hombre que vuelve para incitar al viaje, para ser amigo y compañero.
El sacerdote, hombre de sacrificio -- físicamente ya has experimentado el dolor -- que dice la misa y la prolonga en su jornada. Ha de cumplir como quien ha de amasar con sudor y con trabajo la hostia de cada consagración. Un sacrificio al que la intensidad mística no ha de restar ni una astilla de eficacia, un sacrificio convertido en trabajo metódico, imparable, negado al descanso. Un espectáculo en el cual se realizaba la presencia de Dios.
Hombre y sacerdote, allá en el fin, donde la línea fronteriza, donde la orilla, la ribera. Junto al sacerdote hemos de viajar hasta las regiones que Rilke anhelaba: “Donde acaban las angustias y Dios empieza”.
Cada día, cuando celebres la Eucaristía, recuerda estas hermosas palabras que Francisco dirigió a los sacerdotes: “Ved que diariamente se humilla, como cuando desde el trono real descendió al seno de la Virgen; diariamente viene a nosotros Él mismo en humilde apariencia; diariamente desciende del seno del Padre al altar en manos del sacerdote”.
Nuestro Venerable Fr. Leopoldo que, siguiendo las huellas del Seráfico Padre, tanto amor tuvo y tanto respeto sintió hacia los sacerdotes, no podía dejar de unirse a tu inmensa alegría. Recibe nuestra más cálida felicitación desde este sitio. Con nuestra oración de intercesión ante el trono del Altísimo, por su mediación, nos unimos a ti pidiendo que “El Señor haga prósperas las obras de tus manos".


   
 
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